FICHA TÉCNICA



Título obra El mal de la juventud

Autoría Ferdinand Brückner

Dirección Fernando Wagner

Elenco Beatriz Aguirre, Dulce María Serret (Tana Lynn), María Rivas, Mercedes Pascual, Juan José Miguez, Héctor Gómez

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Juárez




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El mal de la juventud, de Fernando Brückner, en el Teatro Juárez". Novedades, 1957. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

El mal de la juventud, de Fernando Brückner, en el Teatro Juárez

Armando de Maria y Campos

El mal de la juventud –de la juventud alemana en determinada época trágica de la historia– tuvo su momento en el mundo teatral. Fue después del colapso tremendo que sufrió Europa, y en particular los pueblos que perdieron la guerra, años después de esta terrible conflagración. El autor de El mal de la juventud, un rebelde amargado, es Ferdinand Brückner –nacido en 1891– que en su tiempo tuvo un lugar destacado, de primera fila, entre los dramaturgos europeos que traían al teatro una verdad amarga.

La literatura dramática alemana contaba con grandes autores antes de estallar la guerra europea de 1914. En sus obras más valiosas se advertían los síntomas que iban arrastrando a Alemania al desastre. Sudermann, Hauptmann, von Hofmannsthal, y Wedekin. Después aparecieron Ernest Toller, Georg Kaiser, Bertold Brecht y Brückner.

Brückner crea dos obras que lo colocan entre los autores más penetrantes de la Alemania que, primero desesperada y luego temerosa, halla su guía en un neurótico trágico llamado Adolf Hitler. Una de ellas es El mal de la juventud, en la que refleja el cansancio, el caos en que vivía cierto sector bien definido. En Las razas, su otra obra famosa, de precisamente el tono de esa Alemania que obligó a emigrar a los espíritus más significativos y elevados. Alberto Einstein y George Kaiser, por ejemplo.

En 1940 y ya entonces estaba un tanto marchita, llegó a México El mal de la juventud. La hizo María Tereza Montoya en el teatro Fábregas, y la hizo muy bien. La sociedad mexicana de entonces se escandalizó, pero a María Tereza se le perdonaron muchas cosas, y la pieza de Brückner, con todo su realismo brutal, se representó muchas veces y... se olvidó como tantas otras obras documentales que han cumplido su misión de reflejar un momento de alguna sociedad en algún país determinado del mundo, siempre inquieto y en crisis. El mal de la juventud se representa poco en Europa y menos en la América del Sur. Es cosa pasada, agua quieta en la historia que no mueve ningún molino de actualidad ¿Quién piensa ahora en Hitler y en los vicios de su atormentada Alemania?

Pues... hay alguien que piensa en esta pieza, por lo menos en función de negocio y a la vista de un panorama desolador: ¿el de nuestra juventud? ¿es que a alguien puede interesar, de verdad, una obra como esta, bien hecha, cargada de realidad y hasta lección que tiene mucho qué aprovechar? Creo que el pretexto que ha servido para exhumarla es el ambiente equívoco que priva en nuestros escenarios, sobrecargado de piezas más o menos morbosas.

El cronista se resiste a referirse al argumento de El mal de la juventud. El tema de la pareja lesbiana y el de otras parejas que se forman y se deshacen, es para tratarse en voz baja, y un diario de gran circulación es como un grito estentóreo –rival del famoso del Sténtor que se hacía oír del enemigo estando en el campo contrario– y no es propio ni cuerdo confiar a sus páginas temas que deben esconderse en revistas especializadas. Lo que pasa en la pieza de Brückner es tremendo, y sólo propio para mentes maduras, preparadas, enteradas.

Vayamos directamente a la interpretación. Con esta pieza, con la protagonista de esta pieza, reaparece en México después de una larga temporada en España, en cuyos teatros alcanzó discretas actuaciones, la bella Beatriz Aguirre. Realiza una esforzada labor que la deja aniquilada, porque al final de la obra se produce sólo en tonos altos. Y es un error, porque la tragedia no es siempre grito, o sólo grito. Está bien que se suba, pero el contraste está en saber bajar la voz después del alarido. Es decir, en la graduación de la voz. Si no es así, la actriz sólo logra impresionar al público fácil de impresionar. El drama –el que debe representa una trágica– está en el corazón, corre por el río caliente de la sangre del personaje y se hace voz, grito, quejido, sollozo o murmullo. Grito nada más, no. Pero esto que es un consejo no es reproche. Beatriz Aguirre realiza una ambiciosa creación y casi ciento por ciento lo resuelve en buena comediante. Tana Lynn, en la obra, está bien, y encantadora la señorita María Rivas. Meche Pascual tiene escenas que el espectador enterado no olvidará jamás. El equipo masculino es flojo. Debutó y con un gran personaje que no supo crearlo, el actor argentino Juan José Miguez, demasiado argentino. Cantó un largo tango en tres actos. Pero... habrá que verlo en otras obras para juzgarlo con más conocimiento de causa. Héctor Gómez –¡en actuación especial, gracias!– está sencillamente bien. La escenografía de David Antón, de ser cinematográfica, sólida y de buen gusto, aunque a veces poco funcional, y muy cuidada y enérgica, como todas las suyas, la dirección de Fernando Wagner.