FICHA TÉCNICA
Título obra El espejo encantado
Autoría Salvador Novo
Grupos y Compañías Compañía del teatro Jesús Urueta
Elenco Eligio Méndez, María Luisa Medina, Paco Álvarez, Lourdes Ross, Víctor Vera, Norma del Riveiro, Cristina del Castillo, Emilio Echeverría
Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta
Notas La autora menciona que es un espectáculo de José Antonio Alcaraz
Cómo citar Rabell, Malkah. "El espejo encantado". El Día, 1982. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
imagen facsimilar
El Día
Columna Se alza el telón
El espejo encantado
Malkah Rabell
Humildemente admito que la primera media hora –o más– permanecí completamente en ayunas, sin comprender nada. Ya tuve la oportunidad de presenciar la obra de Salvador Novo: El espejo encantado en diversas épocas y en diferentes versiones. Y nunca se me hizo hermética, aunque no recuerdo mucho del texto. En cambio en el actual espectáculo musical de José Antonio Alcaraz –que se presenta en el minúsculo teatro Jesús Urueta–, perdí el hilo de los acontecimientos dramáticos. Entre un dato y otro, entre una escena y otra, sucedían tantas cosas que me mareaban: se bailaba, se cantaba, se cambiaba de vestuario venga o no al caso, se corría, se brincaba y los parlamentos pasaban de los intérpretes en el escenario a las grabaciones en las bambalinas y viceversa. Y todo ello se me hacía tan caótico que quedé apabullada y no lograba adjudicarle explicación alguna.
La acción sucede en las pirámides de Teotihuacán, y si mal no recuerdo, en el original se presenta un grupo de turistas conducidos por un guía, quien –creo– en su lejano pasado fue un Dios precolombino. Este dios-guía de turistas ofrece a sus acompañantes como mexican curious un espejo encantado, un In Ticitezcatl donde se puede ver el futuro. Y la primera falla, según mi simple opinión de espectadora, es de introducir el conjunto de personajes en una escenografía que (según el programa de mano) consiste en "lo que dejaron los de Romántica y Hedda Gabler." Como chiste puede ser gracioso, como resultado artístico es muy malo. La comedia podría desarrollarse en un escenario vacío y no sería impedimento para que el público y actores imaginaran las pirámides. Pero adaptar Teotihuacán a una habitación familiar con retrato de parientes en los muros, realmente es exigirnos una fantasía de chinos y japoneses que lamentablemente no tenemos. Y a partir de semejante escenografía donde no logramos ubicarnos, empieza el caos.
Tampoco puedo entender la necesidad de entremezclar parlamentos grabados con parlamentos de viva voz; canciones grabadas con las en vivo. ¿Para que? Ya bastante fastidiados nos tienen los insoportables espectáculos musicales con intérpretes que no saben cantar y debemos escuchar grabaciones en tanto el actor mueve los labios silenciosamente. Pero llevar las cosas hasta grabar los parlamentos, los diálogos, en tanto los intérpretes se transforman en mimos, ya de plano me parece exagerado, aunque me imagino que el director lo hace con alguna intención burlona. Sobre todo que los actores del grupo Compañía del Teatro Jesús Urueta hacen gala de voces bastante agradables, sobre todo algunos de ellos.
En realidad empecé a compenetrarme con las intenciones del espectáculo apenas en el segundo acto, cuando el conflicto y el argumento dejan de ser herméticos para transformarse en obvios. ¿Parodia de una ópera? Tal parece la intención del realizador, José Antonio Alcaraz, ya que el programa de mano cita a los personajes según la calidad de su voz: Bajo, el Dios, Eligio Méndez; el Coro, formado por María Luisa Medina (la hace poco premiada Hedda Gabler), Paco Álvarez y Lourdes Ross que tiene de verdad voz de ópera; tenor, Víctor Vera, uno delos turistas enamorado de otra turista a 'quien lo une un misterioso lazo sanguíneo, la Soprano Norma del Riveiro, a su vez sobrina o hija, o nieta de la contralto Cristina del Castillo. Todos ellos manejados de lejos por el Traspunte, Emilio Echeverría.
En este segundo acto el público empieza a reír, porque ya se dió cuenta que los gestos grandilocuentes, las muecas, las exageraciones y los parlamentos pronunciados con voz ridícula, así como los trajes aún más ridículos, tienen como objeto provocar la hilaridad y van dirigidos hacia su sentido del humor. Y cuando un espectador ha pagado 150 por la entrada, esta decidido a reírse aunque no sepa muy bien por qué. Y así este espectáculo, excesivamente largo, termina con una nota de alegría y de reconciliación público-actores; sala-escena.