FICHA TÉCNICA



Título obra El caso del señor vestido de violeta

Autoría Miguel Mihura

Dirección Rafael Banquells

Elenco Pompín Iglesias, Naco Contla, Alfonso Raudel Felipe del Castillo, Manolita Saval

Escenografía Farina

Espacios teatrales Teatro Bon Soir




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El caso del señor vestido de violeta, de Miguel Mihura, en el teatro Bon Soir". Novedades, 1956. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

El caso del señor vestido de violeta, de Miguel Mihura, en el teatro Bon Soir

Armando de Maria y Campos

En el teatro de bolsillo Bon Soir se ha estrenado una comedia de tres actos, adaptación (?) de la de Miguel Mihura titulada El caso del señor vestido de violeta. Miguel Mihura es, como se sabe, el máximo pontífice del nuevo humor, o humor de moda, en España; del humor que se lleva ahora en la siempre fecunda literatura española. De Miguel Mihura conoce el público de México El caso de la mujer asesinadita, A media luz los tres y Tres sombreros de copa, ya representadas, El caso de la señora estupenda y Una mujer cualquiera, por lectura. Lo que quiere decir que no pocos espectadores y lectores saben que es el humor español contemporáneo. Para quienes no lo sepan, y creo que no son pocos, conviene reproducir la propia definición de Mihura, que arrancó de su ingenioso y divertidísimo libro Mis memorias. Así entiende Mihura el humor, el nuevo humor español:

"El humor es un capricho, un lujo, una pluma de perdiz que se pone uno en el sombrero; un modo de pasar el tiempo. El humor verdadero no se propone enseñar o corregir, porque no es esta su misión. Lo único que pretende el humor es que, por un instante, nos salgamos de nosotros mismos, nos marchemos de puntillas a unos veinte metros y demos una vuelta a nuestro alrededor contemplándonos por un lado y por otro, por detrás y por delante, como ante los tres espejos de una sastrería y descubramos nuevos rasgos y perfiles que no nos conocíamos. El humor es verle la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera, sin querer, por ello, que dejen de ser tal como son, porque esto es pecado y pedantería. El humorismo es lo más limpio de intenciones, el juego más inofensivo, lo mejor para pasar las tardes. Es como un sueño inversosímil que al fin se ve realizado". Apoya Mihura su concepto del humor en tres frases, dos de ilustres humoristas y la otra de un filósofo. La del filósofo, Séneca, es esta: "Riéte, pero sin sonreír siquiera", que adiciona con la de Ramón Gomez de la Serna, que va más lejos todavía: "Ríete, pero sin sonreír siquiera", y aquí ya comienza a asomar la oreja el humorísmo de Mihura. La cita de Mark twain es esta: "El humor es nuestra salud. Cuando aparece en nosotros, toda dificultad se vence; todo rencor se evapora. Y la tempestad de nuestras cóleras se abre a un alegre sol". El caso del señor vestido de violeta es una comedia típica del nuevo humor español y característica del ingenio de Mihura, que no fue escrita como pieza cómica precisamente, ni mucho menos con el propósito de que fuera interpretada por actores cómicos. Está pensada y redactada en serio; con humor, y para actores tan normales como Fernando Fernán Gómez, que interpretó a Roberto Zarzalejo, el señor vestido de violeta; para Rafael Barden, Joaquín Roa, Fernando Guillén, Fernando de la Riva, Joaquín Regález, Manuel Alexandre, Agustín González y Gabriel Miranda, y para las actrices Luisita España, Olvido Rodríguez, María Luisa Aponte, Mercedes M. San Pedro, María Pilar Laguna y María Pilar Armestro. Fue estrenada en Madrid, en el Teatro de la Comedia, el 17 de abril de 1954. El asunto es sencillísimo: Un torero moderno, mitad Domingo Ortega, mitad Luis Miguel Dominguín, con algo de otros muchos contemporáneos, que lee a Ortega y Gasset, que es un amigo del doctor Marañón, que se roza con los aristócratas en cuyo mundo hace conquistas amorosas, que bebe licores ingleses y usa batas japonesas; que escribe poemas, dicta conferencias, le molesta lo andaluz y, naturalmente, del toreo lo que más le agrada es no torear. Como hombre entregado a la vida contemporánea, sufre complejos, un gran complejo, el de sentirse su abuela cuando oye alguna palabra andaluza cabalística. En la obra aparece un doctor, que se parece mucho al muy famoso en la política, en la conciencia y en el arte español, y tipos ridículos de la aristocracia española, toreros andaluces y aristócratas locas. Con estos personajes que animan una trama llevada con sencillez y abundante en sorpresas... humorísticas, Mihura compuso una comedia muy ingeniosa. Cayó en México en manos de un adaptador –cuyo nombre por pudor se silencia en los programas– y en vez de adaptarla a nuestro medio, sustituyó términos y nombres españoles por supuesto equivalentes mexicanos, suprimió algún personaje, agregó alguna escena, como la final, que desvirtúa el fino ingenio que corre por toda la comedia, y del todo le resultó una farsa grotesca que empieza cuando el torero vestido de violeta y oro con montera y añadido blanco, zapatos de tennis y un aire de clown que en alguna escena se convierte en ventarrón, y no concluye hasta que cael el telón, transformando en elementos de cinco a tipos reales que el autor vió al través de su fino e inocente ingenio. No vale la pena entrar en detalles. La pieza de Mihura quedó convertida en un largo sketch para públicos de teatros barriobajeros. Lo que en Mihura es sal fina, aquí es pura melcocha. ¡Lástima!, no importe que gran parte del público ría de las gracejadas de Pompín Iglesias, Naco Contla, Alfonso Raudel o Felipe del Castillo, muy populares en nuestros teatros de barriada, o con las salidas graciosas de Manolita Saval, que se deja llevar por el fácil camino de la risa que provoca la caricatura. La comedia de Mihura gustará en proporción del público que acuda a verla. Si éste es efecto a la manera de actuar de Pompín Iglesias, Contla y la Saval, gustará mucho. Si le da por ir, siquiera una vez, a un público de gusto refinado... ¡quién sabe!

La dirección de Rafael Banquells debe considerarse como nula, si se tiene en cuenta que no logró evitar que el protagonista Iglesias, y Contla, representen hablando directamente al público. La escenografía de Farina, sujeta a la escasa área de actuación de este teatrito, es limpia, no del mejor gusto pero donde es viable se advierte funcional.