FICHA TÉCNICA



Título obra Los cuervos están de luto

Autoría Hugo Argüelles

Dirección Virgilio Mariel

Elenco Alicia Rodríguez Montoya, Carmen Montejo, Erick del Castillo, Fernando Fernández, Héctor Gómez, Armando Velasco

Escenografía José Caya

Notas de escenografía Antonio López Mancera / realización

Espacios teatrales Teatro Jorge Negrete




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Los cuervos están de luto de Hugo Argüelles, en el teatro Jorge Negrete". Novedades, 1960. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Columna El Teatro

Los cuervos están de luto de Hugo Argüelles, en el teatro Jorge Negrete

Armando de Maria y Campos

Un rotundo éxito de público constituyó en el teatro Jorge Negrete el estreno de la tragicomedia Los cuervos están de luto, del autor mexicano Hugo Argüelles. Su título desconcierta porque no se adivina que detrás de él alienta una animada tragicomedia mexicana en la que se ironiza con la falta absoluta de seriedad con que algunos sectores de nuestro pueblo no muy cultivado tratan a la muerte.

Para los antiguos mexicanos la muerte no tenía la importancia misteriosa que para sus contemporáneos en cualquier parte del mundo conocido, ni menos trance de angustia por el premio que se alcanzaba después del supremo tránsito: cielo o infierno. La muerte constituye todavía en muchos puntos de la república, por supuesto alejados de los centros de civilización, un suceso que se espera y se ve pasar sin darle mayor importancia... a menos que se trate de recibir una herencia.

Frente a un curioso caso se encuentra el espectador al abrirse la cortina del Jorge Negrete. Está muriendo un anciano viudo que ha procreado tres hijos, a los que heredará mísera fortuna. Una de sus nueras, impaciente y aburrida por el lento agonizar toma al pie de la letra el vago vaticinio del médico y fija la fecha del velorio para la noche de un domingo determinado. Resulta que el agonizante no acaba de cerrar los ojos y que las nueras están impacientes por heredar. Ya se tiene preparado un caldo con piquete y café bien cargado, y el agonizante se resiste a dejar la vida. Se le ocurre, al infeliz, llamar a sus tres hijos para despedirse de ellos, y a la vez comunicarles que como uno de ellos no fue engendrado por él, no disfrutará de herencia. ¡Oh, rencor de anciano cornudo! ¡Oh, temor de las nueras de que el hijo espurio resulte ser su marido! Llegan las vecinas al velorio a rezar las consabidas oraciones, y se les tiene que confesar que el velorio está en vigor, pero que se trata de velar a un vivo. Todo esto, relatado en forma llana, parece un chascarrillo, pero Argüelles tiene el talento de convertir estas situaciones, cargadas de recursos cómicos, de chistes macabros mañosamente preparados, en bosquejos y reacciones del más crudo egoísmo humano. Las dos nueras parecen ser abortos del infierno; los hijos casados se dejan dominar por sus mujeres. El soltero, en el supuesto de ser él el hijo adulterino, les recuerda a sus hermanos que, de cualquier manera, los tres son hijos de la misma madre y les pide por favor un poco de respeto para la madre falta de fidelidad al hogar. A todo esto, el enfermo muere y como el velorio se ha frustrado, no se les ocurre a las nueras otro recurso –certeramente teatral– que llamar a los borrachitos de las cantinas y pagarles, según costumbre en algunos pueblos, de acuerdo con lo que ejecuten en el velorio como simples dolientes, lloriqueantes protegidos del muerto o afectados hasta el trance epiléptico o desmayo. Mitad en serio, mitad en broma irónica, Argüelles juega con agilidad y seguro conocimiento de causa, y el público [oración incompleta en el original, N. del E.] en vez de la copa de bacardí que ya es habitual en los estrenos, se sirvieron jarritos con negro café, y será coincidencia o tal vez fino recurso irónico, a la salida del espectáculo, los espectadores vimos un carro de funeraria ¿para llevarse al personaje que acaba de morir? Al cerrarse la cortina, el público se volcó en entusiasta ovación para autor e intérpretes, todos excelentes en sus respectivos personajes.

Alicia Rodríguez Montoya alcanzó un triunfo de verdad extraordinario. Tomó en serio la interpretación de su personaje tragicómico y lo creó en forma admirable. Carmen Montejo le dió la réplica como la otra nuera, y estuvieron a la altura de esta extraordinaria pareja de actrices, Erick del Castillo, Fernando Fernández y Héctor Gómez. Armando Velasco contribuyó con una nota de tipismo, heredada del viejo teatro español, al tono de farsa que necesariamente tiene la acción de Los cuervos están de luto. El numeroso reparto que interviene en la acción colabora con los protagonistas para que la armonía tragicómica de la farsa de Argüelles no pierda eficacia.

Muy atinada la dirección de Virgilio Mariel y con mucho ambiente provinciano la escenografía de José Caya que con su maestría habitual realizó Antonio López Mancera.