El mal de la juventud, de Fernando Brückner, en el Teatro Juárez Armando de Maria y Campos |
El mal de la juventud -de la juventud alemana en determinada época trágica de la historia- tuvo su momento en el mundo teatral. Fue después del colapso tremendo que sufrió Europa, y en particular los pueblos que perdieron la guerra, años después de esta terrible conflagración. El autor de El mal de la juventud, un rebelde amargado, es Ferdinand Brückner -nacido en 1891- que en su tiempo tuvo un lugar destacado, de primera fila, entre los dramaturgos europeos que traían al teatro una verdad amarga. |
brutal, se representó muchas veces y... se olvidó como tantas otras obras documentales que han cumplido su misión de reflejar un momento de alguna sociedad en algún país determinado del mundo, siempre inquieto y en crisis. El mal de la juventud se representa poco en Europa y menos en la América del Sur. Es cosa pasada, agua quieta en la historia que no mueve ningún molino de actualidad ¿Quién piensa ahora en Hitler y en los vicios de su atormentada Alemania?
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Aguirre. Realiza una esforzada labor que la deja aniquilada, porque al final de la obra se produce sólo en tonos altos. Y es un error, porque la tragedia no es siempre grito, o sólo grito. Está bien que se suba, pero el contraste está en saber bajar la voz después del alarido. Es decir, en la graduación de la voz. Si no es así, la actriz sólo logra impresionar al público fácil de impresionar. El drama -el que debe representa una trágica- está en el corazón, corre por el río caliente de la sangre del personaje y se hace voz, grito, quejido, sollozo o murmullo. Grito nada más, no. Pero esto que es un consejo no es reproche. Beatriz Aguirre realiza una ambiciosa creación y casi ciento por ciento lo resuelve en buena comediante. Tana Lynn, en la obra, está bien, y encantadora la señorita María Rivas. Meche Pascual tiene escenas que el espectador enterado no olvidará jamás. El equipo masculino es flojo. Debutó y con un gran personaje que no supo crearlo, el actor argentino Juan José Miguez, demasiado argentino. Cantó un largo tango en tres actos. Pero... habrá que verlo en otras obras para juzgarlo con más conocimiento de causa. Héctor Gómez -¡en actuación especial, gracias!- está sencillamente bien. La escenografía de David Antón, de ser cinematográfica, sólida y de buen gusto, aunque a veces poco funcional, y muy cuidada y enérgica, como todas las suyas, la dirección de Fernando Wagner. |