El Día
Columna Se alza el telón
Post-teatro del absurdo
Malkah Rabell
Hace unas dos semanas, enfrentamos los nuevos rasgos que se podían notar en la dramaturgia que empezaba a surgir después del agonizante Teatro del Absurdo, llamado también Teatro de la Crueldad o Antiteatro. Vamos a ver algunos. ejemplos de la dramaturgia mexicana, aunque ésta se hallaba lejos de compenetrarse con las obras de nuevo tono, y más bien lo que encontramos de aquella época son las producciones del escenario extranjero representados en las salas teatrales de nuestra capital.
La primera producción nacional de aquellos años que me llamó la atención fue La mudanzade Vicente Leñero. Historia de una mudanza carente de historia, donde nada ocurre, nada sucede, salvo al final cuando un misterioso personaje pone fin a la vida y a las disputas de la pareja que se muda. Pero ese final lo descubrió el director de escena, Adam Guevara, y no el dramaturgo. Durante todo el espectáculo unos cargadores entran y salen del escenario, traen un mueble tras otro una maleta tras otra. Un mueble, y una disputa entre la pareja, otro mueble y otra disputa. Hasta que los muebles llenan totalmente la escena, lo que indudablemente recuerda Las sillas de lonesco, y también la cosificación ionesquiana. Y uno no puede dejar de preguntarse si Leñero se refiere a las cosas que terminan por separar a la gente, uno se pregunta si trata de subrayar ese delirio del hombre moderno por llenar su vida de cosas inútiles a menudo y por cuya posesión está dispuesto a robar, a matar y termina por cometer las peores acciones.
En otra obra suya, La visita del ángel, lleva la falta de acción hasta sus últimas consecuencias. Es una obra creada con una increíble economía de medios, sin drama que es acción, ni historia donde una persona habla todo el tiempo, y dos en cambio permanecen todo el tiempo en silencio, donde cada ocupación de los presentes lleva a un naturalismo casi fotográfico. Y sin embargo esta "situación" casi carente de contenido nos mantienen interesados, a menudo divertidos y algunas veces hasta emocionados.
Otra obra, esta extranjera, que se presentó en México durante el Festival Cervantino de 1975, El gran marathón, que trajo una compañía francesa de Claude Confortes, autor, director y actor, trajo al escenario una situación de lo más original. Por primera vez pudimos presenciar una carrera en el escenario, que permite a tres actores correr todo el tiempo durante dos actos. Los actores corren todo el tiempo, sin dejar de representar sus papeles. Tres corredores, uno campesino, el otro obrero, y el tercero empleado. Pero el autor nada hace en especial para simbolizar a tres clases sociales, a tres estratos de la sociedad. Más bien trata de clasificarlos por edades, simbolizando las diversas épocas de la vida. El obrero tiene 33 años, y corre desde los 15; el empleado que ya pasó de la cuarentena y se inició en las carreras desde 30, y por fin, el más joven, el campesino, un muchacho de 19, que por primera vez emprende un marathón. Uno durante 30 años, el otro durante 15, han corrido en vano, han soñado en vano, han construido castillos en el aire en vano. ¡Nunca fueron los primeros! ¡Nunca llegaron a la cabeza! En cambio, el joven sin técnicas, sin conocimientos, esta a punto de lograrlo... Otra vez en un estado de cosas, una manifestación de la vida humana, sin argumento ni acción que crea, el eje, el centro vital de la pieza.
Este teatro de situaciones, permite a su vez recurrir al uso de las tres unidades clásicas, tiempo-lugar-acción, o falta de acción. Su tiempo siempre se restringe a una jornada, el tiempo que puede durar la situación creada por la obra. Y la mejor manera de subrayarlo lo encontró Horovitz en Los acróbatas, cuando le puso 20 minutos de duración al acto, el tiempo justo que dura un número acrobático. El lugar es siempre el mismo, el de la situación una playa en El cuarteto; una danza; una arena cirquera en Los acróbatas; una cola en El primero; una casa vacía en La mudanza; una arena cirquera en Los acróbatas; una pista de carreras para El marathón. También se puede notar que la mayoría de los títulos de esas obras tiene una sola palabra, por lo general un sustantivo al cual se agrega un adjetivo de tanto en tanto. En cuanto a la acción, por carecer de ella, la situación se reduce a un acontecimiento que posee una completa unidad.
Obras que poseen una buena dosis de herencia del "Teatro del Absurdo" a la cual le han agregado una lengua menos poética y más simple y realista, además de ciertos elementos fotográficos.
Pero la mayoría de los experimentos no los encontraban los dramaturgos, sino los directores de escena. Las experimentaciones las realizaban los Jodorovsky, los Julios Castillo, los Juan Carlos Uviedo, a veces nacionales, y otras veces llegados de tierras latinoamericanas. Se llevaban a cabo temporadas extrañas, insatisfactorias en cuanto a su totalidad, y no obstante con rasgos de inquietud, de sacudimiento, de estallidos y ebulliciones que de ningún modo se podían considerar insignificantes. Un extraño desasosiego parecía embargar durante varios años nuestra vida teatral y empujarla en las más distintas y contradictorias direcciones, experimentaciones vanguardistas con audacias cada vez más dolorosamente cuestionables; naturalismo llevado a sus consecuencias extremas; operas con cantantes en huelga, melodramas con tendencias sociales, con la gran guiñolesca violencia de una época alineada y documentos sociales con tendencias melodramáticos; revoluciones políticas y revoluciones sexuales; visitas extranjeras con más pretensiones que auténticos valores y aportes. Reflejo de la crisis y de las búsquedas del teatro universal; el microcosmos teatral de México se angustiaba, titubeaba, iniciaba actividades que unos consideraban descabellados, y otros admirables, y que en realidad presentaban las virtudes y los defectos de los productos inacabados.