FICHA TÉCNICA
Título obra Las noches blancas
Notas de autoría Fiodor Dostoyevsky / autor de la novela Las noches blancas; Vicente Leñero y Manuel Montoro / adaptación teatral
Dirección Manuel Montoro
Elenco Arturo Beristáin, Emoé del Parra, Marcela Velarde, Guillermo Argüelles
Escenografía Guillermo Barclay
Espacios teatrales Teatro del Centro Libanés
Cómo citar Rabell, Malkah. "Las noches blancas de Dostoyevski". El Día, 1988. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
imagen facsimilar
El Día
Columna Se alza el telón
Las noches blancas de Dostoyevski
Malkah Rabell
Las noches blancas es una novela de Fiodor Dostoyevski, que adaptaron al lenguaje teatral Vicente Leñero y Manuel Montoro, este último también director de escena. Algunos espectadores han opinado que este montaje es excesivamente sentimental y hasta sentimentaloide. Lo que me parece inexacto por completo. Manuel Montoro en su puesta en escena guardó el tono de un gran autor del siglo XIX, muy ruso, al cual agregó esa lentitud que le es propia y que adquiere la mayoría de sus montajes, ese tono montoriaclayriano de la escenografía. Leningrado es una ciudad de río y de mar, una ciudad que van cruzando numerosos puentes. Y Guillermo Barclay hizo que dos puentes cruzaran el escenario donde se coloca todo el argumento, ese diálogo de los dos protagonistas, con su ausencia de acción y presencia de dos almas. Dos personas, un hombre y una mujer, ambos jóvenes, que se encuentran en un puente de San Petersburgo durante una de estas maravillosas noches blancas –que aprovecharon años y décadas más tarde Trotsky y Lenin para llamar a sus habitantes a la revolución–, y se sienten atraídos uno hacia el otro. Sobre todo el hombre, un soñador, un romántico y un solitario, entrega su alma a esa jovencita a la que ve por primera vez. Cada uno cuenta su historia, pero "Él" no tiene historia. Sólo tiene sueños de historias numerosas. En cambio ella tiene una pobre historia de amor, que fue tejiendo con hilos de seda sentada durante días y días al lado de una abuela ciega. De esa historia de amor paralizada, va surgiendo un drama, que mantuvo al público absolutamente silencioso y respetuosamente inmóvil en la breve sala de espectáculos del teatro del Centro Libanés.
El joven actor Arturo Berinstain, como "Él", estuvo perfecto en ese personaje que vive un sueño y se enamora de ese sueño que se llama con el nombre ruso de "Nastenka". Era perfecto de matices, de movimientos y de claridad de dicción. No perdimos ni una palabra, ni una letra de su diálogo con Nastenka. El personaje de la muchacha, de Nastenka, la claridad de pronunciación no era tan perfecta y a veces no lográbamos captar del todo los largos párrafos de Emoé de la Parra. Es para mí una actriz por completo desconocida, y hasta tal vez es su primera aparición en público. Desde luego con la experiencia y las ulteriores actuaciones, su dicción irá mejorando. En cambio, sus desplazamientos por el escenario estaban llenos de gracia y de plasticidad, y creo que promete mucho. Los demás personajes son de cortas apariciones. La única que tiene un papel algo más importante es la abuela, Marcela Velarde, pero es una actriz de pobre oficio y no supo lucirse, ni siquiera lograba pronunciar el nombre ruso de Nastenka. En cuanto a Guillermo Argüelles en el papel del huésped de quien queda enamorada Nastenka, su personaje es de muy corta aparición y de muy pocas palabras. Pero es muy apropiado físicamente para el papel.
Fuera de la actuación de la pareja central, que ha sido perfecta y supo llenar el escenario con sus largas presencias en esas "Cuatro Noches Blancas", los demás sólo aparecían para dar la réplica o bien para explicar ciertos hechos de Nastenka y El. La lentitud y el sentimiento se unían para crear la atmósfera de una obra decimonónica. Tanto el texto como la presencia de los dos jóvenes actores creaban el clima no sólo ruso sino universal de un drama del Siglo XIX. La escenografía ayudaba mucho a tal creación con sus personajes que desaparecían como tragados por una neblina cuando se iban a la casa donde Nastenka vivía con su abuela. Y detrás de esta neblina, estaba la anciana con su tradicional "samovar" hablando consigo misma. La puesta en escena de Montoro lograba captar el clima y mantenía atentos al auditorio. Y de tanto en tanto, la música subrayaba todo el sentimiento del drama.
En resumen, una preciosa representación que reune en una sola unidad cuatro nombres: Fiodor Dostoyevski, Manuel Montoro, Guillermo Barclay y Vicente Leñero.