El Día
Columna Se alza el telón
¿Habrá teatro en el siglo XXI?
Malkah Rabell
El teatro es un arte viejo, una arte que fue conocido hace tres mil años por los griegos, y tal vez mucho antes por los chinos, los habitantes de la India y otros pueblos asiáticos. Lo mismo en Grecia que en la India, se han encontrado testimonios suficientes de lo que fue el embrión de la representación dramática. El teatro, que es el espectáculo vivo, ni siquiera faltó en la América precolombina, de lo cual, tanto en México como en el Perú dieron fe ciertos conquistadores, y sobre todo los sacerdotes que los acompañaban. El teatro es un arte que llegó hasta nosotros sin muchos cambios, con sus rasgos fundamentales adaptados a los nuevos tiempos.
Ante la pregunta de si el teatro seguirá vivo para el siglo futuro o para los siglos venideros, podríamos contestar simplemente que el hombre ignora su porvenir cinco minutos antes de que éste se manifieste; un segundo antes de que su destino cambie de giro, una pulsación sanguínea puede cerrarle los ojos para siempre. Se nos hace imposible afirmar lo que nos sucederá a la vuelta de la esquina, ¿cómo podemos afirmar lo que sucederá a la vuelta del siglo? No obstante, en lo que a teatro se refiere hay ciertas características que se repiten, que lo estabilizan a través de los siglos, y que nos pueden guiar en las suposiciones para el futuro.
Desde hace décadas, o tal vez desde siglos, se habla de la desaparición del teatro, de su muerte inminente. Sobre todo con el surgimiento del cinematógrafo, tal idea se hizo obstinada, repetitiva: ¡El teatro no tiene porvenir!, lo decían científicos, gente idónea, o simples aficionados. Sobre todo cuando se empezó a filmar obras de teatro con actores de prestigio escénico, como Sarah Bernardt. Especialmente se predijo la muerte del teatro cuando el cinema adquirió voz, cuando se hizo dueño de la palabra hablada. El teatro vivo que sólo existe durante unas cuantas horas y al bajar el telón deja un vago recuerdo en el espectador, parecía recibir su última estocada. Ya no tenía razón de existir frente a ese monstruo internacional que se llamaba cine hablado, cine sonoro, y que conserva tanto la imagen como la palabra a través de los años en los archivos filmográficos.
Y no obstante el teatro no ha muerto, ni piensa morir. Más saludable que nunca, recupera al público de las salas cinematográficas. El teatro es un espectáculo viviente y no sombras en movimiento como el cine. ¿El teatro ha cambiado para salvarse y recuperar su lozanía? ¡Algo! Mas, no ha sido excesivo su cambio. En el transcurso de sus tres milenios de existencia, el teatro occidental, el que nuestra civilización mejor conoce, ha tenido sólo superficiales transformaciones. Han sido mayores las diversas teorías acerca del teatro de cada época que los auténticos cambios. Cambiaba el teatro de nombre, según las diversas escuelas, según determinadas corrientes; pasaba del simbolismo al realismo, del expresionismo al naturalismo; se hablaba de teatro antiguo, y del moderno; del teatro clásico o del de vanguardia –vanguardia de un momento de una primavera más o menos largo o más o menos corta–, pero en el fondo, en sus raíces, permanecía el mismo: los héroes seguían siendo tales, aunque se llamaran antihéroes; las obras seguían divididas en actos, aunque fueran dos en lugar de cinco y aunque los dramas se llamaran piezas. El público seguía –y sigue– buscando acción, argumento, temas, situaciones, destino, premoniciones, aunque el Teatro del Absurdo lo haya reemplazado por el "Festín de palabras" en un escenario donde el hombre espera la muerte, en un área geográfica inexistente, en un universo inútil. Empero, después de 20 años de Teatro del Absurdo vuelve la tradición, el drama retorna al realismo. Y más aún, como si tuviera nostalgia cada vez mayor por la realidad cotidiana, ahora hasta se exagera el tan burlado naturalismo y se lo reemplaza por la fotografía, la realidad fotográfica que no teme la imagen obscena ni la palabra pornográfica, y el autor, así como el director de escena, introducen la mirada en los rincones más íntimos, más personas y más pretendidamente necesarios de ocultar del ser penante. Actualmente empieza a ponerse de moda un realismo de palabra más que de acción, una temática que se narra en lugar de actuarla.
Continuará...