El Día
Columna Se alza el telón
El cerco de la cabra dorada de Hugo Argüelles
Malkah Rabell
¡Las obras de Hugo Argüelles nunca fueron fáciles, ni de comprender ni de interpretar. Pero este último de sus dramas, El cerco de la cabra dorada, que bordea constantemente la tragedia, es especialmente compleja, con sus siete protagonistas que son como un nudo de siete destinos, que nunca logran liberarse uno del otro. Hasta este final que aúna para siempre a dos seres en la muerte.
La mente de Hugo Argüelles, teje vidas terribles, no sé si por amor o por odio. Indudablemente esos dos sentimientos lo persiguen. Cada uno de sus protagonistas tiene un mundo de complicadas pasiones en sus corazones. Y a la vez nos preguntamos si tienen corazones. Desde el casi inexistente pequeño doméstico, llego de alguna lejana provincia –Reyna– hasta el gran señor, Max, dueño de riquezas, y por lo tanto de las vidas, de todos que parecen moverse en el misterio de una empresa cinematográfica. Todas estas vidas que ya no parecen siete sino una multitud, nos mantienen en tensión permanente, entregados a la dramaticidad de la obra, del texto, a tal punto que las dos horas de duración del espectáculo nos parecen un sueño, a veces una pesadilla en ese inmenso escenario en el cual fue transformada la mayor parte del pequeño teatro universitario: Sor Juana Inés de la Cruz.
Hace ya mucho tiempo, tal vez años, que no he sentido tal fuerza de realidad en la intervención de un director de escena, la imposición de una exigente mano directiva en cada movimiento de los intérpretes y en la unidad de un texto, en el transcurrir de una obra dramática, como en ésta debida a Bruno Bert. Yo sabía desde mucho que Bruno Bert era un buen director, pero me quedé no sólo sorprendida, sino "apabullada" (tal vez no es la palabra apropiada, pero no encuentro otra) por la fuerza impositiva de esa dirección. Sobre todo resultan visibles los resultados de ese dominio sobre la actuación de los actores. De los siete actores, de los siete protagonistas, ninguno parece insignificante, cada papel adquiere un significado muy especial, en el conjunto del texto que podría fácilmente caer en el melodrama en manos no apropiadas, adquiere tonos de tragedia.
Rara vez se encuentra tal perfección en todo un conjunto interpretativo. De los siete protagonistas, cada uno adquiere características propias, significados importantes. Desde el papel de Max, quien por su fuerza económica domina a todos los elementos de su empresa, papel en el cual ese excelente actor Miguel Couturier brillaba por la claridad de su dicción en un juego sin fallas, hasta ese joven actor, Humberto Silva en su episódica intervención de mucamo esclavizado por la personalidad de su ama de quien probablemente está enamorado, pese a su homosexualismo. En el papel protagónico de Andrea, Regina Torné da libre vuelo a los sentimientos del personaje, dominante, posesivo, incapaz de amar ni a sus propios hijos, personaje en el cual Hugo Argüelles introdujo todos los resentimientos que los hijos –por lo general– llevan en sus vidas escondidos hacia su madre, ese amor-odio que sólo Freud se atrevió a develar.
En ese conjunto perfecto no se debe olvidar a la importante personalidad de Ernesto, el hombre débil, que durante toda su vida ha sido explotado, dejándose explotar y anular tanto por su jefe, Max, como por su esposa, Andrea. Y aunque siempre he respetado la capacidad interpretativa de Raymundo Capetillo, nunca me ha llegado tan hondo su comprensión del personaje como en el papel de Ernesto.
Como ya lo dije anteriormente todos han sido perfectos. Lo que es bastante raro. Aunque en un principio me fue difícil comprender la intervención de esas escenas que aparecían en el primer piso como desprendidas del resto de la representación. como si se tratara de otro mundo completamente diferente... Y de verdad se trataba de un mundo distinto... que nos sacaba del ambiente venenoso de las vedettes, de las primeras figuras que dominan el mundo cinematográfico, para introducirnos en los " entretelones" de las vidas particulares que a veces llevan los familiares de los amos del cine. Y aquí nos encontramos con la esposa de Max (Sonia Páramo) en el papel de Doris que trata de darle a su personaje un tono vaudevilesco, no sé si por razones que encontró el director o el dramaturgo. Pero personalmente me chocó este rompimiento del ambiente impuesto en las escenas anteriores con tanta perfección. Con Sonia Páramo actuá un actor muy joven, Fernando Montenegro, como el hijo de Max, y entre ambos tratan de imponer una atmósfera cómica. que parece escapárseles de las manos. Además, la lejanía de estas escenas que aparecen en un piso diferente nos impiden seguir con mayor atención estas escenas vaudevilescas... En cambio un papel muy simpático es el hijo de Andrea, Alfredo, que no esconde su odio por la madre que lo rechazó, y mejor dicho su odio lo agita como una bandera de triunfo. Víctor Hugo Martín, al interpretar ese papel supo imponerse pese a su juventud.
Uno de los elementos que dominaban el espectáculo, fue la escenografía de Arturo Nava, uno de nuestros más brillantes jóvenes artistas de la especialidad.
Creo que El cerco de la cabra dorada es una de las mejores obras de Hugo Argüelles y, asimismo, se me hace que es lo más interesante y perfecto de lo que se puede visitar o presenciar en el ambiente teatral de nuestra capital.