FICHA TÉCNICA



Título obra Corona de sangre

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Willebaldo López

Elenco Alejando Camacho, Juan Antonio Llanes, álvaro Espinoza

Escenografía Félida Medina

Música José Antonio Alcaraz




Cómo citar Rabell, Malkah. "Corona de sangre de Luis G. Basurto". El Día, 1990. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

El Día

Columna Se alza el telón

Corona de sangre de Luis G. Basurto

Malkah Rabell

...Y esta fue la última obra de Luis G. Basurto. Obra que no logró ver en el escenario y cuyo estreno se realizó con su ausencia, cuando emprendió el viaje del cual nadie vuelve.

Corona de sangre, vida y martirio, vida y muerte del padre Pro. Historia que la nueva generación desconoce, o casi, y que la anterior ya ha olvidado. Obra dramática de un católico militante, tal como lo fue durante toda su vida Luis G. Basurto, sin jamás haberlo negado. Un católico militante de gran corazón, de una visión liberal, casi revolucionaria, del mundo y de la humanidad, enemigo de la violencia y de los odios raciales y religiosos. Muy alejado de un Brecht enemigo de la NO violencia, partidario de ésta. En una oportunidad escribí que Luis G. Basurto era en México el maestro de la clase media, a la cual enseñaba a comprender muchas cosas de la vida, a comprender las debilidades humanas y a perdonarlas. Lo vuelvo a decir. Basurto en una obra como Cada quien su vida, que fue en su época un gran éxito, enseñaba a la clase media a perdonar a la prostituta y a comprender sin desprecio al homosexual. En cuanto a su drama: El candidato de Dios, el entusiasmo que despertó aún se conserva y fue quizás su mejor creación.

Sin llegar a la calidad dramática de El candidato de Dios, en Corona de sangreel autor recientemente fallecido, ya muy enfermo y debilitado, peca de cierta lentitud en la acción y en los parlamentos que salva un final apoteósico: la heroica muerte ante el pelotón de fusilamiento del protagonista. Hecho real de todos conocido.

En ese su último drama que se aleja bastante de un melodrama, el dramaturgo diseña el retrato de un personaje muy complejo, alegre a ratos, por lo menos en público, pero que en la soledad de su alma pide la muerte y busca el martirio. Un hombre gravemente enfermo, que ha intervenido en la vida política del país tal vez involuntariamente, sin ser político sino una figura religiosa. No sabemos si el dramaturgo ha diseñado al personaje según sus propios sentimientos (los escritores nunca dejan de ser ellos mismos), o apoyándose en documentos fidedignos. Nos hubiera gustado que el programa de mano aclarara nuestras dudas. Más, probablemente a falta de opinión del autor prematuramente desaparecido, pienso que los creadores de la representación han preferido dejar en libertad al espectador para opinar según sus propios conocimientos.

Es una figura extraña la del padre Miguel Augusto Pro: alegre hasta a veces caer en la payasada, y en cambio tan trágicamente enamorado de la muerte y del sufrimiento que a veces se antoja un masoquista, y sólo su estado de hombre terriblemente enfermo, explica su conducta y su psicología. El poder político de México lo acusó de haber intervenido como autor intelectual en el asesinato del general Álvaro Obregón –lo que sería bastante lógico– pero según el dramaturgo el sacerdote fue inocente y hasta enemigo de semejante asesinato que ignoró hasta leer el suceso en la prensa.

La dirección de Willebaldo López, otro de nuestros excelentes autores dramáticos, no logró imponerle mayor agilidad al texto que a veces decaía. Tal vez el texto mismo no se prestaba para un ritmo más ágil. Muy extenso el reparto, lo formaban en su mayoría actores jóvenes de poca experiencia. Los únicos que tal vez se destacaron en ese denso grupo, fueron Álvaro Espinoza como Chafiro el ladrón salvado por el Padre Pro, quien se transforma en el continuador de la obra religiosa del medir, y Juan Antonio Llanes en dos papeles, pero es sobre todo como Quintana, un funcionario de la policía, donde se impone su creación de un carácter.

Queda como intérprete especial, el joven actor que realizó la figura del Padre Pro, Alejandro Camacho, muy brillante en determinados momentos, sobre todo en la última escena. Lástima que no siempre la dicción lo ayudaba, y se perdían algunos de sus parlamentos.

La representación contaba con dos elementos interesantes: la música debida a José Antonio Alcaraz, que tenía constantemente tonalidades mexicanas que alegraban el oído; y la soberbia escenografía de Félida Medina, con sus cambiantes elementos que transformaban las distintas áreas del escenario según las necesidades de la acción.

En resumen, podríamos decir que: Corona de sangre viene a reunirse con las tres "Coronas" de Usigli, sin desmerecerlas en nada, y es tal vez una de las mejores obras dramáticas nacionales del presente año.