FICHA TÉCNICA



Título obra Días felices

Autoría Samuel Beckett

Dirección Sandra Félix

Elenco Estela Enríquez

Espacios teatrales Teatro Gabarra del Núcleo de Estudios Teatrales (NET)




Cómo citar Rabell, Malkah. "Dos sorpresas: Días felices y Contrabajo". El Día, 1992. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

El Día

Columna Se alza el telón

Dos sorpresas: Días felices y Contrabajo

Malkah Rabell

Sufrí varios días de miedo y de malos presagios (o mejor dicho de sentimientos muy seguros) de que se trataba de un auténtico desastre artístico al que me obligaban asistir. ¿Porque, qué otra cosa podía suceder con dos puestas en escena realizadas por semi profesionales del teatro con una obra tan compleja como Los días felices de Samuel Beckett, presentada en el teatro La Gabarra, Núcleo de Estudios Teatrales, mejor conocido como el NET, y de una obra absolutamente desconocida de Patrick Suskind: Contrabajo, presentada actualmente en el teatro Libanés... Y cual no fue mi sorpresa y mi alegría, cuando, una tras otra se me revelaron como bellísimos espectáculos, tanto desde el punto de vista interpretativo como de texto y dirección.

Empecemos con Los días felices, que vi antes que Contrabajo el sábado 26 de septiembre, durante una tarde muy lluviosa, que se transformó en sonriente velada en la pequeña sala del NET, donde un público bastante numeroso –y bastante mojado– ocupaba la mayoría de los asientos y trataba de captar en sus menores detalles el texto de ese representante famoso del teatro del absurdo.

Personalmente soy admiradora no tanto de Beckett como de Esperando a Godot. Pero, al presenciar por primera vez, hace, creo, unos diez años a Los días felices, bajo la dirección de Manuel Montoro, con Beatriz Sheridan en el papel central, y con la escenografía de Guillermo Barclay, dejé de añorar a Esperando a Godot, para enamorarme de Los días felices, donde Beckett recurre a la presencia en escena de una mujer hundida en la arena hasta medio cuerpo, y que no obstante busca la felicidad y acepta cualquier brizna de alegría para renovar sus esperanzas. Desde luego, esta mujer hundida en la tierra no está paralizada del cuerpo sino del alma, no la mantiene sin movimientos la enfermedad sino el destino, la vida que a todos nos hunde en cierta inmovilidad, en cierta incapacidad de luchar hasta que la muerte nos hunde en la tierra para siempre.

En la versión actual, debida a la dirección de la muy joven directora Sandra Félix, con la no menos joven intérprete, Estela Enríquez en el papel de Winnie, el personaje se vuelve más realista, menos subjetivo y más dinámicamente objetivo, y sugiere más bien una parálisis que en un principio le inmoviliza la mitad del cuerpo y luego pasa al cuerpo entero, hasta el cuello. Ambas tesis son aceptables, y tanto en la anterior interpretación de la gran actriz Beatriz Sheridan, como en la actual actuación de la joven Estela Enríquez, el espectador se siente capturado. Sólo que en el presente caso, al encontrar mayor realismo en Estela Enríquez, se siente hacia ella mayor piedad.

Estela Enríquez, más que una promesa ya es una verdadera actriz que sabe dominar su voz y su rostro muy expresivo, y mantiene en tensión al público. Bravo por este joven conjunto de estudiosos del arte teatral, como la joven directora Sandra Félix y todos sus colaboradores. Tal vez sólo la escenografía demasiado oscura e inamovible, nos hacía añorar la realización de aquel mago, Willy Barclay.

En cuanto a Contrabajo, se trata de un monólogo que interpreta otro muy joven actor, Ari Telch a quien después de haber visto en La tarea –donde a pesar de todo lo poco recomendable del papel demostró su capacidad histriónica– nos alegramos de verlo en obra mucho más profunda Contrabajo, del alemán Patrick Suskind, en un papel de actor de carácter que domina por completo. Personaje ya maduro que toca ese instrumento que ama y odia a la vez, desde años, el contrabajo. Papel especialmente singular. Y Ari Telch fue cómico y desgarradoramente triste, con sus sentimientos ambiguos, con sus vivencias que aunaban drama y comedia, lo que suele llamarse tragicomedia. Historia de un contrabajo, o mejor dicho historia de todos los contrabajos, esos instrumentos musicales de menor valía para algunos a los que desprecian al compararlo con el piano o el violín, en tanto al hombre que lo toca lo devalúan sus colegas. Ari Telch logró crear a un personaje orgulloso y humilde ante ese monstruoso instrumento musical que le impedía gozar de su libertad de movimientos, prisionero de esa caricatura de un ser humano, y sobre todo femenino, que puede resultar un contrabajo. El director de la puesta en escena, Natha Grinberg, trató de suprimir esa sensación de absurdo y hasta de locura, cuando un hombre habla solo, lo que es la sensación que ofrece la mayoría de los monólogos, al colocar al lado del "monologuista" a un oyente que el protagonista fue a buscar directamente entre el público. Un oyente que aceptó su papel de presencia muda de muy buen grado. Espero que en las representaciones siguientes, los demás oyentes mudos tendrán igual buena voluntad. También la música era muy bien elegida, compuesta por composiciones de contrabajos.

Y nada más agradable y feliz para un crítico que poder dar las gracias a un conjunto de actores y colaboradores teatrales por la amena noche que le hicieron pasar en un teatro.