El Día
Columna Se alza el telón
El crucificado de Carlos Solórzano
Malkah Rabell
El crucificado de Carlos SolórzanoPor la calle de Orizaba se formaban densos grupos de curiosos. Algunos por sentimientos religiosos, otros por simple curiosidad. Y desde una ventana abierta un orador en ropa civil, había tomado la palabra... ¿Cura, civil? No lo sé. Desde algún tiempo explicaba la tragedia del vía crucis, de la marcha de Cristo cargando su cruz hacia el monte de su crucifixión. Y tanto las palabras del orador como las escenas de la calle, así como la presencia de las estatuas de tamaño natural vestidas con ropa de la época: Un Cristo de cuerpo lacerado apenas cubierto de un manto, y la Virgen al lado de Magdalena y alguno que otro de los personajes del drama...
Y todo ello empezó a remover en mi memoria un título: El crucificado del renombrado dramaturgo guatemalteco arraigado en México desde muchos años: Carlos Solórzano. A tal punto que esa obra que el autor llamó Farsa trágica no se sabía ya muy bien si sucedía en Guatemala o en México.
Y detrás de todo ello, se me deslizaba como un fuego una frase: "Cuando la cruz está tan cerca, es casi una tentación crucificar a alguien". Durante años esta frase me ha perseguido en sus más diversas interpretaciones: "Cuando un arma está a mano, casi es una tentación utilizarla".
Esta frase acerca de la cruz la utiliza el joven campesino que hace de Jesús, dice como si fuera una premonición: "¿Y si me crucifican?" pregunta asustado.
Y para llegar al meollo de esta "farsa trágica" Carlos Solórzano usa con esta su brillante inteligencia, un lenguaje que juega ya con la tragedia, ya con la farsa. Y este lenguaje abigarrado, y a menudo de sentido misterioso, lo emplea un pueblo, una masa campesina desatada por la bebida y por sus supersticiones. El mismo Jesús quien para escapar al miedo que lo embarga, bebe más de la cuenta, más allá de lo que desean sus compañeros que toman toda esa ceremonia religiosa como un carnaval, como un juego para divertirse... Pero con los sentimientos religiosos no se juega. Y Chucho, el joven campesino que ya tiene en su familia la tradición de representar a Cristo y uno de sus parientes murió crucificado, Chucho a su vez exige la crucifixión, aunque en un principio no quiso ni el papel ni la borrachera, ahora según dice: "Ya sé que al final de toda borrachera hay siempre un crucificado".
Pero los apóstoles le insisten: "Déjele que beba, si no, no va aguantar con la cruz, ni con los gritos de los que lo esperan allí fuera, ni con los azotes. Nadie aguanta con todo eso si no está mareado..."
Pero Jesús ya empieza a preguntarse: ¿Seré yo de veras el Salvador... ¡Si, yo soy el Salvador!
Probablemente cualquier psicólogo o psiquiatra puede explicar científicamente esta lenta compenetración del personaje que se ha de interpretar (sobre todo en el escenario).
Y Jesús, ese Jesús improvisado, que en su vida cotidiana se llama Chucho, siguiendo el curso de su embriaguez, repite:
Y aunque tenga miedo, está escrito que tengo que morir por ellos... (Y señala en su derredor).
A lo que contesta el improvisado apóstol Mateo:
—Todos tenemos que morir, pero morimos por nada...
E interviene Pedro:
Basta ya. Ya no bebas. No vamos a saber lo que hacemos. Jesús no va a poder con la cruz.
(A decir verdad yo nunca he sabido que en semejantes manifestaciones religiosas, Jesús cargaba una cruz verdadera. Creía que como en las representaciones teatrales la cruz era de cartón. Pero parece que en esas imitaciones populares el realismo es mucho más manifiesto).
Y así en ese tono de inconsciente filosofía, o como de inconsciente, continúa esa trágica farsa, donde Mateo, constata una verdad stanislavskiana:
Si él no está borracho nadie va a creer nada. Ante todo es necesario que los actores crean también.
Una verdad que siempre ha negado Diderot, quien afirmaba que los actores nunca creen en lo que representan ni se lo toman en serio.
Desde luego, como todos pueden imaginar desde un principio, ese Jesús de Imitación termina por ser crucificado por la masa embriagada más de alcohol que de misticismo, porque "cuando la cruz está tan cerca, es casi una tentación... crucificar".
Y las dos pobres mujeres, María y Magdalena, quedan solas, una que nunca fue viuda, porque nunca supo quién fue el padre de Chucho, y la otra, viuda anticipada.
En la calle de Orizaba, el orador seguía en la ventana y empezaba a hablar de "aquellos que durante tantos años nos prohibieron andar por las calles en nuestros hábitos y con nuestras cruces..."
Mucha gente ya se había ido, pero la mayoría seguía firmemente en sus lugares persignándose de tanto en tanto.
Cansada también yo me fui.