FICHA TÉCNICA
Título obra El deseo
Autoría Jesús Cárdenas
Dirección Xavier Rojas
Elenco Enrique Aguilar, Antonio Corona, Ricardo Muñoz, José Antonio Marros, María Douglas
Espacios teatrales Teatro El Granero
Productores Ernesto Díaz / empresario
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El deseo, de Jesús Cárdenas, en el teatro del Granero". Novedades, 1958. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
El deseo, de Jesús Cárdenas, en el teatro del Granero
Armando de Maria y Campos
Mejor que aventurarse con un estreno de dudoso éxito, quienes organizan temporadas de teatro en el del Granero, prefirieron una reposición. El empresario Ernesto Díaz, en combinación con el joven director Xavier Rojas, eligió una pieza de autor mexicano que, no obstante el éxito relativo que obtuvo durante una breve temporada en un salón adaptado como escenario en la Casa del Arquitecto –cuando nos dio por hacer teatro en pasillos, salones o sótanos–, propiamente es desconocida. Se trata de la adaptación de Desire under the elms, una de las obras maestras de Eugenio O'Neill a un ambiente mexicano convencional, puesto que el adaptador lleva la acción a la zona desértica del Estado de Coahuila, por el año de 1880.
En su oportunidad comenté ampliamente esta adaptación que me pareció, y me sigue pareciendo magnífica, porque Jesús Cárdenas ha rehecho el drama de O'Neill aprovechando únicamente el tremendo y amoral argumento, traduciéndolo casi palabra por palabra al lenguaje que se supone hablaban los hombres del campo del norte de México más o menos por la década de los 80. Así presentado al público, el drama de O'Neill es de O'Neill y no lo es; es de Cárdenas y no es de Cárdenas, porque lo importante, creo yo, es el carácter de los personajes para tenerlos como representativos de un país determinado. La obra O'Neill es un poema a la pasión carnal, triunfante de cuanto en su cambio se opone. Por ella se pisotea todo: el respeto al lugar en que la madre muerta durmió el último sueño, la consideración al hombre que, no obstante sus defectos, es padre y esposo, respectivamente, de los amantes, y por último, la vida del hijo que el culpable amor engendró. El conflicto pasional rebasa los límites de lo natural, por crudamente amoral y naturalista que en una pasión tortuosa puede concebirse. El autor salta vallas y derriba límites para sacar avante su tesis. Para ello sitúa su obra, es decir, la acción de ella misma, entre agricultores de Nueva Inglaterra, y tiene muy en cuenta el clima del país, los antecedentes y la incultura de los protagonistas y, sobre todo, la época en la que acción se desarrolla: hacia 1850. Sólo así y no de otro modo se entiende el conflicto pasional entre la tercera mujer de Efraín Cabot, Abbie Putnam, atractiva mujer de 35 años, que tiene precisamente la mitad de edad que su marido. Ella se casa para asegurarse un techo. Descubre de pronto que la espera el joven Eben de 32 años de edad, hijo de Efraín y su segunda mujer. Creyendo que el campo le pertenece, Eben considera que su nueva madrastra es una intrusa peligrosa y calculadora, y la aborrece con toda la intensidad venenosa propia de un verdadero hijo. Abbie es a la vez inteligente y atrayente bajo el punto de vista sexual y, a fin de retener la posición del campo, le dice al marido que cree que aún podría tener un hijo suyo. El viejo se siente transportado de gozo y contesta que si puede proporcionarse esa bendición transferiría todos sus bienes al nuevo heredero. Abbie se dedica entonces fríamente a seducir a Eben. El resultado es lógico: los dos se enamoran perdidamente, y les nace un hijo, que Efraín cree que es suyo. Abbie, pese a toda su astucia, ha provocado en su propio corazón una pasión que echa a perder sus planes; las mentiras necesarias para seguir representando la mentira ya no pueden mantenerse ocultas, y Eben lo confiesa todo al padre. Efraín destruye entonces el último vestigio de ilusión de Eben diciéndole lo que hasta poco antes fue la verdad literal: que Abbie ha fingido amarlo a fin de estar segura de la propiedad. El joven, en un arrebato de ira y desilusión, decide irse de la casa en el acto, ante la irrefrenable desesperación de Abbie. A ella no le resulta clara la ironía de la situación: está tan ciegamente enamorado de Eben que no puede convencerlo de que, si bien en un comienzo lo hizo el amor persiguiendo un fin ulterior, ahora está dominarla totalmente por su pasión. Le explica frenéticamente que lo ama por el mismo, pero el hombre no quiere escucharla. Necesita demostrar a toda costa que en la actualidad en sincera. Por consiguiente, estrangula al hijo. Eben se convence de que lo ama por sí mismo, pero se siente horrorizado a tal punto que huye y lo denuncia a la policía.
El último cuadro encuentra a los amantes reunidos y abrazados. Eben confiesa ser cómplice y está conforme en sufrir el castigo junto a Abbie. Son llevados por el sheriff y sus hombres, felices y gozosos de estar completamente absortos el uno del otro. Han bebido hasta las heces en el vaso del amor y la pasión y no sienten remordimiento. Han ido más allá de los lindes en que la tragedia (tal cual se entiende ordinariamente) puede envolverlos. De "pecado" no tienen conciencia alguna: víctimas de abstenciones puritanas, de irrefrenables pasiones y de las poderosas corrientes de la vida, han dado forma a su idilio fuera de la sordidez de su medio ambiente, y aunque han vivido entre aquellos cuya religión es abominable, han atravesado la coraza saliendo a la luz del sol. Allí entre las rocas y el duro suelo en que esperaron anhelantes la belleza, la encuentran por fin.
¿Verdad que esta tremenda tragedia entre seres amorales no pudo haber ocurrido nunca teniendo por protagonista a los sanos, fuertes y nobles habitantes del norte del país? No; no basta que los personajes hablen un determinado idioma para que sus conflictos pasionales correspondan a la educación, a la religión y a la tradición del país en cuyo idioma se entienden. Como traducción, la de Cárdenas es magnífica, pero la adaptación al ambiente no corresponde a la realidad de un ambiente mexicano.
La interpretación, bajo la experta dirección de Xavier Rojas, es excelente por parte de los personajes masculinos: Enrique Aguilar, Antonio Corona, Ricardo Muñoz y José Antonio Marros. María Douglas está muy bien, pero está en María Douglas. Como en otros personajes, es incapaz de deshumanizarse, para volverse otra. Es ella misma desde hace veinte años, y esto es lamentable, muy lamentable.