FICHA TÉCNICA



Título obra ¿Perderá la cabeza Rock Hunter?

Autoría George Axelrod

Notas de autoría José Remírez / traducción

Elenco Óscar Ortiz de Pinedo, Emilio Brillas, Eduardo Alcaraz, Dina de Marco, Mari Carmen Vela, Arcelia Canale, Carmen Romano, Carmen Salas, Sroia Marcovici

Escenografía Jesús Bracho

Espacios teatrales Sala 5 de diciembre

Productores Rafael Banquells




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Una crítica al cine, la comedia del teatro Cinco de Diciembre". Novedades, 1957. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Una crítica al cine, la comedia del teatro Cinco de Diciembre

Armando de Maria y Campos

Cada época teatral impone costumbres, que quedan sin mejorar a las que le precedieron, o pasan con la época que las impuso y quedan como parte de un capítulo de la historia general de un movimiento de teatro. Una de las que afirmaran la fisonomía de estos últimos años, caracterizada por sus teatritos y el publiquito –por la cantidad de espectadores– que acude a ellos, es sin duda la de las funciones dedicadas a la prensa con un cóctel antes o después, que generalmente regala alguna cosa comercial. Dentro de la prensa invitada debe considerarse a los críticos o cronistas teatrales, fracción mínima de las personas que asisten a las funciones dedicadas a la prensa, concurridos por personas de la más diversa fauna y flora teatral.

Como cada vez aumenta la cantidad de personas que asisten como periodistas o cronistas a estas funciones con dedicatorias, se empieza a imponer la costumbre de invitar a la prensa, es decir a los críticos o cronistas (como si éstos tuvieran que esperar a ser invitados para cumplir con el deber de informar al público, que es por lo que paga a su personal el periódico a cuya planta pertenece el cronista), no para la noche del estreno de una obra, sino para el lunes siguiente, por ser fecha que se sabe es la menos buena en entradas de paga. La inició Marilú Elízaga y la continúa Rafael Banquells. Y los cronistas la aceptan, y acuden al teatro a cumplir con su deber informativo cuando al empresario le conviene más a sus intereses, sin pensar, como tampoco los cronistas, que el público merece una información oportuna, sin importarle mucho si los críticos se dejan domesticar con una copa de vino de propaganda y por eso van en manada –ovejas guiadas por el pastor– a la función convencional dedicada ¡a la prensa! Por supuesto que esto tiene arreglo para algunos. Se compra la localidad la noche del estreno, se ocupa una butaca, y a la salida del teatro se hincha el pecho porque respira aires de libertad...

No sé si el coctel que Banquells ofreció el lunes 14 a ¡la prensa! pondrá un velo de complacencia en los cronistas invitados, pero si no es así, todos convendrán en que ¿Perderá la cabeza Rock Hunter?, pieza del autor norteamericano George Axelrod, es apenas, una amable diversión, con un primer acto de exposición excelente y prometedor, y los dos restantes muy medianos; el tercero con dos cuadros, francamente insignificante por lo hueco y convencional. El autor, que lo es también de A los siete años de comezón, tiene su teoría, que ejemplifica en un escrito con casos concretos de otros autores, para no hacer un tercer acto malo, pero no logra que el tercer acto de su farsa sea francamente mediocre, ni esta falta de conciencia de su obra se inicia al mediar el segundo acto.

En ¿Perderá la cabeza Rock Hunter? el autor trata de revelar cómo se hacen las películas en la meca del cine. Sobre este tema abundas las comedias norteamericanas y un autor mexicano, Rafael Bernal, intentó no sin éxito este apasionante y divertido tema, que también ha sido tratado en serio por Hortense Powdermaker en su libro Hollywood–El mundo del cine visto por una antropóloga. Hay una novedad en esta obra que excita la curiosidad del expectador; se trata de reproducir aspectos de la vida pública –la íntima de la estrella es precisamente pública–, de Marylin Monroe. Y un acierto: hacer que Mefistófeles vuelva a la tierra –Hollywood– como agente, para comprar almas con el diez por ciento de éstas por cada deseo que le cumpla a su Fausto del mundo del cine. Todo muy bien expuesto, pero lamentablemente desarrollado y mal resuelto. ¡Qué lástima! Y todo, lo bueno y lo malo, esencialmente norteamericano; para nosotros, simplemente gringo. Obtiene esta pieza un gran éxito en Nueva York –como aquí– Mi mujer necesita marido, u otros de su misma altura rastrera, y... quien sabe, tal vez todo puede suceder, si gusta mucho en México.

El empresario Rafael Banquells –ojo atento a la taquilla–, reunió en un reparto masculino a actores excelentes Ortiz de Pinedo como Lasalle-Mefistófeles; Emilio Brillas como el periodista y luego magnate cinematográfico por su pacto con el diablo, y Eduardo Alcaraz, como el presidente –judío– de una compañía productora de películas. Banquelles se repartió un personaje gris –¿o será que él lo hace gris?–, y está siempre en discreto segundo término. Para integrar el conjunto de mujeres, se eligieron de preferencia muchachas guapas. Se interpretó al pie de la letra el propósito del autor: ¿se trata de presentar la vida de las mujeres que aparecen en el ecrán? Pues entre menos actrices sean, todo resultará mejor. Dina de Marco, antes bailarina, luce sus talentos físicos, que son muchos, y habla y actúa como principiante, que es lo que no puede evitar. Unicamente lucen bellas; más cuando están en paños menores: Mari Carmen Vela, o Arcelia Canale, o Carmen Romano. Carmen Salas, es la secretaria de un magnate cinematográfico, si actúa como actriz, pero acentuando lo sofisticado del personaje. El reparto exige un atleta, luchador o boxeador, y se contrató al luchador Stroia Marcovici. Se respeta el realismo ante todo, pero sólo vemos al luchador. La escenografía de Jesús Bracho –escenógrafo de cine en particular–, excelente, rica, de buen gusto y bien iluminada. La traducción es de José Ramírez, expresada con claridad y fluidez. Y ahora... a esperar que las morcillas indispensables en Ortiz de Pinedo o en Emilio Brillas hagan del espectáculo de la Sala Cinco de Diciembre otra obra distinta de la que escribió Axelrod y tradujo Ramirez.