FICHA TÉCNICA
Título obra Las estatuas de marfil
Autoría Emilio Carballido
Dirección Fernando Wagner
Elenco Carmen Montejo, Enrique Aguilar, Raúl Ramírez, Ada Carrasco, Yolanda Guillaumin, María Grifell, David Hayat, Bruno Márquez, Agustín Valvanera
Escenografía Antonio López Mancera
Espacios teatrales Teatro Basurto
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Las estatuas de marfil de Emilio Carballido, en el teatro Basurto". Novedades, 1960. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Las estatuas de marfil de Emilio Carballido, en el teatro Basurto
Armando de Maria y Campos
La república de las letras en general y la familia teatral –tan desavenida– también, esperan y reciben con curiosidad, interés y beneplácito la producción del joven e inquieto autor Emilio Carballido, nacido en Veracruz. No es por simple alarde de información que menciono su lugar de nacimiento; tratándose de Carballido no es lugar común erudito, porque casi toda su producción refleja usos y costumbres de su tierra natal. Su obra de iniciación, Rosalba y los llaveros, reveló a los metropolitanos un jirón de la vida veracruzana inédita. Lo mismo ocurre en Las estatuas de marfil, obra en tres actos que eligió la Unión Nacional de Autores para darla a conocer al público teatral en una nueva temporada que patrocina su patronato particular.
Conozco la obra mucho antes de ser representada. Leída con calma, me parece magnífica. El ambiente orizabeño está captado con admirable precisión. Los personajes que intervienen en el asunto son tan vivos y actúan con tal naturalidad que estoy cierto que los tomó de la realidad. La anécdota pudo también haber sido vivida en realidad, porque quien siga de cerca la extensión de las actividades de teatro del INBA en los Estados y cómo patrocina determinados festivales lo comprueba fácilmente. El personaje del comediógrafo novel y director teatral se advierte está construido por el autor con un amargo e irónico aliento autobiográfico. Con todos estos elementos, Carballido escribió una magnífica comedia de costumbres, sentimental y amarga que, independientemente de su excelente construcción, es mexicana, honda y conmovedoramente mexicana.
Otras obras de Carballido no son mexicanas a pesar de que forman parte del teatro mexicano. Esta, sí. Su primer acto es convencional, porque es lógico que en su tratamiento exponga con recursos artificiales un asunto que después corre por sus causas naturales y refleja panoramas de veracidad. El asunto parece pueril: representar una obra o malograr un hijo. Debajo de esa epidémica anécdota está la conmovedora frustración de quien pudo ser algo y no lo fue porque su ambiente, las costumbres y, sobre todo, una sensibilidad muy mexicana, se lo impidieron. Carballido logra escenas maestras entre Sabina y César, entre César y Edmundo, y juega con su singular maestría de comediógrafo en otras convencionales y necesarias. El personaje de César Miró, un poco el mismo Carballido, está tan cerca de nuestra vista, que casi lo tenemos al alcance de la mano. Y lo mismo ocurre con Julio, con Edmundo y, en ocasiones, con Alicia, principales factores que intervienen en la vida de Sabina, personaje que es tan humano que no puede haber sido inventado por Carballido.
Estoy cierto que Las estatuas de marfil es una gran pieza costumbrista de teatro mexicano, lo mismo leída con serenidad que comunicada al público con la viva emoción que sólo da el teatro sobre el escenario.
Carmen Montejo, actriz de calidad artística y profundidad emocional extraordinarias, encarna con admirable justeza el por humano difícil personaje de Sabina. Enrique Aguilar confirma su calidad magnífica como galán y también vive con naturalidad el comprometido personaje del autor-director amargado e ilusionado a la vez. Raúl Ramírez, en peligroso personaje que es prueba para buenos actores, se desempeña con dominio, desenvoltura y sinceridad merecedores de la mejor atención. No desentonan en el juego natural de personajes complementarios, moviéndose con precisión en las áreas emocionales que les fueron señaladas, Ada Carrasco y Yolanda Guillaumin, María Grifell y David Hayat, Bruno Márquez y Agustín Valvanera.
Es correcta la escenografía de Antonio López Mancera; natural, sin abusar del tipismo como podría ocurrir en pieza en la que ocurren sucesos tan provincianos. La dirección del maestro Fernando Wagner es sobria y justa.