FICHA TÉCNICA



Título obra Dónde vas Román Castillo

Autoría Norma Román Calvo

Dirección Hugo Galarza

Elenco José Luis Nieto, Carlos Aguilar, Ana María Martínez, Ileana Lara, Arturo Sandoval,

Espacios teatrales Teatro del CADAC




Cómo citar Rabell, Malkah. "La tragedia del mestizaje: ¿Dónde vas Román Castillo?". El Día, 1990. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

El Día

Columna Se alza el telón

La tragedia del mestizaje: ¿Dónde vas Román Castillo?

Malkah Rabell

La dramaturga Román Calvo ha entregado al escenario del CADAC –Centro de Arte Dramático– la mejor de sus obras: ¿Dónde vas Román Castillo? de cuyo profundo valor tal vez ni ella misma se dio cuenta.

Tragedia del mestizaje en la Nueva España en los años de su inicio, la autora se traslada a la época de 1551, tres décadas después de la conquista, cuando el drama del hombre nacido de dos razas, de dos sangres distintas, era aún reciente y golpeaba a sus víctimas con todas sus fuerzas de odio fanático y de incomprensión. Por una parte el hombre blanco con su poder y su dominio y por la otra la víctima, la mujer india, violada, despreciada, explotada y sumisa, la madre del hijo que resultaba la máxima víctima de esa pareja que en el teatro mexicano curiosamente no ha sido estudiado suficientemente, fuera de alguno que otro autor como por ejemplo en la obra de Hugo Argüelles, La dama de la luna roja, donde interviene el hijo de la Malinche y de Hernán Cortés, Martín Cortés, en la conjura de los Hermanos Ávila. También lo señala el mejor poeta dramático mexicano de la época romántica, José Peón y Contreras en su drama: Gil González de Avila donde los protagonistas centrales son más bien los hermanos Ávila que fueron decapitados en 1561, en tanto Martín Cortés fue exiliado. En cambio, si Federico S. Inclán en su tragedia moderna: ¡Yo, Malinali! toma de heroína a doña Marina, no menciona al hijo de ésta, a don Martín Cortés, ni siquiera menciona a esa víctima inocente del primer mestizaje en México, víctima tal vez aún más trágica que su madre.

Al protagonista de su drama Román Calvo le dio su propio nombre: Román, ciento por ciento masculino. Es también el nombre de un romance anónimo: ¿Dónde vas Román Castillo? que hemos escuchado en más de una oportunidad a Óscar Chávez. Pero en realidad no ha servido de modelo a la autora fuera del título.

El Román Castillo de Román Calvo, es el hijo de un conquistador, Pedro Castillo y de una dama india de noble alcurnia, violada por el padre de su hijo. Este educado en la ignorancia de su origen, con todos los privilegios de un hijo de los victoriosos españoles, estudia en la madre patria, España, y recién al volver a la tierra que lo vio nacer, se entera por la indiscreción de su nodriza del secreto de su nacimiento, y empieza a sufrir los tormentos del mestizaje que no le permite establecer su identidad. Ya no logra identificarse con los blancos, ni tampoco con los indios. Hay momentos cuando odia a unos y a otros. Pero a quien más odia es a los débiles, a quienes lo han estigmatizado con el destino de víctima. Pero ni a su padre ya puede amar, ni a la gente de ése. Y cuando desea ingresar a las órdenes religiosas, se entera que no se admite a los españoles nacidos en América.

El CADAC. que cumple 15 años de existencia y está festejando semejante fecha con una serie de manifestaciones: obras dramáticas, conferencias, charlas, conciertos, etcétera. Ha puesto al servicio de la mise en scene, de ¿Dónde vas Román Castillo? a los actores juveniles de su Escuela de actuación. Lo que tal vez fue un error. Esos jóvenes intérpretes todavía no están a la altura de tan difícil empresa. Porque participar en una obra teatral como ¿Dónde vas Román Castillo? exige la maestría de unos intérpretes de mucho oficio. Quizá José Luis Nieto –el intérprete de Román el hijo– dentro de unos años ya podrá ocupar un lugar serio en el escenario, pero todavía le falta mucho para ser actor, y aunque el papel le quedaba bien físicamente, para su actuación le faltaba mucha experiencia y no poco arte. El único del reparto que nos hacía descansar de las ineptitudes del conjunto, fue Carlos Aguilar, que ya tiene un pasado de profesional, y en el papel del padre, de Pedro Castillo, el conquistador, supo captar el personaje. La mayoría resultaba demasiado joven, como por ejemplo, Ana María Martínez, en el papel de la anciana india se antojaba ridícula con su silueta de jovencita que trataba inútilmente de envejecerse. No es el maquillaje que avejenta sino la manera de actuar, y sólo una auténtica comediante puede lograrlo. Quizá de los actores de reciente promoción la mejor fue Ileana Lara, porque el papel de joven india le quedaba. En cambio un actor juvenil que se esforzaba inútilmente de compenetrarse con su personaje de típico español popular resultaba Arturo Sandoval, en quien no obstante se notaba la mano del director, Hugo Galarza. En ese papel del servidor, Nuño Gómez, que es probablemente el mejor papel de la obra, un personaje clásico de la época de oro del teatro español, uno que dice las verdades como asegurar que toda la humanidad está formada por mestizos, el joven actor al final casi logró su cometido mejorando notablemente.

No podemos acusar de la inexperiencia de ese conjunto al director Hugo Galarza quien en más de una oportunidad nos demostró su capacidad directiva, sobre todo cuando contaba con verdaderos actores. Hizo lo que pudo para dar movimiento y ritmo a esa excelente obra tan llena de verdades que no dejan de ser actuales. Sobre todo se notaba su mano en especial en el manejo de José Luis Nieto, de Ileana Lara y de Arturo Sandoval.

Tampoco se pudo exigir al maestro Héctor Azar, director del Cadac un reparto más profesional, que económicamente no hubiera sido al alcance de las posibilidades de un Centro de Arte Dramático como el CADAC. Pero hay que agradecerle su interés por enriquecer la dramaturgia mexicana con la puesta en escena de una obra nacional como ¿Dónde vas Román Castillo? que desde hace años deja indiferente a numerosas instituciones.