FICHA TÉCNICA



Título obra Escuela de payasos

Autoría F. K. Waechter

Dirección Otto Minera

Elenco Aracelia Ramírez, Bárbara Elbenschutz, José Carlos Rodríguez, José Escandón

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón




Cómo citar Rabell, Malkah. "¿Qué teatro se debe ofrecer a los niños?". El Día, 1993. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

El Día

Columna Se alza el telón

¿Qué teatro se debe ofrecer a los niños?

Malkah Rabell

Durante muchos años una de las quejas privilegiadas de las señoras que frecuentaban el teatro, y de los adultos en las mismas condiciones, resultaba el reproche de la falta de teatro para menores en México. Aunque, a decir verdad, desde ya mucho tiempo tanto el Estado, como los teatristas mismos se preocupaban por ofrecer teatro infantil, así como para adolescentes. Pero. me imagino que actualmente ya nadie tiene la misma queja. Los escenarios para niños florecen en tales cantidades que basta abrir un periódico cualquiera a la página de los anuncios de los espectáculos para encontrar de inmediato una sección especialmente dedicada para tal actividad. Casi no hay teatro activo sin su correspondiente matiné infantil de los sábados y de los domingos.

Lamento no visitar tales funciones. Pero como me han invitado a un espectáculo infantil en la Universidad Nacional: Escuela de payasos, el título me pareció atractivo y me dejé seducir por éste. Además me interesaba comprobar si la Universidad en tales casos aporta algo especial al trabajo de los actores del conjunto. Y si enriquece la representación.

Así que, antes de darme cuenta ya estaba sentada entre una multitud de niños en el teatro Juan Ruiz de Alarcón, a las 12 y media en punto de un domingo del mes de diciembre. El teatro estaba muy concurrido, y hasta tengo la sospecha que en los presentes malos tiempos los éxitos infantiles ayudan a sostener el teatro para adultos.

Esa Escuela de payasos resultaba ser una obra alemana de F.K. Waechter traducida en una versión libre al español por Otto Minera. Espectáculo que cumplía sus 50 funciones y se hallaba en su última representación de despedida. Como de costumbre, como pude observar en otras oportunidades, los muy pequeños empiezan a llorar porque se aburren y molestan al resto del público. Lo que siempre me convencía que los muy pequeños sólo se fastidian en el teatro y no sacan ningún provecho de su visita a estos lugares. Por lo mismo la primera pregunta para los especialistas debe ser: ¿A qué edad debe empezarse a llevar a un niño a un espectáculo teatral? Y de inmediato la segunda interrogante: ¿Qué clase de espectáculos puede interesar a esos niños?

Con estas dos preguntas, me preparé, sin mucho entusiasmo, a similar esa función de Escuela de payasos.

A medida que la función iba avanzando, la población infantil de la sala se mostraba cada vez más inquieta y hasta nerviosa. Cada vez eran más numerosos los grupos de niños que se desplazaban de un lugar a otro. cada vez eran más numerosos los llantos infantiles a voz en cuello. Eso me convenció que no sólo yo me aburría sino que los niños también. Los payasos nunca fueron mis héroes preferidos. Desde mi lejana infancia los payasos me resultaban poco simpáticos. Esos cuatro payasos en el escenario podían conquistar al público espectador por su colorido, por sus movimientos, por su dinámica corporal, pero nunca por su verborrea, que era excesiva y a menudo incomprensiva. En algunas partes donde intervenía cierto misterio, con la desaparición de los protagonistas que demostraban una agilidad de acróbatas, el espectáculo se avivaba y adquiría mayor interés, hasta para los adultos. Pero tales momentos no abundaban. Muy pocas veces teníamos la oportunidad de admirar el arte acrobáticos y la gracia de bailarines de estos actores. O extrañados admirar la interpretación del maestro de esa Escuela de payasos, el actor Carlos Cobos, que el público sorprendido por la agilidad de ese personaje de muchos kilos, no se cansaba de aplaudir sus trucos de gimnasta.

Mas, lo que podía ser su gracia, se transformaba en aburrimiento debido a los parlamentos demasiado largos, así como la verborrea del resto del reparto, formado por dos mujeres y dos hombres: Arcelia Ramírez y Bárbara Elbenschutz, las mujeres, y los hombres: José Carlos Rodríguez y José Escandón.

Pero lo que salvaba al espectáculo, era la parte cuando los niños empezaron a participar en la actuación escénica. Es indudable que todo espectáculo infantil que desea triunfar debe dedicar gran parte de éste a la participación de los espectadores infantiles. El director Otto Minera, pudo tal vez suprimir ciertas partes aburridas y demasiado largas, y en cambio prolongar esa parte animada por los niños que subieron en un gran número al escenario, y a quienes se les regaló una "nariz postiza" de color rojo, con la cual no tardaron de adornarse.

Y uno se pregunta, si los espectáculos infantiles no necesitarían mayor aporte literario de una historia, de un tema que enriquecería la obra, y tal vez ayudaría a prolongar las temporadas de las representaciones.

Y en cuanto al aporte de la Universidad, se me hace que fue nulo.