FICHA TÉCNICA



Título obra Nocturno a Rosario

Autoría Wilberto Cantón

Dirección Jebert Darién

Elenco Elsa Aguirre, Alma Rosa Aguirre, Carlos Fernández, Miguel Ángel Ferriz, Carlos Fernández, Andrea Palma, Alejandro Ciangherotti hijo, Enrique Lizalde, Antonio del Valle, Enrique Díaz Indiano

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Sala Chopin




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El Nocturno a Rosario, de Wilberto Cantón, en la Sala Chopin. II". Novedades, 1957. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

El Nocturno a Rosario, de Wilberto Cantón, en la Sala Chopin. II

Armando de Maria y Campos

Despojada la comedia de Cantón de una ambición histórica, biográfica de personajes o de una época determinada, queda El Nocturno a Rosario como una pieza de autor mexicano que se desarrolla en la ciudad de México, entre 1870 y 1875, atendiéndonos a algunas alusiones del texto. Por el tema abordado por el autor resulta una comedia melodramática muy a tono con la época que trata de reconstruir. Sus personajes –supongámoslo– no están inspirados en seres de carne y hueso, porque se manejan según el deseo del autor que los llevó a escenarios para usarlos a su capricho dentro de una atmósfera de salones, de muchachas coquetas, de sirvientas que se dejan enamorar y se enamoran a su vez de poetas en la adolescencia que se portan como tales y que, víctimas todavía en 1873 del mal de Werther se suicida, no con pistola como Fígaro cuarenta años antes, sino con cianuro, porque se trata de un alumno de medicina que sabe cuál es el veneno más efectivo, no importa que no sea romántico.

La trama es sencilla. Una muchacha bella y coqueta, y perversa en el fondo, inspira amores a todos los hombres que llegan a su casa, lo mismo jovenzuelos que sexagenerios. Su madre, consentidora y corriente, no puede evitar nada, y como buena mujer de aquella época no hace otra cosa que lamentarse de cómo es su hija de voluble y caprichosa. Si acaso, la acompaña a alguna cita de amor urgente, pero luego la deja sola con el galán. Desaparece la muchacha cuando se ha dado cuenta de que sus coqueteos han sido tomados en serio por aquél, al comprobarlo por el conocimiento de su poema en el que vagamente lo anuncia que trata de arrancarse la vida. La pieza se inicia cuando Rosario, la protagonista, recibe la noticia de que Manuel, el galán al que ella fingió cariño y hasta no sabe –de tonta que es la pobre– si le llegó a amar un poquito, se ha matado ¡por ella! El autor vuelve a retomar el pasado desde el momento en que Manuel es presentado a Rosario, y a partir del segundo cuadro hasta el décimo sexto desarrolla la acción para llegar al instante en que vemos cómo Manuel apura el cianuro y queda muerto, sobre un sofá de mimbre, a la vista de todos. Manuel, el enamorado suicida, resulta ser un muchacho que también juega con el amor, sin saber realmente aquien quiere, si a la voluble Rosario o a una humilde lavandera a la que seduce en circunstancias en que sólo puede intentarlo un malvado –haciéndole tomar champaña frente al cadáver de su padre– y que, como ocurre tantas veces, le da un hijo que no sobrevive. No importa que Manuel haga muy lindos versos; resulta una tarambana muy poco recomendable para aquella sociedad romántica, para ésta o para cualquiera de mañana. Manuel es amigo de varios poetas que conocen y celebran sus aventuras amorosas, y también están enamorados, unos vagamente, otros ciertamente, de Rosario. Todos conocen a Soledad, la lavandera, que satisface los apetitos de Manuel y que en su momento resulta que comprende, siente y dramatiza su vulgar aventura, en términos que resulta la otra protagonista de esta pieza. Cambian los escenarios con la rapidez de los apagones, y hecha la luz vemos a los personajes usando muebles que han estado en la escena desde un principio, porque el escenógrafo, David Antón, resolvió los cambios rápidos de cuadro a cuadro, colocando, como en un bazar, la alcoba –sin cama, por supuesto–, de Rosario, la casa de Chole y el cuarto de soltero de Manuel. Los diálogos son vivos, expresivos y acaban de retratar a los personajes que demuestran vivir versos, los coqueteos, el amor materia y la pasión romántica en un mundo raro en el que tienen insólita importancia los despierta la curiosidad del espectador la pieza de Cantón, como todo melodrama, y porque sorprende el tema tan colmado de incidentes propios del género.

La interpretación estuvo a cargo, como ya es costumbre, de elementos profesionales y hasta veteranos, de estrellas de cine y debutantes en la edad de la punzada teatral. Las estrellas de cine son las guapas Elsa y Alma Rosa Aguirre, tan conocidas por su guapura como por sus débiles actuaciones en la pantalla. No son otras en la escena; son las mismas del ecrán, más estudiosas, pero con sus mismas cualidades y propias limitaciones. La señorita Alma Rosa alcanza en algunas escenas calidad; en cambio Elsa luce espléndido vestuario de la época. La mejor actuación corresponde al galán Carlos Fernández (Manuel), no obstante lo confuso de su personaje. Hablo siempre con intención y verdad y lo actuó con naturalidad escénica. Miguel Ángel Ferriz salvó al personaje del maestro sexagenario –no obstante aquella comprometida, por vulgar, escena en que tose a punto de besar a Elsa, digo a Rosario–, y que por capricho del autor está presente en todas las francachelas de los jóvenes poetas que podían ser sus nietos.

¿Por qué Andrea Palma se excedió en los detalles vulgares con que adobó su sencillo personaje de madre de Rosario? Portándose vulgar –seguramente caprichos de la dirección– denuncia lo corriente de la vida social que lleva, entre poetas, la musa de una época. Los jóvenes Alejandro Ciangherotti hijo, Enrique Lizalde y Antonio del Valle, cumplieron como primerizos o debutantes, y estuvo discreto y sobrio Enrique Díaz Indiano en su episódico personaje.

La obra se va sin escenografía ¿o debemos considerar como tal un medio cortinón que marca el "tocador" –término de la época de Rosario y Manuel– y varios grupos de muebles distribuidos convenientemente para que en su momentos puedan ser utilizados como escenarios independientes entre si? Finalmente, y con cuánta pena lo escribimos la dirección de Jebert Darién, desafortunada.