FICHA TÉCNICA



Título obra Lenguas muertas

Autoría Carlos Olmos

Dirección Germán Castillo

Elenco Alonso Echánove, Cristina Michaus, Fernando Becerril, Mario García González, Ángel Casarín, Marta Aura, Rebeca Patiño

Escenografía Humberto Figueroa

Coreografía Rosana Filomarino

Música Rafael Castañedo




Cómo citar Rabell, Malkah. "Lenguas muertas en la Compañía Nacional de Teatro". El Día, 1988. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

El Día

Columna Se alza el telón

Lenguas muertas en la Compañía Nacional de Teatro

Malkah Rabell

La mayoría del público de la noche del estreno consideraba la obra Lenguas muertas como un estreno. Sin embargo Carlos Olmos la escribió en 1970, durante, como el mismo afirma, su "primera permanencia como becario de teatro en el Centro Mexicano de Escritores". Tantos años sin estrenar me parece mucho tiempo, y tengo la vaga idea de haber ya visto este drama –que Olmos considera farsa– hace unos diez o más años, o mejor dicho de haber asistido a un espectáculo con este título. Pero, si desde entonces una nueva generación está dispuesta a aplaudirla, tal manifestación sólo puede alegrarnos.

Nunca me han preocupado las ciencias ocultas, ni la magia blanca o negra. Ciencias que en las ciudades grandes son artes de minorías, y en pueblos reducidos son preocupaciones y convencimientos de masas. Carlos Olmos trata de presentarnos a Luciano, su protagonista, más bien como farsante que hace de sus capacidades premonitorias su medio de vida. Pero enfrenta a su héroe medio en broma y medio con admiración. No obstante esta farsa, como la considera el autor, no deja de ser trágica muy a menudo y termina con muchos cadáveres completamente inocentes. No todo es fácil de comprender en la creación de Olmos. No todo lo comprendemos. Y sin embargo la representación nos trastorna, nos emociona y nos deja desgarrados. Este constante sacudimiento emotivo y nervioso se debe en gran parte a la dirección. El paso misterioso del ferrocarril cuya presencia se impone por el lejano ruido y por el humo que invade el escenario, sin que jamás viéramos su cuerpo monstruoso, nos emociona como si un ser vivo viniera desde lejos a destrozar nuestras vidas. La muerte causada por las armas de fuego, parece debida a la llegada de ese tren fantasma.

Luciano y Beatriz, una pareja que ya se aman, ya se odian y se rechazan, también ellos terminan por caer víctimas de ese misterioso poder adivinatorio que Lucian, tal vez con excesiva ligereza, cree emplear para sus fines personales. Obra que puede llamarse de masas nutre su fuerza de las escenas colectivas. Carlos Olmos nos ofrece una imagen pueblerina que cambia constantemente de tonos e impresiones. Los personajes son figuras que hemos visto más de una vez en obras de jóvenes autores mexicanos contemporáneos. Pero Olmos lanza sobre ellos una luz nueva, desde un punto de vista que no tuvimos la oportunidad de comprobar en otras oportunidades.

Estas imágenes de trágicas resonancias, estos personajes tan típicos de la vida provinciana, han servido al director, Germán Castillo, de material que vibra constantemente, que nos fascina con sus técnicas corporales. Todo es misterio en esta puesta en escena que se me hace una de las mejores de Germán Castillo. El grupo de actores que interviene en la creación de la vida de un rincón de México, son casi todos bien adaptados a sus protagonistas. Alonso Echánove en el papel de Luciano, actor que ya hemos visto en numerosas intervenciones dramáticas, crea un tipo novedoso en nuestra dramaturgia, un joven brujo que trastorna la vida de una aldea tanto por sus mentiras y fantasías, como por sus verdades. Cristina Michaus, actriz para mi más bien desconocida, en su papel de Beatriz, en su búsqueda de rasgos de enferma mental, a veces llegaba a lo exagerado. Dentro de las primeras figuras se presentaba Fernando Becerril, como el cura que considera los "poderes" de Luciano como fuerzas diabólicas; como el–coronel que ya sueña en sus futuras fuerzas de gobernador, Mario García González, estaba muy apropiado al personaje; Ángel Casarín en el papel de don Ruma, el periodista que escribe sus artículos a mano y se niega a usar los linotipos, fue quizá el único personaje de la obra que hacía sonreír, y a veces hasta reír; la excelente actriz Marta Aura, como la prostituta de la aldea, supo encontrar múltiples tonalidades. Ni siquiera podemos dejar en el olvido a Rebeca Patiño, quien, como la muerte permaneció callada y sólo exhibía una hermosa desnudez.

La muy interesante escenografía de Humberto Figueroa y de Germán Castillo, daba al propio director la posibilidad de imponer agilidad y cambios numerosos a la puesta en escena que subrayaba la coreografía de Rosana Filomarino y la musicalización de Rafael Castañedo.