FICHA TÉCNICA
Título obra Ildegonda
Autoría Melesio Morales
Dirección Luis de Tavira
Elenco Sivia Rizo, Ricardo Bernarldo
Notas de elenco Coro de la Escuela Nacional de Música
Escenografía José de Santiago
Iluminación Arturo Nava
Notas de Música Fernando Lozano / director concertador
Cómo citar Rabell, Malkah. "Ildegonda, una espléndida ópera mexicana". El Día, 1995. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
imagen facsimilar
El Día
Columna Se alza el telón
Ildegonda, una espléndida ópera mexicana
Malkah Rabell
Melesio Morales escribió esa ópera trágica por los años 1865, cuando la tragedia hacía parte de ese género, cuando no lo hacía la comedia. Estrenó su tragi-ópera al año siguiente de haber escrito su música, para la cual encontró un texto en un libreto de Temístocles Solera. Después del estreno, la obra no volvió a subir sobre un escenario mexicano. Quién sabe cuál fue el secreto de esta apresurada huida. Posiblemente el terrible argumento de esa tragedia lírica se hallaba muy lejos de lo que el público mexicano de aquella época podía soportar: ¡Amor y muerte! ¡Amor y odio! ¡Amor y guerra política! Tal es el contenido de ese drama musical, que se nos antoja extrañamente moderno, extrañamente actual; veremos si el auditorio de nuestros días se atreve a mayores sufrimientos psíquicos que sus antepasados y los soporta con mayor estoicismo.
Nacido en 1838 y fallecido en 1908, Melesio Morales inició sus ensayos musicales casi en la infancia. Desde los 12 años se dedicó a la ejecución y a la composición de sus primeras obras. Según noticias que han pasado a la historia esa segunda obra de Morales que era la ópera Ildegonda, fue escrita a los 25 años, cuando ya tenía una primera ópera llamada Romeo. En cuanto a Ildegonda, se considera que el emperador Maximiliano, que reinaba entonces en México, la auspició. Lo que se me hace bastante difícil. Pues, si hubiese subido al escenario bajo la protección imperial, dudo si alguien se hubiese atrevido a exigir su inmediata supresión del repertorio nacional, y su casi expulsión del país. En cambio la ópera tuvo un gran éxito en Italia.
Más cercana del romanticismo germano de su época, parecía esa historia de un amor imposible, en una época cuando el mundo semicivilizado se preocupaba por llevar la guerra a Palestina, para liberar la tumba de Cristo, en manos de los Infieles Mahometanos. El argumento, narra la historia de Ildegonda, la hija de un gran señor de su país, enamorada de un muchacho plebeyo, en tanto su padre ya la tenía prometida en matrimonio al hijo de una familia aristocrática y poderosa, para sellar el pacto de unificación de la Lombardía. Al conocer las relaciones que unían a su hermana a un joven plebeyo, el hermano de la joven, lo embiste y lo hiere de muerte. Pero no contento con ello, lo condenan a muerte. Y esa ópera se termina en tragedia donde los males se suceden con una inexplicable sucesión. Debida probablemente al destino.
La puesta en escena, debida a Luis de Tavira, es espléndida, en el marco de una escenografía debida a ese mago de las transformaciones escénicas, como José de Santiago, que hace parte del grupo de los mejores escenógrafos mexicanos. Especialistas con los cuales México tiene derecho de enorgullecerse, ya que en su terreno son unos de los mejores del mundo. Entre el arte de los dos artistas, Luis de Tavira y José de Santiago, se creó una atmósfera de ensueño que algunos conocedores del arte musical, consideran perniciosa para la música, porque –según dicen– desvía el interés y la atención del espectador hacia los decorados. Conozco desde mucho ésos prejuicios, que niegan cualquier derecho a imponer una superioridad por sobre la música o el texto de un drama de una partitura musical, lo que me parece algo absurdo. Creo que la belleza que rodea a las figuras de los actores, elevan el entusiasmo y la capacidad artística de los intérpretes.
Y así como la belleza escenográfica y las luces –éstas manejadas por otro maestro en este campo, Arturo Nava– nos hace penetrar en otro mundo mágico, en un mundo de ensueño, así también el arte dancístico del jefe de la danza del teatro universitario, Marco Antonio Silva, es otra de las fuerzas de ese espectáculo. Ya sin hablar de esas escenas colectivas que crean una unidad plástica, o bien esas escenas, bajo un telón transparente que parecen despertar imágenes del cine mudo.
En cuanto a la música, a las voces de los cantantes, como Silvia Rizo, soprano mexicana, de hermosa voz que esa noche hacía el papel de Ildegonda, al lado del tenor Ricardo Bernaldo, en el papel del protagonista, Rizzardi, el joven del pueblo, rodeados ambos enamorados de un coro de voces maravillosas (según mi pobre conocimiento de la música), del Coro de la Escuela Nacional de Música que cantó en esa noche de la representación con 50 cantantes y una orquesta en vivo, bajo la batuta del maestro concertista: Fernando Lozano. Todo ello me subyugaba. Y creo que para todo espectador que no entiende excesivamente de música, ese gran espectáculo le hará más soportable los incomprensibles misterios musicales.
En mi modesta opinión, creo que un espectáculo como el de esa Ildegonda puede ser el orgullo de cualquier compañía importante de Europa.
Por lo general me cuido mucho de opinar sobre temas musicales y sobre música en general, por miedo de hacer el ridículo. Pero esa ópera me entusiasmó tanto, me pareció tan maravillosa, todas y cada uno de sus expresiones tanto musicales como coreográficas, con todas sus escenas colectivas, como las de gran espectáculo, que tuve que arrojar el miedo y lanzarme en medio del peligro.