FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte y la doncella

Autoría Ariel Dorfman

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Rogelio Guerra, Jaqueline Andere, Guillermo Murray

Escenografía David Antón




Cómo citar Rabell, Malkah. "La muerte y la doncella, teatro político". El Día, 1993. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

El Día

Columna Se alza el telón

La muerte y la doncella, teatro político

Malkah Rabell

Desde bastantes años América Latina nos ofrece una literatura sobre todo un teatro politizados. La muerte y la doncella trata de pertenecer a ese género. Pero lamentablemente sólo lo alcanza en la superficie. No puede o no quiere profundizar en sus raíces. Si en Europa tanto en las familias como entre amigos y correligionarios se suscitan discusiones desde viejos tiempos: perdonar al enemigo o vengarse; odiar o vivir sin rencores, huyendo de los antiguos recuerdos; en la América Latina, ese tema es más cercano en el siglo, aunque tal vez más lejos en la historia, más arraigado en la sangre y en la memoria, con sus dictaduras, sus torturas, sus violaciones, sus imposiciones anti-humanas. ¿Odiar hasta el fin de la venganza, o recuperar la serenidad, la sonrisa, la calma y el derecho a vivir y envejecer con un poco de paz en el alma y en la conciencia? Y entre esos dos bandos, sigue la lucha fratricida, después de la lucha contra el enemigo. Y ninguno de los dos bandos ha logrado hasta a fecha la definitiva victoria.

La obra de Ariel Dorfman presenta esas dos caras. No sabemos con certeza si el autor es argentino o chileno, si el drama sucede en uno o en otro de esos países. Con este extraño título: La muerte y la doncella, basado en un concierto, el autor habla mucho de los horrores que han sucedido, pero nunca llega al fondo del asunto. El drama tiene larga duración, y sin embargo siempre se tiene la sensación de que algo falta y de que el dramaturgo no llegó a tocar el fondo. ¿Qué falta de explicar? Y ni siquiera un excelente director de escena como José Luis Ibáñez logra poner su punto fuerte al conjunto. ¿Será una falla del dramaturgo, del director o del reparto?

En el escenario tres figuras, tres personajes, los únicos del drama, y cada uno de ellos es como un símbolo de las preguntas: ¿perdonar o vengarse y no olvidar nunca? La mujer es la víctima, la que fue torturada y violada y no una vez. No es posible pedirle o exigirle el olvido. Y sin embargo, cuántas de esas víctimas buscan el olvido, hasta se operan para borrar el número del campo de concentración que figuraba en el brazo. Cuántos piden al cielo el olvido.

El segundo protagonista es el marido, que ocupa un lugar noble en nuestra sociedad. No ha sufrido, pero pide el perdón, es el vocero del olvido y de los Derechos Humanos. Y ante ello, ante la mujer y su compañero, aparece de pronto un fantasma del pasado, cuya voz la mujer cree reconocer, cree recordar. ¿Es o no es el verdugo? ¿Es o no es uno de los torturadores? En torno de esa interrogante gira todo el drama.

Tres protagonistas, tres actores en el escenario. Y a ellos pertenece resolver el problema. Y también de ellos depende la fuerza o la debilidad de la representación. Más, para ello se necesita el material escénico. Y da la impresión que carecen de ello. El autor, Ariel Dorfman tuvo una brillante idea al encarar esa silenciosa lucha que desde años se desenvuelve entre pueblos enteros: perdonar o vengarse; gente que no puede olvidar; ni tampoco vivir con esos recuerdos. Pero la intención del dramaturgo quedó como trunca. Algo falla, algo falta. Y no sabemos qué. Alguien me ha dicho que artistas que estuvieron alejados de las prisiones, de las dictaduras militares o de los campos de concentración, no pueden transmitir ese dolor en toda su desnuda realidad... ¡No lo creo! Más bien creo que el dramaturgo es el mayor responsable de lo que sucede en el foro. Y tal vez a Ariel Dorfman le falta aún conocimiento del manejo dramático y no sabe golpear al espectador con la fuerza necesaria. Hay una frialdad en los diálogos, que tal vez nace del texto. Es cierto que la gente que ha sufrido mucho siente un especie de pudor en gritar sus vivencias. Prefiere callar o hablar en voz muy baja. Tal vez sea ello la nota que falta al desenvolvimiento del drama.

Tres protagonistas en el escenario. Ella, la víctima, que no puede olvidar, que llega al borde de la locura en su mundo cerrado. En su interpretación, Jacqueline Andere, una excelente actriz, que últimamente aparecía muy poco en el escenario teatral, se esforzaba por darnos la imagen del mayor dolor humano, un dolor que ni Dios ni el hombre puede borrar ni hacer olvidar: la tortura, la humillación, el desprecio de todo lo que el ser humano tiene de más caro: su dignidad humana. Tal vez una escena de auténtica fuerza dramática hubiera salvado la obra. Y no la hubo. El dramaturgo no supo introducirla.

El otro protagonista, el marido, resulta un ser muy débil, en manos de Rogelio Guerra no expresó la lucha que debió sostener consigo mismo para vencer sus dudas y apoyar la actitud esquizofrénica de su esposa. Sin embargo, también Rogelio Guerra es un buen actor.

Y por fin la tercera figura de ese trío: Guillermo Murray –de quien todos los enemigos de la televisión han sospechado que es falto de talento, y han tenido que rendirse a la evidencia de que es un valioso actor de teatro– tampoco él ha logrado darle una realidad a ese personaje que no la tiene. Un personaje que no logramos ubicar si es o no el culpable.

Y por fin ese final que exige tanta brillante escenografía a David Antón, y dura diez minutos, o menos, se nos hace bastante absurdo y nadie sabe lo que pretende.

Creo que el autor debería releer –o leer– ese terrible libro autobiográfico que Jacobo Timerman escribió a la salida de la cárcel de la dictadura argentina: Celda sin número, preso sin nombre.