FICHA TÉCNICA
Título obra Ambrosio o la fábula del amor
Notas de autoría Mathew Lewis / autor de la novela El monje
Dirección Jesusa Rodríguez
Notas de grupos y compañías Camerata
Elenco sopranos Luz A. Uribe, Lourdes López, Inés Medina y Matilde Esteban; mezzosoprano Ruth Ramírez y la contralto Margarita González; tenores: Héctor Sosa; Alfredo Portilla y Francisco Grijalbo; baritono Jorge Laguna; bajo José Rosendo Flores
Escenografía J. M. Rodríguez
Iluminación Julian Faessler
Coreografía Rolando Battie
Música José Antonio Guzmán
Notas de Música Luis Berber / dirección musical
Vestuario Manuela Bravo Reyes
Espacios teatrales Teatro Miguel Covarrubias
Cómo citar Rabell, Malkah. "La ópera El Monje de José Antonio Guzmán". El Día, 1990. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
imagen facsimilar
El Día
Columna Se alza el telón
La ópera El Monje de José Antonio Guzmán
Malkah Rabell
La imaginación de Jesusa Rodríguez (ya famosa pese a su juventud) encontró un nuevo tema para desplegarse en toda su riqueza: Ambrosio, opera de José Antonio Guzmán, basada en la novela del siglo XVIII El Monje de Mathew Lewis, escritor inglés que se inspiró para su famosa novela en muchas fuentes, principalmente en el incipiente movimiento romántico, y es una de las más características "novelas negras" de su tiempo, que hasta hoy en día sigue siendo leída sobre todo en una adaptación de Antonin Artaud.
Ambrosio –que da el título a la ópera de José Antonio Guzmán es un monje dominicano que ha ganado en Madrid fama de santo. Pero su intolerancia y falta de piedad que demuestra al entregar a una cruel abadesa a una joven pecadora, una novicia, llama la atención del demonio que pone en su camino a una agente suya, Matilde, que ingresa en el convento de Ambrosio vestida de hombre. Mas adelante, Ambrosio seducido por los encantos de una joven inocente, Antonia, la persigue y termina por matarla así como a su madre. Para escapar a la Inquisición, el monje vende su alma al diablo quien lo traiciona y entrega al fuego del Santo Oficio. (En la novela esta muerte es aún más horrenda, lo, despedazan los pájaros en la cima de una montaña).
La ópera Ambrosio, o La fábula del mal amor, encanta sobre todo por la belleza de su música,de José Antonio Guzmán graduado con mención honorifica en la Escuela de Música de la UNAM, continuando sus estudios de postgrado en el Royal College de Londres donde estudió orquestación y técnica escénica de dpera obteniendo del British Council la renovación de su beca. Paralelamente continuó sus estudios de organología y técnicas de composición con Gordon Jacobs. Sus composiciones musicales siempre se han mantenido en el ámbito de la escena teatral, de los filmes y de la música para televisión. A partir de sus estudios en Inglaterra hizo otros de doctorado y maestría en la Universidad de Amsterdam. Holanda. A parte estudió también los lenguajes musicales de otras culturas en la UNAM y recientemente publicó un volumen sobre música prehispánica, así como otro sobre los instrumentos musicales coloniales.
En cuanto al elenco de cantantes, pertenece a una nueva generación que trata de renovar el repertorio musical de México. Entre los cantantes que pude escuchar el domingo 22 de julio en el teatro Miguel Covarrubias, en el Centro Cultural Universitario de la UNAM, se encontraban las sopranos Luz A. Uribe, Lourdes López, Inés Medina y Matilde Esteban; la mezzosoprano Ruth Ramírez y la contralto Margarita González; los tenores: Héctor Sosa; Alfredo Portilla y Francisco Grijalbo; el barítono Jorge Laguna en el papel del propio Ambrosio y el bajo José Rosendo Flores en el papel del demonio.
No estoy muy especializada en el género musical y no me atrevo a pronunciar opiniones personales sobre el valor de cada uno de esos cantantes. Pero mis oídos captaban con un inmenso placer esa música vocal de tantos jóvenes cantantes mexicanos.
En cuanto a la directora de escena, Jesusa Rodríguez (más conocida simplemente como Jesusa), puso al servicio de la representación todo su rico manantial de fantasía. Tal vez algunos detalles se hacían innecesarios y sólo complicaban el maremágnum de tantos elementos artísticos, como por ejemplo la introducción de una escena con títeres en el riquísimo bagaje escénico con su vestuario que hasta mareaba por el colorido y las complejas formas, diseñado por Manuela Bravo Reyes; por las danzas debidas a la coreografía de Rolando Battie; por las luces con la iluminación de Juliana Faesler; por la escenografía que cambiaba constantemente de J.M. Rodríguez; por esa bellísima música ejecutada por la Camerata bajo la dirección de Luis Berber; y hasta por el mismo público que resultaba otro de los elementos interesantes de la producción; un público que empezó por reírse convencido de hallarse frente a una comedia antirreligiosa, y que terminó por callarse y permanecer en un respetuoso silencio, creyendo tal vez que se encontraba ante una puesta en escena de una obra mística.