FICHA TÉCNICA
Título obra El hombre que hacía llover
Autoría Richard Nash
Notas de autoría Jorge Hernández Campos / traducción
Dirección Xavier Rojas
Elenco Beatriz Aguirre, José Gálvez, José Alonso Cano, Fernando Luján, Antonio Bravo, José Gálvez
Escenografía Juan Soriano
Espacios teatrales Teatro El Granero
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El hombre que hacía llover, comedia norteamericana, en el teatro Granero". Novedades, 1959. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
El hombre que hacía llover, comedia norteamericana, en el teatro Granero
Armando de Maria y Campos
Es una buena comedia norteamericana la que con el título de El hombre que hacía llover, eligió el talentoso director Xavier Rojas para iniciar sus labores este año en el teatro del Granero (atrás del Auditorio Nacional). Es una comedia típica y tópica de autor norteamericano que presenta un cuadro de costumbres en un rancho del oeste de los Estados Unidos, época actual. Los norteamericanos saben construir comedias mejor que los autores de cualquier otro país. La mayoría de ellos no ha nacido para comediógrafos o dramaturgos, pero han estudiado, por afición y por amor al teatro lo que se ha dado en llamar "composición dramática". Aprenden, pues, a componer dramas más que a escribirlos. Durante mucho tiempo se creyó que el autor nacía y no se hacía; en los Estados Unidos ocurre lo contrario, salvo excepciones. No es necesario nacer autor dramático para escribir buenas comedias y triunfar con ellas, basta saberlas componer bien, sin olvidar métodos, recursos, personajes y aun escenas "que han gustado siempre".
El autor N. Richard Nash de El hombre que hacía llover, es un maestro en la composición de arte dramático; nada le sobra a su magnífica comedia, simple y estrujante, siempre entretenida y enriquecida con sorpresas o "golpes teatrales", ni siquiera el verdadero clima norteamericano, situado en el pintoresco y convencional Oeste, que para muchos es el más característico de los Estados Unidos. Todos sus personajes están hechos de una pieza. El padre, viejo ranchero, bonachón y comprensivo; los dos hijos, toscos e ignorantes, siempre en pugna, pero queriéndose; la hija –en la obra aparece, porque no existe, la madre, aunque no se dice la fecha de su fallecimiento–, que acostumbrada a crecer entre hombres no "se arregla", es decir, no adereza su natural belleza con trajes llamativos, maquillaje o peinados, por lo que, a primera vista, aparece fea. Un sheriff que no quiere casarse; un comandante, etcétera. Y, sobre todo, el hombre que hacía llover. Este es un simpático pícaro, perseguido de pueblo en pueblo por los procedimientos realmente fantásticos que usa para hacerse de dinero. En realidad es un hombre con imaginación que vende ilusiones. Ahora que escribo estas palabras caigo en la cuenta de que el personaje de Nash no es ajeno al protagonista del escritor brasileño Oduvaldo Viana, en su hermosísima comedia titulada El vendedor de ilusiones. Debe conocerla, seguramente, el autor norteamericano. No es que la suya se parezca a la brasilera, como tampoco se parece el tema al que Casona desarrolla en el primer acto de Los árboles mueren de pie. El tipo del que obtiene dinero asegurando que posee el secreto de lo que otros desean abunda en todos los teatros. Es un personaje de picaresca, y ejemplo como éste de vender lluvia a un pueblo sediento de agua a determinado plazo, sin lograrlo, por supuesto, abundan en la vida real. Yo conocí a un español que vendía el aire puro de las montañas... embotellado. Bastaba que el que comprara la botella se la acercara al olfato para que disfrutara de un aire campesino. Otro, que aun vive y vive bien de esta clase de trucos, convenció a un rico extranjero que era magnífico negocio instalar una fábrica de humo...
un comandante, etcétera. Y, sobre todo, el hombre que hacía llover. Este es un simpático pícaro, perseguido de pueblo en pueblo por los procedimientos realmente fantásticos que usa para hacerse de dinero. En realidad es un hombre con imaginación que vende ilusiones. Ahora que escribo estas palabras caigo en la cuenta de que el personaje de Nash no es ajeno al protagonista del escritor brasileño Oduvaldo Viana, en su hermosísima comedia titulada El vendedor de ilusiones. Debe conocerla, seguramente, el autor norteamericano. No es que la suya se parezca a la brasilera, como tampoco se parece el tema al que Casona desarrolla en el primer acto de Los árboles mueren de pie. El tipo del que obtiene dinero asegurando que posee el secreto de lo que otros desean abunda en todos los teatros. Es un personaje de picaresca, y ejemplo como éste de vender lluvia a un pueblo sediento de agua a determinado plazo, sin lograrlo, por supuesto, abundan en la vida real. Yo conocí a un español que vendía el aire puro de las montañas... embotellado. Bastaba que el que comprara la botella se la acercara al olfato para que disfrutara de un aire campesino. Otro, que aun vive y vive bien de esta clase de trucos, convenció a un rico extranjero que era magnífico negocio instalar una fábrica de humo...
Fondo de esta divertida y apasionante comedia dramática son los modos de vivir de los dos hermanos de Lizzie: Noé y Jimmy, José Alonso Cano y Fernando Luján, que componen con mucho acierto sus personajes. El veterano Antonio Bravo da con el padre, Mr. Curry, una soberbia lección de bien hacer las comedias, de decirlas y de actuarlas. El hombre que hacía llover fue confiado al interesante y sólido temperamento de José Gálvez, que está tan en buen actor que se desborda y sobreactúa. No debiendo ser este un reproche, juzgamos que está demasiado simpático o cínico, como quien dice, aprovechando un refrán popular, ni tanto que queme al santo ni tanto que no le alumbre. Se alza con la pieza, y esto significa falta de equilibrio dentro de una actuación responsable.
El director Xavier Rojas tuvo que recurrir a varios procedimientos para instalar áreas de actuación fuera del escenario circular, pero supo resolver con mucho acierto el movimiento total de la acción en un rancho del Oeste norteamericano e imprimirle a cada personaje un sello personal e inconfundible. Por todos esto, intérpretes y director son muy aplaudidos y merecen los más cálidos parabienes del público y de la crítica.