FICHA TÉCNICA



Título obra Irma la dulce

Autoría Alexander Breffort

Dirección Enrique Rambal

Grupos y Compañías Teatro de Los Insurgentes

Elenco Silvia Pinal, Julio Alemán, Francisco Córdova

Música Marguerite Monnot




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Irma la dulce por Silvia Pinal, en el teatro de los Insurgentes". Novedades, 1962. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Irma la dulce por Silvia Pinal, en el teatro de los Insurgentes

Armando de Maria y Campos

El género del teatro que durante muchos años, más de la segunda mitad del siglo pasado, se conoció por vaudeville, ha renacido en París, en la pieza de Irma la dulce, con libreto y canciones de Alexander Breffort y música de Marguerite Monnot. En su origen, el vaudeville fue una comedia picaresca, con tema escabroso y de actualidad, ilustrada con canciones oportunas, de melodía fácil y bailes, muchos bailes. Desaparecieron de éste género las canciones, y el vaudeville se limitó a explotar temas de triángulo amoroso, en tanto que las canciones tuvieron vida propia en las revistas de las boites y de los casinos. La resurrección no ha sido afortunada, no obstante que con el libreto de Breffort, las canciones de Monnot, un buen coreógrafo y un escenógrafo con imaginación, se puede lograr un espectáculo divertido, a condición de que resulte ágil, vivo y no permita que la atención del espectador se fatigue. También, por supuesto, precisa de buenos intérpretes.

Puede Irma la dulce, resultar un espectáculo verdaderamente entretenido y a la vez mediocre. Su argumento es como una pompita de jabón y por ésto y porque en la acción sólo interviene una mujer, precisa de una gran vedette. La versión mexicana está adaptada un poco a la medida de Silvia Pinal y la encantadora y talentosa actriz se desenvuelve con la soltura de una vedette experimentada. Su voz es pequeña, pero su gracia y el punto maduro en que se encuentra su juventud, no precisan ni más, ni de otra mujer en el escenario. Todos, muchos actores y pocos cantantes para una, y una para todos. Vence Silvia Pinal, pero se dejan ver, ya que no se les puede oír mucho, Julio Alemán que como galán frívolo y discreto cantante constituye una sólida constituye una sólida revelación. Interviene como animador, con su reconocida y bien administrada vis cómica, el actor Pancho Córdova y le dan extraordinaria animación los veinte o treinta actores y bailarines que ambientan éste auténtico vaudeville –como los de ayer–, con el tema atrevido, pero bien tratado de una chica que se gana honradamente la vida, porque no es honrada y porque, para ella y su trabajo, la honradez es un estorbo.

El vaudeville, digamos ahora para ser precisos, musical, es pieza que en años recientes no hubiera logrado subir a un escenario mexicano. Esto prueba que el propósito de las autoridades superiores del Distrito Federal, que se preocuparon y se preocupan por la calidad, y no por la inmoralidad de los espectáculos, no fue nunca mostrarse pudibunda sino pedir simplemente a los productores teatrales buen gusto para presentar sus espectáculos y un mínimo de respeto para la sociedad. El director Rambal subrayó, sin embargo, las alusiones a la prostitución, al lenocinio, a las drogas, a la complicidad de la policía con la delincuencia, pero como lo hizo con gracia y frivolidad, apenas si roza la piel de los pacatos.

El público se divierte sin darse cuenta de que el libreto es una nadería, de que la partitura carece de inspiración salvo las excepciones que justifican la regla; de que la escenografía es pobretona y de que Diógenes no encontraría un cantante entre los intérpretes, así su linterna fuera eléctrica y con la potencia de quinientos watts. Silvia, Alemán, Córdova y el franco deseo de divertir de medio centenar de actores y de técnicos logran indiscutiblemente un excelente espectáculo.