FICHA TÉCNICA
Título obra El primero
Notas de Título La cola, título original
Autoría Israel Horowicz
Dirección Susana Alexander
Elenco Abraham Stavans
Espacios teatrales Teatro Rafael Solana
Cómo citar Rabell, Malkah. "El primero de Israel Horowicz". El Día, 1995. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
imagen facsimilar
El Día
Columna Se alza el telón
El primero de Israel Horowicz
Malkah Rabell
Recuerdo aquellos años cuando por primera vez oímos hablar del dramaturgo norteamericano de origen hebreo: Israel Horowicz, pues en aquellos años cuyos números redondos he olvidado, llegaba Susana Alexander de Inglaterra donde fue para realizar un curso de dirección escénica y declaró al volver que ya tenía estudiado un libreto con el cual desea iniciar el año teatral. Libreto que se llamaba –creo– La cola, y cuyo tema se reducía a una "cola", es decir a una hilera humana que espera algo en algún lugar del mundo. El dramaturgo a quien pertenecía el texto se llamaba Israel Horowicz. nacido en Estados Unidos, donde empezaba a brillar con letras luminosas su nombre de autor en las entradas de los principales teatros de la capital norteamericana. Era el principio de la carrera de Israel Horowicz, y era también el inicio del triunfo de su obra. La cola o El primero como más adelante la llamarían público y actores. Obra que, como el teatro del absurdo –que apenas a su vez iniciaba su triunfal pero corta carrera–, parecía no decir nada, no tener argumento, no ofrecer una vivencia determinada Tampoco parecía tener protagonistas, seres vivos sino maniquíes, figurines de cera, que formaban fila ante una misteriosa taquilla, o algo más desconocido.
Pero todos esos figurines de repente adquirían vida. y empezaban una lucha entre sí, desesperadamente convencidos que cada uno de ellos merece el primer lugar, ya sea en la tierra, ya sea en el cielo. La lucha no es limpia, ni honesta. Es una lucha de seres sin honra ni dignidad, y termina por la destrucción de algunos.
En la presente reposición de esa excelente pieza, aparecen en el escenario del reducido y agradable teatro Rafael Solana, cinco actores, cuatro hombres y una sola mujer: que son: Mauricio Andrade, David Ramos. Lucía Guilmáin, Hugo Semoloni y Abraham Stavans. De los cinco, no podemos definir con toda seguridad ni la condición ciudadana humana. Pueden ser cualesquiera pero todos, absolutamente todos desean lo mismo: desean llegar a ser los primeros de la fila. Tal como desea la humanidad de este fin de siglo y de fin de milenio: ser lo más distinguidos por Dios y tal vez por el Diablo. Ser los primeros en este mundo y probablemente en el otro.
No es sólo la ironía del texto, no es únicamente el humor del dramaturgo que sacude al público reunido en la sala. ¡No! Es lo que el espectador no puede captar de inmediato tal vez, pero que siente con un sexto sentido ignoto. En el programa de mano, los autores apuntan con mucha razón, que Horowicz con un sentido muy personal del drama, así como de lo cómico, nos revela una suerte de "voz nueva teatral". Es decir, que el dramaturgo Horowicz ha llegado a descubrir la nueva sensibilidad y la nueva manera de captar el drama moderno que sacude y emociona al espectador actual. Este posee una sensibilidad para captar los hechos que tal vez no poseía el espectador de años idos.
Ante un escenario desnudo, sin decorados ni adornos, cada uno de los actores presentes ofrece un nuevo aspecto de su propio drama. El público se ríe a carcajadas, se divierte. Y no obstante en lo más hondo de sí mismo siente un desgarramiento inesperado, siente que él mismo vanamente ha buscado el camino para llegar a ser El Primero y que semejante fracaso ha señalado con sangre todo el camino de su vida.
De lo poco que recuerdo de aquella anterior puesta en escena bajo la dirección de Susana Alexander, que indudablemente resultaba brillante. Dirección que actualmente pertenece a la misma directora: Susana Alexander, de sus colaboradores sólo queda entre el reparto Abraham Stavans, quien sabe desgarrarse a sí mismo y el público con la misma trágica fuerza, y quien bajo la máscara de la risa parece encontrar un mar de lágrimas. Tal vez fue el único que entre los cinco intérpretes supo oprimir el corazón del público.
No obstante, sus nuevas maneras de emocionar al público, Horowicz parece salir triunfante de esa lucha con el espectador, y los aplausos se prolongan aun mucho tiempo después de la caída del telón.
Hoy alejado el nuevo público, sobre todo el juvenil por el tiempo y por las modas, de todo aquel extraño arte que fue el teatro del absurdo, parecen más fríos tanto el actor como el espectador, menos dispuestos a compenetrarse con los valores de aquella época. No obstante los aplausos desmentirían aquella frialdad, y parecían traernos el eco de aquellos tiempos.