El Día
Columna Se alza el telón
Medea de Eurípides: el mejor espectáculo actual
Malkah Rabell
Freud descubrió, creó o invento un complejo que bautizó con el nombre de Edipo. Y el mundo entero lo aceptó. Pero nunca Freud se atrevió a entregar al siglo XX un complejo de Medea... como espantado del tremendo crimen, de la terrible acción que ese nombre encerraba: "¡Infanticidio!": Las ancianas al rincón del hogar suelen repetir: "una madre no mata a sus hijos".Entonces de inmediato nos llega a la memoria el sangriento crimen de Medea. ¿Y Medea? preguntemos, ¿Y Medea?
Eurípides, con la furiosa audacia de los antiguos escritores, no sólo creó a Medea. Creó a otro infanticida: Agamenón, que entregó a los dioses el cuerpo de su hija Ifigenia, y lo hizo con una refinada crueldad, con una increíble indiferencia... Medea lo hizo con gritos salvajes, con lamentos desgarradores, Agamenón sólo pensó en el viento que pedía a los dioses para mover su armada. Y Freud no quiso aunar su nombre, ni su ciencia a esos dos criminales.
Actualmente, en México, la figura de la princesa salvaje, –para unos negra, para otros blanca–, Medea, aparece en el escenario del teatro Jiménez Rueda, interpretada por el temperamento tal vez no lo suficientemente ardiente, de la actriz universitaria Marta Verduzco, que ya hace bastante tiempo que se ausentó de los grandes papeles teatrales. Su reaparición lo hace con uno de los personajes más dignos de una corona imperial: la Medea de Eurípides, uno de los personajes más fuertes de la extensa linea de las trágicas griegas, la esposa de Jasón, el mítico héroe. Si, una de las protagonistas más feroces en el repertorio de la tragedia griega. No se puede negar que la intérprete que hizo Matka con infinita gracia, esta vez eligió a una Madre muy distinta. Como si buscara el polo opuesto para esculpir una figura diferente, como si tratara de demostrar sus multifacéticas capacidades. Y es tal vez en el presente momento el espectáculo más interesante en nuestra capital.
Desde el primer momento, desde que el escenario se ilumina, aparece ante los ojos del espectador una escenografía bellísima, pero sin excesos, cubierta por la neblina de una madrugada; neblina que va poco a poco disipándose, dejando al desnudo tal vez los muros de una ciudad, o tal vez las murallas de un cruel ensueño. Un decorado que sin dejar de ser real, no es realista, y que pertenece a un artista aún desconocido, Gabriel Macotela, que presenta su primera realización escénica. Y sobre el fondo de esas murallas van dibujándose paso a paso, las diversas siluetas: la nodriza, cuyo nombre ignoro (el espectáculo carecía de programa), una actriz bastante floja. Por fortuna su intervención es corta. Luego Creonte, el rey y enemigo de Medea, tampoco muy llamativo como intérprete. Hasta por fin cuando aparece Jasón, un joven actor, físicamente apropiado al personaje y dramática. mente adaptado a su texto, Enrique Pineda: ¡Excelente!
Y frente a frente, Jasón con Medea, en un larguísimo diálogo –por fortuna no tan largo como el original– con la furia desatada de la mujer ante un hombre que ya no la ama, y quien le reprocha al marido que de joven la raptó de la casa real y que la abandona por nuevos amores con la hija de Creonte. Amor-odio, odio-amor, y ya sólo odio, ¡odio, odio! que despierta en la princesa salvaje, el salvajismo deseo de matar a sus hijos para vengarse en el padre de ésos, pensando como muchos suelen pensar en semejantes casos: "Mis pobres hijos, vuestro padre es el culpable de vuestra muerte".
Marta Verduzco es indudablemente una excelente actriz. Pero ni su voz más lírica que heroica, ni su temperamento excesivamente refinado logran adquirir La fuerza de esa grandeza trágica que exige la obra.
Por fortuna el joven director José Caballero, probablemente el más brillante de la nueva generación, impuso un tono, un ritmo contenidos a la representación, para que se halle al mismo nivel que la primera figura. Un ritmo y un tono que logra sacudir y mantener interesados al auditorio. A la vez que la adaptación debida a Lorenzo Ávila, suprimió algunas importantes escenas sobre todo al final, y desde luego parte de los parlamentos del original, logrando obtener la necesaria medida que nuestra moderna impaciencia exige. Y el público salió del teatro Jiménez Rueda emocionado.