El Día
Columna Se alza el telón
Una mirada retrospectiva sobre el año teatral en México. Autores, directores y escenógrafos
Malkah Rabell
En ese 1987, pese a la gran cantidad de estrenos y sobre todo de reestrenos, la cantidad de autores nacionales no fue especialmente elevada. Casi todos los dramaturgos mexicanos que ya habían aparecido en los últimos años volvieron a presentar al público algunas de sus obras, pero no tuvimos la oportunidad de encontrar nuevos nombres, nuevas caras, ni obras inesperadas, como sucedía en años anteriores.
La Compañía Nacional de Teatro montó la obra de Jesús González Dávila: De la calle, bajo la dirección de Julio Castillo se puede considerar que fue el espectáculo más comentado de la temporada, ya como texto dramático, ya como puesta en escena. Del mismo Jesús González Dávila se presentó: Los niños prohibidos en el teatro Julián Carrillo y bajo la dirección de Guillermo Ríos, cuyo nombre oigo por vez primera. Dos comedias divertidas de Rafael Solana, han hecho reír mucho, una: Lunes salchichas y sonreír a la mayoría en la otra, la simpática obrita: La maleta misteriosa, donde brilló Yolanda Mérida en un papel de abuela judía. La dirección de la segunda se debió a Luis G. Basurto y reunió en torno a la abuela a un grupo de excelentes actores.
También fue montado un espectáculo clásico con una obra de Juan Ruiz de Alarcón: Examen de maridos en la UNAM, bajo la dirección de Germán Castillo. Pero no se puede afirmar que tuvo mucha aceptación del público universitario, y la interpretación de mujeres en papeles masculinos tampoco fue del agrado de la mayoría. Voces en el umbral de V.H. Rascón, fue montada en la Casa del Lago, con bastante libertad. De Carlos Olmos vimos Juegos fatuos. De Elena Garro presenciamos Los perros, una obrita excesivamente corta, y que exige mucha imaginación directiva. Lo que no fue el caso. ¿Huele... a gas? del recién llegado a las filas de los dramaturgos nacionales, Tomás Urtusastegui, quien dio al joven director de escena, Enrique Pineda, toda la libertad creativa, y el director la aprovechó para transformar en farsa de grosería desatada esa comedia más bien melancólica. Espectáculo universitario fue: Noche de Pirandello, que bajo la dirección de José Luis Cruz reunió ciertos fragmentos de Pirandello por los textos de Hugo Hiriarte... Autora nacional, que no tenemos la oportunidad de presenciar con mucha frecuencia, es Luisa Josefina Hernández, cuya obra Historia de un anillo se presentó en el teatro "Benito Juárez". Con ideas y detalles interesantes la maestra Hernández nos ofreció una obra bastante pobre en su contexto que en la dirección de Raúl Zermeño no logró ganar mucho.
Obra de Ignacio Solares, Delirium Tremens es más bien un texto documental y nada tiene de es pecialmente experimental. Lo que no deja de sorprender en un director como Abraham Oceransky tan experimental en muchos años. En este drama de tanta gente en muchos países, el autor presenta a tres alcohólicos crónicos que denuncian ante el público sus propios síntomas del delirium tremens. En Camino rojo a Sabaiba, Oscar Liera se yergue como el mejor dramaturgo mexicano joven. Bajo la dirección de Adam Guevara, el montaje de las escenas colectivas, que son las más importantes del espectáculo, carecen a veces de la unidad y dramaticidad necesarias. La escenografía, que también el director realizó, impone mucha fascinación a todo el espectáculo, con sus larguísimas telas suspendidas en el techo, donde desaparecían y cuyos movimientos debían dar la impresión de sacudimientos de la selva, del viento, de la naturaleza, y hasta tal vez de la furia del alma humana.
La tercera soledad de Adela Fernández es el drama de dos actrices de cine que han luchado toda la vida por el éxito, por el cual las dos mujeres han competido. Una, Donatella, ha empleado todos los medios a su alcance, sin preocuparse de pudores o escrúpulos. A Katherina la embargaba más la vergüenza y el pudor, y por lo tanto era la que siempre perdía y fracasaba, dejando la victoria en manos de la otra. Y terminaron sus vidas de lucha con el peor de los fracasos, el de la vejez, acompañada de la soledad y de la pobreza: el fracaso de La tercera soledad.
La obra de Oscar Villegas: La paz de la buena gente, se ofreció en una casa particular: el Foro Conchita, su director, Morris Savarriego, la considera como una faceta de nuestra ciudad, reflejo diabólico de nuestra vida en la urbe. El drama de Vicente Leñero: Jesucristo Gómez no estuvo a la altura de otras obras del brillante escritor que es Leñero, y como lo deja sugerir el título, este Jesucristo Gómez es un reflejo del auténtico Cristo. La dirección de Ignacio Retes no pudo salvar la obra de la simplicidad. Y por fin, hemos asistido en la temporada 1987 a la vuelta al teatro nacional del dramaturgo Pablo Salinas con la comedia Las bellas imágenes que trajo a su vez la vuelta al escenario mexicano de una actriz ausente del mismo desde varios años: Elsa Aguirre, quien bajo la dirección de Gerald Huillier logró algunas escenas dramáticas excelentes.
En cuanto a la escenografía, en este campo la contribución nacional ha sido muy pobre, tal vez porque no se podía dedicar a sus realizaciones más que modestos aportes económicos. La única escenografía que me llamó la atención fue la de De la calle debida a Gabriel Pascal.