FICHA TÉCNICA
Título obra La hora del lobo
Notas de autoría Ingmar Bergman / autor del guión cinematográfico homónimo; Enrique Gorlero / adaptación
Dirección Martín Acosta
Elenco Jaime Velasco, Rocío Rodríguez
Escenografía Rafael Chelius y Eduardo Palomo
Espacios teatrales Teatro Lenin del Instituto México-URSS
Título obra El Cantar de los Cantares
Notas de autoría Bruno Bert / selección de textos
Dirección Bruno Bert
Grupos y Compañías Grupo Ítaca
Elenco Margarita Esther González
Escenografía Mónica Kubli
Cómo citar Rabell, Malkah. "Dos espectáculos experimentales". El Día, 1989. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
imagen facsimilar
El Día
Columna Se alza el telón
Dos espectáculos experimentales
Malkah Rabell
Después de presenciar espectáculos realistas una y otra vez durante meses, la aparición en algunos escenarios de un poco de fantasía se hace muy agradable. Esas dos representaciones que pude ver en el transcurso de una sola semana fueron: La hora del lobo en el simpático teatrito Lenin del Instituto Cultural México-URSS, y El Cantar de los Cantares en un espacio experimental que todavía no tiene nombre.
La hora del lobo presenta un espectáculo muy surrealista en una versión de Enrique Gorlero al guión cinematográfico de Ingmar Bergman. La película nunca la vi y no sé muy bien qué agregó Gorlero a la creación de Bergman. Pero la puesta en escena del muy joven Martín Acosta, nos ofrece una preciosa representación visual, aunque mucho asi todo del texto se nos perdía por la falta de experiencia verbal de los miembros del reparto, sobre todo de Jaime Velasco que interpretaba junto con Rocío Rodríguez la pareja de amantes sometida a un psicoanalisis, con su larga cadena de pesadillas. El resto del reparto casi no habla, sino actúa plásticamente, y a menudo tenemos la impresión de hacer parte de tantos sueños terribles.
Tampoco el médico psicoanalista habla mucho. Casi podría decirse que es un personaje mudo que se contenta con escuchar las confidencias de los dos enamorados que se transforman en cuadros que poseen toda la plásticidad misteriosa de la pintura surrealista, con sus pequeñas figuras en el fondo del escenario. Tal como lo usan los cuadros del movimiento surrealista que tanto le debía a Freud, y del cual éste decía que no comprendía absolutamente nada. Tal vez el famoso científico exageraba por sentido del humor. Pero se me hace que esos cuadros oníricos de la pintura surrealista se vuelven muy claros para quienes han estudiado o solamente leído a Freud. Con más razón debían aparecer comprensivos a su inspirador.
El estudioso vienés de los sueños, tenía en su carrera un caso de un enfermo en cuyas pesadillas aparecía constantemente un lobo. No sé si semejante caso es el responsable del título de la obra en dos actos que sólo tuvo tres representaciones en la sala Lenin. En los cuadros que Martín Acosta maneja aparece un ser extraño que puede ser el lobo freudiano. También hay un ser que grita terriblemente y que a veces es mujer y otras veces hombre. También se hace presente un pastor que tiene un nombre. Herbrand. Las otras figuras oníricas aparecen y desaparecen como en una neblina, que el escenógrafo trata de expresar por medio de espejos. Escenografía que pertenece a Rafael Chelius y a Eduardo Palomo y que no deje de ser bastante pobre. Lástima que Jaime Velasco habla tan bajito que casi no se le oye.
Con todas sus visiones oníricas resulta un espectáculo muy atrayente.
En cuanto al espectáculo del grupo Ítaca que ya cumplió seis años de vida y se inició como un grupo experimental que se presentaba en las calles y en los espacios abiertos, actualmente, siempre bajo la dirección del maestro Bruno Bert ofrece una representación con el título de El Cantar de los Cantares que resulta un poco gratuito. La inmensa cultura de Bruno Bert le permite reunir textos de los más diversos escritores, tanto nacionales como universales, desde Salvador Elizondo hasta el rey Salomón, textos de los más cambiantes contenidos.
La escenografía de Mónica Kubli, divide en forma de cruz el espacio de la sala donde se lleva a cabo el espectáculo, dando así una imagen de cuatro senderos, de cuatro áreas de actuación. Cada ruta dedicada a otra filosofía, a otra creencia. En el programa de mano un texto del director abre a la comprensión deí espectador algunas puertas: "...Nuestro Cantar de los Cantares presenta imágenes de esos caminos ciegos contrapuestos al texto cantado del poema bíblico. Hemos tomado cuatro actores y un coro y asignado a cada uno un sendero de búsqueda. Uno a través de la religión; el otro a través del sexo; el tercero por el alcohol y las drogas: y el último por ese espacio de aislamento que puede ser de lucidez o de locura".
Con estas breves explicaciones se logra entender una puesta en escena nada fácil, y aún menos clara. A menudo los cuatro intérpretes hablan a la vez, cantan a la vez, y sus voces se unen a los del coro, que emplea a veces el hebreo y otras veces el latín, lo que impide al auditorio comprender el contenido de las ideas entrales de la obra. Desde luego, la búsqueda religiosa se encuentra entregada a un representante de la religión católica, por lo mismo se nos hace un poco incomprensible el título tan del Viejo Testamento como El Cantar de los Cantares, por más que se suele llamar a la religión oficial del mundo occidental, judeo-cristiana.
Creo que deberían un poco bajarse las voces de los representantes de los diversos senderos de la vida, para escucharlos con mayor claridad y asimilarlos más aprisa. En cuanto a los intérpretes, se nos hace excesivamente difícil juzgarlos, precisamente por ese arte coral que da el tono a todo el espectáculo, en el cual tal vez se distingue ya como actriz madura Margarita Esther González en el papel de El que recuerda a Sade.
Un espectáculo indudablemente interesante, pero que no logra adquirir la misma intensidad que otras creaciones teatrales debidas a Bruno Bert.