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Columna El Teatro
El erotismo sano de Arturo Schnitzler. I
Armando de Maria y Campos
Es muy probable que dentro de pocos días comience una campaña tendiente a demostrar a la nueva ola de espectadores de teatro, intérpretes y cronistas que Arturo Schnitzler es un autor de vanguardia y que ya era hora de que se le conociera en México, por lo menos a través de su pieza: La ronda, que ha sido piedra de escándalo en épocas timoratas y lejanas.
Conviene salir al paso de estos infundios, para que no se repitan los escándalos inútiles a propósito de representaciones únicas de piezas de Anouilh, Strindberg o Fernando de Rojas. Arturo Schnitzler fue un novelista y dramaturgo austriaco, nacido y muerto en Viena en 1862 y 1931, respectivamente, estuvo a punto de ser médico y tal vez hubiera sido un médico freudiano, antes de que apareciera Freud y desarrollara y publicara sus teorías. Schnitzler fue un precursor de Freud. El amor y la muerte rondan en casi todas las obras de este escritor, aguda y líricamente desarrollados. Para Schnitzler, el amor es el instinto dominante de la vida; y la muerte, el gran enemigo y el descanso final. El arte delicado y raro del monólogo psicológico condujo a Schnitzler al teatro, a su primera obra, Anatol, publicada en Berlín, en 1893, y traducida a todos los idiomas, y que consta de una serie de diálogos dramáticos; aunque no fue destinada al teatro, pronto subio a los principales escenarios de los teatros de grupo. El personaje Anatol protagonista de varias aventuras de amor breves, viene a ser la semilla de un erotismo sano y moderado, tónico de toda la obra del gran dramaturgo austriaco, el más importante de su patria, después de Shoender. De paso, diré que los diálogos, muy teatrales de la serie Anatol, resultaron ideales para la radio, y yo fuí el primero en transmitirlos en español, el año de 1937, sin causar escándalo ni sembrar inquietud en los hogares de la agitada época cardenista.
Después de Anatol, Schnitzler dio a la escena dramas en un acto y piezas grandes; en un acto, Der Gruene Kakadu, Paracelsus y Die Gefaehrtin (Berlín, l899); Lebendige Student y Marionetten; los dramas Liebelei (Berlín, l895), Das Vermaechtnis (Berlín, 1901), Freiwild (Berlín, l895), Das Maerchen (Berlín, l902), y también obras de mayor importancia, como Der Schleier der Beatrice (Berlín, 1901), Der Ruf des Lebens (Berlín, 1905), Der Einsame Weg (Berlín, 1904), dramas, y la comedia Zwischnspiel (Berlín, 1906), otras obras posteriores: Marionetten, drama (1906); Dammerseelen (1907); D. Weg ins Freie Rom (1908), Grafin Mizzi oder d. Familientag, D. Junge Medardus, drama (1909), D. weite Land, tragicomedia en cinco actos (1910). Profesor Bernhardi, comedia (1912); Frau Beate und ihr Sohn (1913), Komodie d. Worte (1919), Fink v. Fliedertusch, comedia (1917), Werke (1918), Casanova Heimfahrt (1918), Doktor Grasler, Badearzt (1922), Komodie der Verfuhrung (1924), Fraulein Else (1924), Die Frau des Richters (1925), Der Geist im Wort (1926), Traumnovelle (1926), Im Morgengrauen (1927), Buch der Spruche (1927), Therese (1928), Im Spiel der Sommerlufte (1929).
De tan vasta obra, en su mayoría dramática me da rubor confesar que sólo conozco Anatol, La cacatúa verde y La ronda, lo que no es óbice para considerar que Schnitzler poseyó un erotismo sano y moderado, gran finura de observación y una singular maestría expositiva.
Tarde llega a nuestros escenarios La ronda, serie de diálogos teatrales escritos en 1896 y sin el propósito de que subieran a escena. Hasta el año de 1910 fue publicada La ronda, con el subtítulo de Diálogos de amor, y desde luego alcanzó un extraordinario éxito de librería y, en consecuencia, una popularidad y difusión no igualada por ninguna producción literaria de su tiempo. Los críticos de los diarios de Berlín y de Viena compararon La ronda con El decamerón, de Bocaccio, y con las Conversaciones de las Heteras, de Luciano.
La continuación de esta historia la haré en próxima crónica.