FICHA TÉCNICA



Título obra El amor de los cuatro coroneles

Autoría Peter Alexander Ustinov

Notas de autoría Marc Gilbert Sauvajon / Adaptación; Carlos León / Versión

Dirección Ricardo Mondragón

Elenco Carlos Riquelme, Ramírez, Nadia Haro Oliva, Luis Beristáin, José Luis Jiménez, Solé

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Arlequín




Título obra El amor de los cuatro coroneles

Autoría Peter Alexander Ustinov

Notas de autoría José Manuel Ramos / traducción

Dirección Julián Soler

Elenco Elina Colomer, Elmo Michel, Guillermo Orea, Claudio Brook, Carlos Ancira, Ignacio López Tarso, Mercedes Pascual

Escenografía Jorge Fernández

Espacios teatrales Teatro Trianón




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El Amor de los cuatro coroneles, en los teatros Arlequín y Trianón". Novedades, 1956. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Columna El Teatro

El Amor de los cuatro coroneles, en los teatros Arlequín y Trianón

Armando de Maria y Campos

No es la primera vez que en dos teatros de la ciudad de México se presenta al mismo tiempo una obra, bien por coincidencia, por competencia o por capricho de alguno de sus protagonistas. Muy joven aún, casi niño, presencie con diferencia de cuatro días la presentación en el Teatro Renacimiento (después Virginia Fábregas), y en el teatro Arbeu, de Madame de Sans Gene, de Victoriano Sardou, representada en el teatro de San Felipe por la compañía española de Paco Fuentes y Antonia Arévalo, y en el de San Andrés, por Virginia Fábregas y Pancho Cardona, en este coliseo con lujo y propiedad extraordinarios. Años después, en 1914, Malvaloca, de los Alvarez Quintero en el teatro Díaz de León por María Luisa Villegas y en el Colón por Prudencia Griffel. Más o menos por ese tiempo Los intereses creados, de Benavente, haciendo el Crispín en el Ideal, Julio Taboada y en el Fábregas, Ricardo Mutio. Y La malquerida, en el Hidalgo, por Rosa Arriaga, y en el Fábregas por Prudencia Griffel, y otras que no viene al caso mencionar. Ergo, las representaciones simultáneas de El amor de los cuatro coroneles, en los teatros Arlequín y Trianón, no tiene por qué sorprender a nadie.

Las representaciones simultáneas de una obra benefician al público, pero nunca como ahora han puesto de manifiesto como puede cambiar una misma obra según el capricho, la visión o la capacidad de los directores. Ahora, éstos hacen obras e intérpretes. En rigor de verdad no se explica uno por qué tanto alboroto, competencia y encono por una comedia que no nos va, ni nos viene. En Europa despierta interés por el juego de humor inglés o de jovialidad francesa –según se vea la comedia original de Ustinov o la adaptación cómica de Sauvajón–, de cuatro coroneles que representan los cuatro ejércitos de ocupación en la desventurada Alemania, el inglés, el ruso, el francés y el norteamericano. La pieza comienza con originalidad y altura, independiente, del choque que por sus respectivas indiosincracias exhiben los cuatro coroneles, por la intervención del Mal (un vagabundo) y el Bien (una bella muchacha), que ayudan a los cuatro coroneles a "ocupar" según sus tácticas de guerra respectivas, un castillo encantado, y con él a la Bella Durmiente, en determinado momento anterior al que viven y que hubieran deseado vivir: el ingles en la época isabelina; el francés en los días de Luis XIV; el ruso en la época de Tolstoi y el norteamericano cualquier día de principios de siglo; pero el cuerpo de la pieza compuesto por cuatro cuadros, la convierte en un espectáculo a cargo de los intérpretes.

Se comprende que fuera de Inglaterra la obra de Ustinov necesitará de una colaboración que le añadiera gracia latina, o comercial, para ser justos. De la pieza de Ustinov, Sauvajón hizo otra más para el gusto de Francia, y de esta, Carlos León hizo para México, digámoslo de una vez, una farsa vodevil. Una y otra entretienen y divierten, mas que nada, por sus diferentes interpretaciones.

La versión Ustinov-Sauvajón-León del Arlequín, descansa en las interpretaciones masculinas de Riquelme (el ruso) y Ramírez (el gringo), y de Nadia de Haro Oliva, que luce su belleza y que está mejor que en ninguno en el cuadro de la evocación rusa. Beristáin (el francés) y Jiménez (el ingles), cumplen. Solé compone un Diablo más propio de las representaciones infantiles de Enrique Alonso. La escenografía de Julio Prieto es correcta.

En el Trianón se hace, a secas, la comedia de Ustinov muy bien traducida por José Manuel Ramos. La actriz argentina Elina Colomer no sale favorecida con la comparación, pero aún sin ésta, no satisface en términos generales. Sin que se pueda decir que logra nada extraordinario, Elmo Michel está muy bien en el coronel yanqui, y Guillermo Orea (el ruso) hace reir sin distorsionar el personaje. Cumplen Brook (el inglés) y Ancira (el francés), que no tiene porqué hablar con acento si no lo hacen los restantes coroneles. El vagabundo (o el Diablo) de Ignacio López Tarso es magnífico; López Tarso está en todo momento en gran actor. Meche Pascual no pasa de estar discreta. La escenografía de Jorge Fernández, además de sobria y de buen gusto, funciona mejor.

Ricardo Mondragón dirigió en el Arlequín y Julián Soler en el Trianón. Mondragón revela en todo instante su gran oficio y Julián Soler se denuncia como inquieto y fácil a la iniciativa. La representación simultánea de esta pieza es, de cualquier modo, una buena experiencia para el público de ahora.