El caso del señor vestido de violeta, de Miguel Mihura, en el teatro Bon Soir Armando de Maria y Campos |
En el teatro de bolsillo Bon Soir se ha estrenado una comedia de tres actos, adaptación (?) de la de Miguel Mihura titulada El caso del señor vestido de violeta. Miguel Mihura es, como se sabe, el máximo pontífice del nuevo humor, o humor de moda, en España; del humor que se lleva ahora en la siempre fecunda literatura española. De Miguel Mihura conoce el público de México El caso de la mujer asesinadita, A media luz los tres y Tres sombreros de copa, ya representadas, El caso de la señora estupenda y Una mujer cualquiera, por lectura. Lo que quiere decir que no pocos espectadores y lectores saben que es el humor español contemporáneo. Para quienes no lo sepan, y creo que no son pocos, conviene reproducir la propia definición de Mihura, que arrancó de su ingenioso y divertidísimo libro Mis memorias. Así entiende Mihura el humor, el nuevo humor español: |
pero sin sonreír siquiera", que adiciona con la de Ramón Gomez de la Serna, que va más lejos todavía: "Ríete, pero sin sonreír siquiera", y aquí ya comienza a asomar la oreja el humorísmo de Mihura. La cita de Mark twain es esta: "El humor es nuestra salud. Cuando aparece en nosotros, toda dificultad se vence; todo rencor se evapora. Y la tempestad de nuestras cóleras se abre a un alegre sol". El caso del señor vestido de violeta es una comedia típica del nuevo humor español y característica del ingenio de Mihura, que no fue escrita como pieza cómica precisamente, ni mucho menos con el propósito de que fuera interpretada por actores cómicos. Está pensada y redactada en serio; con humor, y para actores tan normales como Fernando Fernán Gómez, que interpretó a Roberto Zarzalejo, el señor vestido de violeta; para Rafael Barden, Joaquín Roa, Fernando Guillén, Fernando de la Riva, Joaquín Regález, Manuel Alexandre, Agustín González y Gabriel Miranda, y para las actrices Luisita España, Olvido Rodríguez, María Luisa Aponte, Mercedes M. San Pedro, María Pilar Laguna y María Pilar Armestro. Fue estrenada en Madrid, en el Teatro de la Comedia, el 17 de abril de 1954. El asunto es sencillísimo: Un torero moderno, mitad Domingo Ortega, mitad Luis Miguel Dominguín, con algo de otros muchos contemporáneos, que lee a Ortega y Gasset, que es un amigo del doctor Marañón, que se roza con los aristócratas en cuyo mundo hace conquistas amorosas, que bebe licores ingleses y usa batas japonesas; que escribe poemas, dicta conferencias, le molesta lo andaluz y, naturalmente, del toreo lo que más le agrada es no torear. Como hombre entregado a la vida contemporánea, sufre complejos, un gran complejo, el de sentirse su abuela cuando oye alguna palabra andaluza cabalística. En la obra aparece un doctor, que se parece mucho al muy famoso en la política, en la conciencia y en el arte español, y tipos ridículos de la aristocracia española, toreros andaluces y |
aristócratas locas. Con estos personajes que animan una trama llevada con sencillez y abundante en sorpresas... humorísticas, Mihura compuso una comedia muy ingeniosa. Cayó en México en manos de un adaptador -cuyo nombre por pudor se silencia en los programas- y en vez de adaptarla a nuestro medio, sustituyó términos y nombres españoles por supuesto equivalentes mexicanos, suprimió algún personaje, agregó alguna escena, como la final, que desvirtúa el fino ingenio que corre por toda la comedia, y del todo le resultó una farsa grotesca que empieza cuando el torero vestido de violeta y oro con montera y añadido blanco, zapatos de tennis y un aire de clown que en alguna escena se convierte en ventarrón, y no concluye hasta que cael el telón, transformando en elementos de cinco a tipos reales que el autor vió al través de su fino e inocente ingenio. No vale la pena entrar en detalles. La pieza de Mihura quedó convertida en un largo sketch para públicos de teatros barriobajeros. Lo que en Mihura es sal fina, aquí es pura melcocha. ¡Lástima!, no imporque que gran parte del público ría de las gracejadas de Pompín Iglesias, Naco Contla, Alfonso Raudel o Felipe del Castillo, muy populares en nuestros teatros de barriada, o con las salidas graciosas de Manolita Saval, que se deja llevar por el fácil camino de la risa que provoca la caricatura. La comedia de Mihura gustará en proporción del público que acuda a verla. Si éste es efecto a la manera de actuar de Pompín Iglesias, Contla y la Saval, gustará mucho. Si le da por ir, siquiera una vez, a un público de gusto refinado... ¡quién sabe! |