FICHA TÉCNICA
Título obra El juego de la oca
Autoría Michel Marc Bouchard
Dirección Daniel Meillerur
Grupos y Compañías Theatre de la Marmaille
Elenco Yves Dagenais, Alain Fournier
Título obra El infante se destruye
Elenco Louise Lecavalier, Sylvayn Prevost
Música Jackie Gallant
Espacios teatrales Sala Miguel Covarrubias
Cómo citar Bert, Bruno. "Escenas del festival
El juego de la oca y El infante se destruye: dos visiones de la inocencia quebrada en nuestro fin de siglo". Tiempo Libre, 1992. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
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Teatro
Escenas del festival
El juego de la oca y El infante se destruye: dos visiones de la inocencia quebrada en nuestro fin de siglo
Bruno Bert
Dado lo reducido del espacio que disponemos, tomamos de lo visto en la semana los dos trabajos que más han llamado nuestra atención. Los dos son de origen canadiense, esto es casi normal porque predominan obras y grupos de ese origen.
EL JUEGO DE LA OCA
El Theatre de la Marmaille aportó dos trabajos; pero uno de ellos era en coproducción con un grupo italiano. El que les pertenece por entero es El juego de la oca de Michel Marc Bouchard bajo la dirección de Daniel Meillerur.
Son apenas dos actores, uno, Yves Dagenais, interpreta a un niño; el otro Alain Fournier asume la adultez de ese mismo niño y se vuelve manipulador para crear con un títere de guante la oca del cuento. La narración borda la amistad entre ellos, entre un ganso que piensa y se asombra y un niño que va fugando su soledad hacia la violencia contra los que más ama... espejo de la brutalización a la que lo someten sus padres que nunca vemos y de los que casi ni se habla, salvo por metáforas que los vuelven terribles dioses del trueno en un mundo salvaje en el que Mauricio sueña con ser Tarzán.
Posiblemente se trate del espectáculo más sólido del festival. Al menos lo es sin duda alguna de la parte que me ha tocado ver hasta el presente. Aun compitiendo con grupos que hacen del virtuosismo su forma misma de lenguaje. Ocurre que aquí, decantado, está toda la raíz profunda del teatro como contador de historias en la dualidad de imagen y palabras; en la capacidad para hacernos sentir y pensar descartando meticulosamente cualquier artificio de facilidad, cualquier entrada falsa a las emociones. Hay habilidad, hay talento (la escenografía de Daniel Castonguay está a la altura del director y los actores) y sobre todo hay una profunda humanidad frente a un tema que está tratado como por reflejo, con toda la magia simple pero categórica de la mirada de un niño. Algo para recordar, algo para crecer.
EL INFANTE SE DESTRUYE
Aquí estamos en los ejemplos de virtuosismo del que hablábamos recién. Claro que no estoy demasiado seguro que esto sea teatro. Digamos —para los que prefirieron definirlo como danza— que más bien es un espectáculo fronterizo que puede admitir varias denominaciones a gusto del crítico. Estoy hablando del grupo La La La Human Steps con El infante se destruye, que se presentó en el espacio de la sala Covarrubias de la UNAM.
Combina música —batería y guitarra en vivo con alardes de totalidad a volúmenes propios de un concierto de rock proyecciones que recuerdan técnicas de video clip y reminiscencias estéticas de origen surrealista; algunas canciones que van interrumpiendo y enhebrando momentos de actividad con los actores bailarines y finalmente el trabajo de estos últimos lanzados también ellos al virtuosismo en una combinación de técnicas corporales con alta exigencia de precisión y riesgo.
El tema es el erotismo, sus combinatorias y alternativas en el contexto de una agresiva cultura urbana con características sadomasoquistas; y el ángel ceremonial de esta especie de ritual es una figura que explota el carácter altamente andrógino de ciertas áreas de nuestra cultura. Esa figura rubia, desmelenada, hija simultánea del expresionismo alemán y de Madonna supongo que encarna en Louise Lecavalier, capaz de trenzar el placer y la muerte y de conjurar los opuestos junto con un equipo no menos entrenado en complicadas coreografías, que parecen repetirse como una lucha interminable o como un acto de amor siempre renovado luego de un descanso en donde vibramos a partir de los solos de batería (extraordinario trabajo de Jackie Gallant) o las provocaciones de una guitarra hábilmente lanzada a ese ruedo caliente de la escena por Sylvayn Prevost.
El juego de la oca y El infante se destruye, dos formas absolutamente distintas de enfrentar la inocencia que se quiebra en un proceso de alineación muy propio a nuestro fin de siglo.