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Columna El Teatro
Legitimidad y Seriedad de la crítica teatral
Armando de Maria y Campos
Los colegas miembros de la Agrupación de Críticos de Teatro y los que no pertenecen a ella porque es bien sabido que ni son todos los que están ni están todos los que son, se han dado los últimos días del año y los primeros del que nace a hacer resúmenes y según sus conveniencias o las influencias que reciben a especular sobre quiénes merecerán los premios convencionales que dicha agrupación otorga anualmente.
El balance de actividades teatrales es, en realidad, desastroso. Quienes hayan seguido la historia teatral del año al través de esta columna se habrán dado cuenta de ello. Lo curioso es que el año último, más que cualquier otro, los críticos de teatro hemos sido vapuleados por... los mismos críticos. Este es un fenómeno periodístico que no creo que se de en ningún otro lugar del mundo. Y es que la crítica de teatros y cómicos ha venido tan a menos que hasta quiénes la ejercen no la toman en serio.
Conviene recordar cómo nació ésta, como se formalizó hasta convertirse en una de las secciones más leídas de todos los diarios y revistas importantes del mundo:
Es claro que siempre se había hecho crítica teatral, en todos los países y en todos los tiempos; porque no se concibe el teatro sin críticos, ya que cada espectador es un crítico, educado, iluminado y dirigido (o a veces contradicho) por verdaderos o falsos expertos, que formulan y explican estéticamente los juicios que el público emite en forma instintiva e inmediata. Críticas habían sido las sentencias pronunciadas en la antigua Grecia por los jurados que concedían el premio a los poetas dramáticos, críticas las de Eurípides a Esquilo, y las de Aristófanes a Eurípides, una gran crítica es la Poética, de Aristóteles, crítica es también la de los escolastas helenísticos, crítica de un buen aficionado la del epigrama atribuido a César sobre Terencio, e innumerables frases de Cicerón, crítica retórica de los gramáticos, historiadores y eruditos, desde Volcacio Sedigito hasta Quintiliano. Durante el humanismo, la crítica erudita había vuelto a florecer gracias a los innumerables tratadistas, cuyas teorías ya conocemos; pero poco después se había iniciado la crítica contemporánea y militante; la conocieron los españoles y Lope, los isabelinos y Shakespeare. Esta criticacrónica llegó a ser regular y periódica al aparecer en el siglo XVII las gacetas; en Francia se puso de moda la crítica teatral en verso. Esta costumbre de la crítica teatral, ya definitivamente en prosa, persiste durante los siglos subsiguientes en todos los países; en París aparecen periódicos teatrales, L'Observateur des Spectacles (1762-63), Le Nouveau Spectateur (1770, 1775 y 1776), Le Jornal des Théatres (1777-78, 1791-92, 1799), Le Cuurrier des Spectacles (1796), Le Censeur Dramatique (1797-1799). En cuanto a Italia, con La Frusta Litteraria, de Bares; y en cuanto a Alemania, la crítica de alto vuelo de Lessing en su Dramaturgia de Hamburgo.
Pero el fenómeno nuevo del siglo XIX es la aparición de la crítica crónica teatral en los diarios cotidianos, que poco a poco la libertad de prensa popularizara cada vez más. La iniciación de esta costumbre es atribuida a un francés, Julien Louis Geoffroy (1743-1814), que después de ejercitarse en la crítica dramática y literaria en un periódico puramente literario, L'Année Littéraire, agrandó el formato del diario político parisiense Le Journal des Débats, el 19 de febrero de 1800 (30 de pluvioso, año VIII), con el agregado de un apéndice (feuilleton), que decía así: "Avis.-On ren compte dans ce feuilleton des nouveautés representées sur les differents théatres de París, et des débuts des acteurs".
El éxito de esta innovación fue grande, en parte a causa de la personalidad del crítico. Geoffroy, formado como casi todos sus contemporáneos en la escuela de los jesuitas, tenía una sólida cultura literaria, gusto humanístico y carácter moral. instauró un método y una disciplina en un campo ocupado hasta entonces por literarios mediocres, preocupándose no por cortejar a las actrices y a los actores, o por complacer al público, sino por decir la verdad. Amante de lo simple y de lo esencial no le importaron ni las modas demagógicas de la revolución ni las patrióticas del imperio. Sus juicios sobre el repertorio clásico, contemporáneo, nacional y extranjero, se inspiraban fundamentalmente en el sentido común, regulado por supuesto por su doctrina y sus gustos, esencialmente ancien régime; de ahí su repudio de Voltaire y de Diderot, y sus terribles sospechas sobre Shakespeare, disfrazado por Ducis; pero en muchas otras ocasiones sus críticas son aceptables y a veces sorprendentes por su inteligencia y su clarividencia. Fue también importante su costumbre de consagrar gran parte del feuilleton a la crítica de la interpretación escénica, tomándose el trabajo de poner en tela de juicio a todos los grandes actores de su época. Esto le procuró un incidente material con el más famoso de ellos, Talma, que casi le agredió en su mismo palco.
La crítica formal se inició en México a principios de la década de los treinta del siglo pasado y tuvo su primer representante de categoría en Guillermo Prieto –en la década de los cuarenta–, que hacía sus crónicas en versos populares. El primer periódico dedicado exclusivamente a teatros que tuvo México, fue El Apuntador, en 1841. Vivió un año.