El Día
Columna Se alza el telón
Los de ayer y los de mañana
Malkah Rabell
Volvemos a repetir que el rasgo primordial, el más sobresaliente del teatro en México durante el año 1989 fue la cantidad, la multitud de obras y de toda clase de espectáculos en los más diversos lugares: desde casas particulares hasta salas tradicionalmente dispuestas para representaciones teatrales. Y ante semejante multitud de espectáculos nos preguntamos ¿de dónde salieron esos nuevos actores, directores, dramaturgos y escenógrafos; ¿de dónde surgieron los capitales para montar tantas obras? y en realidad nadie aún se pone de acuerdo para dar una respuesta concreta. Mencionemos algunas suposiciones: Hace unas décadas México apenas contaba con una o dos escuelas dramáticas: las de Seki Sano y del INBA. Hoy es muy cierto que nadie sabe con toda certidumbre cuántas hay ya en la capital, ya en la provincia. Se da el caso de que todo actor profesionalmente maduro y que ha perdido su trabajo debido a la crisis, está dando clase de actuación. Existen escuelas con todo un equipo de maestros. Y también existen las clases particulares. En una oportunidad Seki Sano me dijo que él no soportaba las preparaciones masivas de actores nóveles, y si de todos sus alumnos dos o tres merecerían subir al escenario, se consideraría bien pagado. Pues he aquí que el surgimiento de nuevos actores, directores, dramaturgos y escenógrafos, forma una nueva generación de teatristas, una generación masiva, salida de las escuelas de televisión, de la ANDA, del INBA y de quien sabe cuántas escuelas particulares manejadas por actores desempleados.
Los grupos independientes, los grupúsculos dramáticos se van multiplicando. También surgen nuevos productores en busca de nuevas fuentes de trabajo en las cuales invertir sus capitales.
¿Quiénes son esos nuevos teatristas cuyos nombres aún no hemos aprendido? La Compañía Nacional de Teatro, ha montado un preciosos espectáculo en el teatro Julio Castillo (antiguamente Xola), con la tragedia de Sergio Magaña, en cuyo montaje intervienen casi puros elementos nuevos que de buenas a primeras ocuparon puestos de primera magnitud. bajo la dirección de una muy joven directora Lorena Maza, con la escenografía debida a otras muy jóvenes escenógrafas, Tolita Figueroa, en tanto Alejandro Luna, el jefe de la compañía, modestamente se ocupaba del manejo de las luces, actividad tan importante en el teatro moderno. Hasta la coreografía pertenecía a una muy joven coreógrafa, Lidya Romero.
Humberto Zurita que siempre fue un excelente actor, puso su grano de arena en la dirección de Dulce Caridad interpretada por Christian Bach. Las direcciones femeninas se multiplican. Para un homenaje a Augusto Benedico, uno de nuestros mejores intérpretes se puso en escena Cartas de amor escritas en papel azul y la obra fue dirigida por Adriana Roel, muy conocida por sus interpretaciones dramáticas, pero completamente desconocida como metteur en scene.También en el teatro "Libanés" fue una mujer, una célebre actriz, Jacqueline Andere, quien montó Pepsie la Cariñosa papel que ella misma interpretó. Nos llama la atención la semejanza de los dos títulos: Pepsie la Cariñosa y Dulce Caridad.
En cuanto a las compañías independientes, en el Foro Conchita se presentó una obra de Jean Paul Sartre: Huis Clos que dio a un director joven y desconocido en México, Rodolfo Alcaraz, la oportunidad de montar esta obra en una piscina, de la cual se sacó el agua, en tanto el público se instaló en torno de ese improvisado escenario.
Otro director desconocido hasta para los mismos intérpretes, es Alberto Atala, quien puso El pelícano de Augusto Strindberg. En el papel central apareció Marta Aura, excelente actriz, y en los demás personajes la mayoría resultaban absolutamente desconocidos, como Laly Raffiel y Mel Herrera.
La mejor obra de Georg Kaisser: De la mañana hasta medianoche fue puesta en el teatro Granero por un grupito de actores nóveles bajo la dirección de Mario Espinosa, cuyo nombre nunca había oído nombrar con anterioridad. También aquí la escenografía y la iluminación y reconocida. Aunque en esta oportunidad ninguna de las dos actividades llamó mucho la atención. Y aunque la obra es interesante y hasta puede apasionar con su vida de un cajero que roba una gran cantidad en su banco, y gasta esa fortuna de la manera más absurda, de la mañana hasta medianoche, pues, pese a manejar una obra muy conocida la pobreza de la dirección, de la escenografía y de la interpretación resultaba excesivamente visible.
En la librería El Juglar dos jóvenes actores anónimos todavía interpretaron una obra del autor uruguayo: Jano Sosa: El mono y su sombra. El equipaje del reparto lo formaban dos actores muy jóvenes, pero ya excelentes: Vicente Ledesma actor y director y Charles W. Lake, intérprete.
En el breve teatrito universitario: Juana Inés de la Cruz se presentó bajo la dirección de Jesusa Rodríguez una obra de Marguerite Yourcenar: Cada quien su Margarita. Se puede considerar a esa obra y su montaje como uno de los mejores del repertorio universitario.
Las obras nacionales no abundaron. Después del boom en este campo en los años anteriores, 1989 se mostró bastante pobre. Playa Azul de Víctor Hugo Rascón Banda fue uno de los pocos que tuvieron resonancia.
Con esos jóvenes actores llegados de la tierra de nadie, tendrán que trabajar mucho los no menos desconocidos directores. El 1989 que acaba de fenecer dio a numerosos teatristas mexicanos la oportunidad de entrar en contacto con el mundo de la farándula. Bienvenidos los que mañana serán conocidos y tal vez célebres, y bienvenidos los que vuelven del ayer.