FICHA TÉCNICA



Título obra El rehén

Autoría Ronald Harwood

Notas de autoría Juan Tovar / adaptación

Dirección Luis de Tavira

Elenco Alejandro Tomassi, Jesús Angulo, Fernando Torre Laphan, Joaquín Garrido, Fernando Rubio

Escenografía Gabriel Pascal




Cómo citar Rabell, Malkah. "El rehén, espectáculo de Luis de Tavira". El Día, 1993. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

El Día

Columna Se alza el telón

El rehén, espectáculo de Luis de Tavira

Malkah Rabell

Hace ya muchos años que no he tenido la oportunidad de presenciar una obra tan dramática, tan fuerte e inteligente, sobre todo inteligente, como este Rehén de un autor inglés bastante desconocido en nuestro ambiente: Ronald Harwood. Aunque la adaptación de Juan Tovar adolece de una especie de inestabilidad. El adaptador trata de actualizar el argumento, lo que no es fácil hasta para una obra propia. En el presente caso, se trata de un original basado en un guión cinematográfico, más o menos de los años cincuenta, cuando la guerra apenas terminaba y el problema de rehenes aún estaba en todas las memorias. Recuerdos de las víctimas de una política llevada a cabo por el victorioso ejército nazi que ocupaba Francia, y hasta el título de la película era francés: Le Defroque (Espolio, El que arroja la sotana).

Juan Tovar trató de adaptar el guión a los acontecimientos y preocupaciones actuales, como por ejemplo el problema de los rehenes de quienes se apoderan los grupos gansteriles para pedir rescate. Aquí el tema se embrollaba y se hacía algo falso. En el programa de mano se asevera que la acción se desarrolla en la Inglaterra de 1993. Dudo que un grupo criminal civil pueda hacer uso de tanta fuerza desplegada en un asalto y en la tortura de las víctimas. Tampoco tienen interés en ello. Estas son acciones en grande que sólo pueden cumplir fuerzas militares. Los criminales tienen otros intereses: el dinero y una crueldad gratuita... Tampoco puede el drama ser situado en tiempos de guerra, ni suceder en Inglaterra, que nunca fue ocupada, y menos en 1993. Estos detalles intervienen en el análisis que de los hechos realiza el espectador, y que oscurecen los acontecimientos.Pero en realidad, no es el hecho de haber sido secuestrado lo que crea problemas psicológicos al Defroque J.J.Farr, sino el hecho de haber sido torturado de la manera más espantosa, lo que lleva a este famoso teólogo que "ha transitado los linderos del ateísmo contemporáneo a volver a Dios y la fe, según palabras de Luis de Tavira, el director de escena de la representación.

Obra en su mayor parte discursiva, la riqueza del texto impide a menudo llegar al fondo del pensamiento del autor sin el texto escrito a mano. Aunque puede resumirse en la falsedad de la negación de Dios, porque nadie puede negar su inexistencia, como tampoco demostrar su existencia. Esta verdad escueta manejada por un gran escritor –como se me hace Ronald Harwood logran trastornarnos y dejarnos enfermos de angustia. Un texto maravilloso manejado en el escenario por un director tan competente y preocupado por encontrar las facetas más novedosas y dramáticas del teatro, como Luis de Tavira.

Es también muy interesante el ambiente en que se encuentran cinco sacerdotes por una temporada de descanso, y donde reciben a su amigo y colega, el sacerdote rebelde, J.J.Farr, recién liberado de manos de una pandilla de criminales que lo mantuvieron en cautiverio durante cinco meses. Es en semejante ambiente donde las seis mentalidades de los presentes se encuentran, chocan, o se anulan en la comprensión. En el mismo lugar se encuentra también otro sacerdote rebelde, que en sus principios de ateísmo se inspiró en las obras de J.J.Farr, y quien espera con angustia la llegada de su maestro espiritual a quien desconoce, para reforzar sus nuevos rumbos. Pero al encontrarse con un inesperado adversario, se transforma en el más violento y brutal enemigo.

También en el presente episodio nos encontramos con numerosas dudas. Una de ellas es el último gesto de los habitantes de esa casa de reposo, quienes rechazan a su antiguo amigo J.J.Farr y ayudan y aceptan a su constante enemigo, Kenneth Lovrie, el ateo convencido. Desde luego, ello puede deberse simplemente a una búsqueda del autor de un final dramáticamente impresionante. Y lo es, cuando J.J.Farr sale con su maleta a la mano. Pero según otras opiniones, y la mía propia, se debe tal vez a las reacciones de los habitantes de la casa ante la dureza de juicios de su huésped hacia sus personas, y tal vez también, al miedo de que ese complejo sacerdote descubra sus personalidades más recónditas.

En este terreno la violencia de las acusaciones de Kenneth Lovrie, quien echa en cara a su antiguo ídolo el haber abandonado sus ideas no porque encontró a Dios, sino porque encontró el miedo a la muerte, se vuelven como insultos echados en la cara a su adversario.

Indudablemente el texto original y escrito –novela o documento– hace una gran falta para la comprensión total de estas discusiones entre religiosos multipartidistas, que no son nuevas en el mundo, pero que en nuestros días se han renovado con una ardiente y también brutal pasión. Tal vez por esta sensación del fin del mundo, o simplemente porque la Iglesia adquiere mayores fuerzas cada día ante la desaparición del mundo socialista.

Desde luego, el papel más difícil resulta el de J.J. Farr y Alejandro Tommassi lo domina con toda su capacidad dramática, y ese actor joven logra dar una imagen inolvidable del hombre ya maduro, destrozado física y moralmente, que ha vuelto al camino de la fe.

En realidad todo el reparto resulta estupendo de naturalidad, de veracidad y de emotividad. Desde Juan Felipe Preciado, como el homosexual, hasta Jesús Angulo, quien dio una imagen de ese joven deportista sacerdote, con cara más de alemán que de inglés; pasando por Fernando Torre Laphan, el obispo ( excelente), así como Fernando Rubio y, por fin, el personaje más discutido, Joaquín Garrido como Kenneth Lovrie, el anteclerical, dispuesto a jugarse la vida para convencerse a si mismo que ya no cree en nada; todos parecían haberse compenetrado de sus personajes hasta el sufrimiento más íntimo.

Completó la puesta en escena una escenografía preciosa, llena de vida y frescura, que tenía tal vez muchas reminiscencias cinematográficas, y que se debe al joven y talentoso escenógrafo Gabriel Pascal.

Y por fin ¿qué podemos decir del maestro, del creador de ese bellísimo espectáculo que conquistó todos los aplausos y todas las adhesiones: Luis de Tavira? Solamente podemos repetir con mucha emoción: ¡Tavira! ¡Bravo, Bravo, Bravo!