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El hombre que hacía llover, comedia norteamericana, en el teatro Granero

Armando de Maria y Campos

    Es una buena comedia norteamericana la que con el título de El hombre que hacía llover, eligió el talentoso director Xavier Rojas para iniciar sus labores este año en el teatro del Granero (atrás del Auditorio Nacional). Es una comedia típica y tópica de autor norteamericano que presenta un cuadro de costumbres en un rancho del oeste de los Estados Unidos, época actual. Los norteamericanos saben construir comedias mejor que los autores de cualquier otro país. La mayoría de ellos no ha nacido para comediógrafos o dramaturgos, pero han estudiado, por afición y por amor al teatro lo que se ha dado en llamar "composición dramática". Aprenden, pues, a componer dramas más que a escribirlos. Durante mucho tiempo se creyó que el autor nacía y no se hacía; en los Estados Unidos ocurre lo contrario, salvo excepciones. No es necesario nacer autor dramático para escribir buenas comedias y triunfar con ellas, basta saberlas componer bien, sin olvidar métodos, recursos, personajes y aun escenas "que han gustado siempre".
    El autor N. Richard Nash de El hombre que hacía llover, es un maestro en la composición de arte dramático; nada le sobra a su magnífica comedia, simple y estrujante, siempre entretenida y enriquecida con sorpresas o "golpes teatrales", ni siquiera el verdadero clima norteamericano, situado en el pintoresco y convencional Oeste, que para muchos es el más característico de los Estados Unidos. Todos sus personajes están hechos de una pieza. El padre, viejo ranchero, bonachón y comprensivo; los dos hijos, toscos e ignorantes, siempre en pugna, pero queriéndose; la hija -en la obra aparece, porque no existe, la madre, aunque no se dice la fecha de su fallecimiento-, que acostumbrada a crecer entre hombres no "se arregla", es decir, no adereza su natural belleza con trajes llamativos, maquillaje o peinados, por lo que, a primera vista, aparece fea. Un sheriff que no quiere casarse;

un comandante, etcétera. Y, sobre todo, el hombre que hacía llover. Este es un simpático pícaro, perseguido de pueblo en pueblo por los procedimientos realmente fantásticos que usa para hacerse de dinero. En realidad es un hombre con imaginación que vende ilusiones. Ahora que escribo estas palabras caigo en la cuenta de que el personaje de Nash no es ajeno al protagonista del escritor brasileño Oduvaldo Viana, en su hermosísima comedia titulada El vendedor de ilusiones. Debe conocerla, seguramente, el autor norteamericano. No es que la suya se parezca a la brasilera, como tampoco se parece el tema al que Casona desarrolla en el primer acto de Los árboles mueren de pie. El tipo del que obtiene dinero asegurando que posee el secreto de lo que otros desean abunda en todos los teatros. Es un personaje de picaresca, y ejemplo como éste de vender lluvia a un pueblo sediento de agua a determinado plazo, sin lograrlo, por supuesto, abundan en la vida real. Yo conocí a un español que vendía el aire puro de las montañas... embotellado. Bastaba que el que comprara la botella se la acercara al olfato para que disfrutara de un aire campesino. Otro, que aun vive y vive bien de esta clase de trucos, convenció a un rico extranjero que era magnífico negocio instalar una fábrica de humo...
    En resumen, El hombre que hacía llover, es una buena comedia, que tuvo su éxito en los Estados Unidos y fue llevada al cine con Katherine Hepburn y Burt Lancaster en los protagonistas, que en México son desempeñados por Beatriz Aguirre y José Gálvez. Beatriz se consagra como una actriz de sólidos recursos y cálida emoción. En ningún momento deja de interesar y de conmover y logra estrujar el corazón de los espectadores con su historia, que es la de la muchacha que no quería ser bonita, que está a punto de huir con el hombre que hacía llover y al fin se queda en el pueblo como esposa de un sheriff.

    Fondo de esta divertida y apasionante comedia dramática son los modos de vivir de los dos hermanos de Lizzie: Noé y Jimmy, José Alonso Cano y Fernando Luján, que componen con mucho acierto sus personajes. El veterano Antonio Bravo da con el padre, Mr. Curry, una soberbia lección de bien hacer las comedias, de decirlas y de actuarlas. El hombre que hacía llover fue confiado al interesante y sólido temperamento de José Gálvez, que está tan en buen actor que se desborda y sobreactúa. No debiendo ser este un reproche, juzgamos que está demasiado simpático o cínico, como quien dice, aprovechando un refrán popular, ni tanto que queme al santo ni tanto que no le alumbre. Se alza con la pieza, y esto significa falta de equilibrio dentro de una actuación responsable.
    El director Xavier Rojas tuvo que recurrir a varios procedimientos para instalar áreas de actuación fuera del escenario circular, pero supo resolver con mucho acierto el movimiento total de la acción en un rancho del Oeste norteamericano e imprimirle a cada personaje un sello personal e inconfundible. Por todos esto, intérpretes y director son muy aplaudidos y merecen los más cálidos parabienes del público y de la crítica.