FICHA TÉCNICA



Título obra Trampa para un hombre solo

Autoría Robert Thomas

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Manolo Fábregas, Miguel Manzano, Lorena Velázquez, Carlos Riquelme, Teresa Grobois

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro de Los Insurgentes

Productores Manolo Fábregas




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Trampa para un hombre solo de Robert Thomas, en el teatro de Los Insurgentes". Novedades, 1960. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Columna El Teatro

Trampa para un hombre solo de Robert Thomas, en el teatro de Los Insurgentes

Armando de Maria y Campos

La obra en tres actos, el tercero dividido en dos cuadros Trampa para un hombre solo de Robert Thomas, autor de la nueva ola francesa es, también, trampa para apoderarse del interés de un público, siempre que este público sea incrédulo y no tenga la fea costumbre de analizar; que ignore la clásica coplilla que dice: "si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices..."

Al concluir la representación el actor y empresario don Manolo Fábregas, con la autoridad que le da esta doble personalidad, se adelanta al público y le ruega no revele el final de la obra. Porque la doble trampa de que hablé, la que cinco agentes policiacos tienden a un hombre, y la que el autor tiende a sus potenciales espectadores, es tan simple, tan sencilla, que no resiste el más ligero análisis, y si se llegara a saber antes de tiempo, la carpintería teatral de esta obra se vendría al suelo como el clásico castillo de naipes al recibir un leve soplido.

El público de las comedias policiacas acude al teatro a sabiendas de que va a ser engañado; acude a divertirse, y le satisface que entre mejor le engañen ha empleado mejor su dinero y el tiempo en que considera que es preciso no pensar en nada. Lo mismo ocurre en los lectores de novelas policiacas. Por eso abundan tanto los lectores de novelas de detectives y delincuentes.La obra de Robert Thomas es un buen ejemplo del género. No queda más remedio que recurrir a mencionar el término suspenso, barbarismo que encierra múltiples posibilidades de interpretación y que en realidad no es sino el secreto de que se vale un autor para tener suspendido el interés del público. Buen suspenso el de la pieza de Thomas, pero falso en absoluto. El autor juega a la adivinanza. ¿Será o no será el asesino? Y... detente, remington, porque no quiero violar la promesa tácita que hacemos todos los espectadores al director del Insurgentes: –¡No revelen el final, por favor!...

Cuatro personajes preparan la trampa en que ha de caer el quinto, que es el asesino; los cinco son absolutamente artificiales. El público lo advierte desde la primera escena en que cada uno de ellos interviene; pero como va dispuesto a que lo engañen, ni se sorprende, ni menos protesta. Al final, cuando la trampa tiene bien cogido al asesino, el espectador menos aguzado sonríe y piensa, más o menos: –Está claro, si no podía ser otro el asesino...

Es claro que con obras de este género, convencionales de principio a fin, los actores se encuentren con personajes huecos que, a pesar de estar vacíos, no pueden habitar. Los personajes los desempeña Manolo Fábregas, también maestro en deshabitados o inhabitables. Solo el oficio de los buenos actores puede convertir lo inverosímil en personaje que pudo ser. Cuatro de los comediantes que están en el secreto de la trama: Miguel Manzano, Lorena Velázquez, Carlos Riquelme y Teresa Grobois cumplen de acuerdo con la calidad de su arte de ficción, y con su pericia para usar su oficio. Miguel Manzano está eminente; Carlos Riquelme se desempeña con vis cómica ponderada, Lorena Velázquez luce su primaveral belleza, y puesto que actúa y habla como en el cine, dicho está que no habla y actúa como actriz de teatro. La señorita Grobois aparece y desaparece con desenvoltura. El otro personaje lo desempeña Manolo Fábregas, también maestro en el arte de representar.

Fuera de esta obra, o aparte, mejor dicho, porque nada tiene que ver con la trampa, es decir con la obra, está la escenografía de Julio Prieto. Magnífica, hecha a la medida del imponente y majestuoso escenario del teatro de los Insurgentes, sirve a la acción y confirma que en Julio Prieto el gran escenógrafo y el excelente arquitecto no pueden desprenderse. Buena trampa la de Manolo Fábregas ésta, la de la escenografía de Julio Prieto porque en ella cae sin remedio el público, y muy a gusto además, porque le satisface y la aplaude.