El Amor de los cuatro coroneles, en los teatros Arlequín y Trianón Armando de Maria y Campos |
No es la primera vez que en dos teatros de la ciudad de México se presenta al mismo tiempo una obra, bien por coincidencia, por competencia o por capricho de alguno de sus protagonistas. Muy joven aún, casi niño, presencie con diferencia de cuatro días la presentación en el Teatro Renacimiento (después Virginia Fábregas), y en el teatro Arbeu, de Madame de Sans Gene, de Victoriano Sardou, representada en el teatro de San Felipe por la compañía española de Paco Fuentes y Antonia Arévalo, y en el de San Andrés, por Virginia Fábregas y Pancho Cardona, en este coliseo con lujo y propiedad extraordinarios. Años después, en 1914, Malvaloca, de los Alvarez Quintero en el teatro Díaz de León por María Luisa Villegas y en el Colón por Prudencia Griffel. Más o menos por ese tiempo Los intereses creados, de Benavente, haciendo el Crispín en el Ideal, Julio Taboada y en el Fábregas, Ricardo Mutio. Y La malquerida, en el Hidalgo, por Rosa Arriaga, y en el Fábregas por Prudencia Griffel, y otras que no viene al caso mencionar. Ergo, las representaciones simultáneas de El amor de los cuatro coroneles, en los teatros Arlequín y Trianón, no tiene por qué sorprender a nadie. |
despierta interés por el juego de humor inglés o de jovialidad francesa -según se vea la comedia original de Ustinov o la adaptación cómica de Sauvajón-, de cuatro coroneles que representan los cuatro ejércitos de ocupación en la desventurada Alemania, el inglés, el ruso, el francés y el norteamericano. La pieza comienza con originalidad y altura, independiente, del choque que por sus respectivas indiosincracias exhiben los cuatro coroneles, por la intervención del Mal (un vagabundo) y el Bien (una bella muchacha), que ayudan a los cuatro coroneles a "ocupar" según sus tácticas de guerra respectivas, un castillo encantado, y con él a la Bella Durmiente, en determinado momento anterior al que viven y que hubieran deseado vivir: el ingles en la época isabelina; el francés en los días de Luis XIV; el ruso en la época de Tolstoi y el norteamericano cualquier día de principios de siglo; pero el cuerpo de la pieza compuesto por cuatro cuadros, la convierte en un espectáculo a cargo de los intérpretes. |
cuadro de la evocación rusa. Beristáin (el francés) y Jiménez (el ingles), cumplen. Solé compone un Diablo más propio de las representaciones infantiles de Enrique Alonso. La escenografía de Julio Prieto es correcta. |