FICHA TÉCNICA
Título obra Hola ¿quién está allí?
Autoría William Saroyan
Dirección René Pereyra
Grupos y Compañías Actores del Método
Escenografía Roberto Rochin
Espacios teatrales Teatro La Gruta
Cómo citar Rabell, Malkah. "Una obra de Saroyan en la Gruta". El Día, 1988. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
imagen facsimilar
El Día
Columna Se alza el telón
Una obra de Saroyan en la Gruta
Malkah Rabell
William Saroyan es otro de los típicos escritores norteamericanos de origen extranjero, de padres armenios. Igual que Arthur Miller, Saroyan conoce a la maravilla la vida y el alma del pueblo norteamericano, del habitante de los pequeños pueblos, de los jóvenes que se lanzan, sin un dólar en el bolsillo, pero con muchos sueños, por los caminos de su inmenso país, trabajando en toda clase de labores urbanas y campestres. Terminando a veces su aventurera vida de la manera más trágica. Tal es el caso del héroe de su corto drama en un acto: Hola ¿quién está allí? que presenta el grupo Actores del Método en el espacio teatral: La Gruta, que puso al servicio de las compañías independientes el activismo productor, Fernando de Prado.
La obra de Saroyan, casi todas sus piezas dramáticas, se deben a la poesía de lo cotidiano. Y también a la poesía de la bondad. Saroyan es un poeta-dramaturgo capaz de encontrar lo maravilloso en una sonrisa, en una mirada de comprensión. En medio de las peores maldades, en medio del terror y de la injusticia, del asesinato y de la prostitución, Saroyan de repente encuentra un alma bella y sencilla, como un diamante en un campo de piedras. Kitty es una de esas almas simples como una margarita, que despierta el interés de ese joven sin nombre encerrado en una celda de un poblado. En su soledad ambos se sienten atraídos. En el programa de mano el director de escena pregunta: "¿dónde sucede?" (la acción). Y contesta: "En cualquier parte y a cualquier hora". Lo que sin embargo no es del todo cierto. ¡No! esta rápida y trágica historia de un joven vagabundo, sólo puede suceder en un país tan complejo y de razas entremezcladas, como Estados Unidos, que nos dio a conocer a escritores tan desgarradores como Jack London o Jack Kerouac, y fue éste último quien llamó a sus vagabundos nacionales: Los vagabundos celestes. Es una historia de prostituta que no tiene nada de respetuoso, producto de una determinada sociedad irrespetuosa consigo misma y con los demás y que hace linchar a un pobre muchacho lleno de ensueños que la toma por un ser etéreo que da su amor gratuitamente a quien no quiere pagar su comercio. Son casos que se repiten con demasiada frecuencia en la vida como en la literatura norteamericana para pretender que suceden en cualquier parte.
El director de esa compañía independiente, René Pereyra, intitula a su grupo Actores del Método, refiriéndose al "Método" del Actor's Studio en el cual permaneció nueve años estudiando bajo las órdenes del propio Strasberg, Laughton, Kim Stanley, Nicolas Ray, y algunos otros artistas de renombre.
El drama, que en otras puestas en escena lleva el título de ¡Oigan!, pese a su brevedad emociona con mucha fuerza dramática. No sabemos como se llaman los cuatro actores que interpretan los únicos cuatro personajes y cuyos nombres no aparecen en el programa de mano. Sobre todo quisiéramos conocer a los intérpretes del preso, inocente víctima de una inconciencia colectiva, y de la muchacha Kitty, simple cocinera de la cárcel, y que no obstante tiene más corazón y comprensión por el dolor de los demás que mucha gente de mayores conocimientos del mundo.Tal vez si fueran actores más dueños de su oficio, hubiesen llevado a sus papeles a mayores alturas. No obstante, ambos han sido muy bien elegidos para la expresión psicológica de sus individualidades. Su manera muy lenta de expresarse da cierta calidad especial a esos dos seres simples. También la escenografía, que se debe a Roberto Rochin, resulta muy sencilla, con sus rejas como toda ambientación.
Tal vez para prolongar la duración del corto drama, el director, René Pereyra, le agregó un principio y un final que coloca la acción en el estudio de un cinematógrafo. Es un detalle en cierto modo inútil, aunque agregado como mucho cuidado, tomando en consideración la época, los años 1942, cuando la pieza fue puesta en escena en Nueva York. En cambio le corta una buena dosis de emoción al final.
Pese a ese pequeño detalle no del toda dentro del pensamiento del autor, la obra es fuerte y emotiva, y ofrece lo más importante que un espectáculo de teatro independiente necesita: una buena obra.