FICHA TÉCNICA



Título obra Acto sin palabras, Fin de partida

Autoría Samuel Beckett

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Alejandro Jodorowsky; Carlos Ancira, Amparo Villegas, Héctor Ortega

Escenografía Rafael Coronel

Espacios teatrales Teatro Orientación




Título obra Alta fidelidad

Autoría Michel Durán

Dirección José de Jesús Aceves

Elenco Sara Gabriela Miranda, Francisco Muller, Leopldo Ortín, Elena Julián, Ismael Larumbe, Ada Carrasco

Espacios teatrales Teatro Arcos Caracol




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Dos disparates teatrales en los teatros Arcos Caracol y Orientación". Novedades, 1960. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Dos disparates teatrales en los teatros Arcos Caracol y Orientación

Armando de Maria y Campos

El idioma castellano es tan rico que tiene un término preciso para designar cualquier género de teatro. Hace algunos años, en vísperas de la dictadura del general Primo de Rivera, muchos escritores de diversos calibres que abordaban el género teatral salían del paso definiendo sus piezas como "disparate", con el que confesaban que su producción era de calidad inferior a la de juguete cómico, ya deleznable. Dentro del disparate, cómico en general, porque nunca se atrevieron a abordarlo en el aspecto trágico, cabía el desbarro, el dislate, el desatino, el despropósito, el desvarío, el descabellamiento –para compararlo con el final de la lidia taurina–; el delirio, el devaneo o el desacierto; la enormidad y la aberración, la burrada o la extravagancia, la impertinencia o la necedad; la insensatez, la incoherencia, el engendro, el absurdo, el contrasentido, la paradoja, la contradicción y la tergiversación. La nómina de dislates españoles es enorme. Pero, como las ciencias adelantan que es una barbaridad –según frase de un personaje de La verbena de la paloma, zarzuela española–, un irlandés, Samuel Beckett, está superando a los dislatistas españoles.

A Samuel Beckett se le discute en Europa y también en los Estados Unidos, todo porque el irlandés (nacido en Dublín en 1906, residente en Francia desde hace años), escribe dislates ¡trágicos! en todas sus sinonimias.

De Beckett conocemos una obra muy estimable Esperando a Godot, y Fin de partida, que fuera de México ha tenido resultado contradictorio. En un programa teatral organizado por el teatro universitario, que ocupa la escena del teatro Orientación, se representan actualmente dos piezas de Beckett: Acto sin palabras y Fin de partida. Del primero no tiene el cronista nada que decir porque se trata de un monomimodrama. La otra pieza es un auténtico disparate, confuso, absurdo, juego de ideas cruzadas, eminentemente antiteatral. Podrá Fin de partida elevarse a la categoría de éxito o despeñarse en un fracaso; pero ni lo uno ni lo otro lo eximen de ser un disparate escénico, amargo, deprimente, confuso y pestilente como un basurero.

Estas piezas son –naturalmente– interpretadas. La primera corre a cargo del mimo Alejandro, que vino a México hace meses como ayudante del creador de un arte teatral distinguidísimo, Marcel Marceau. Sólo, Alejandro no es nadie, no es nada. Ni mimoactor, ni actormimo.

Tampoco se revela como actor con voz en Fin de partida, ni siquiera como actor simplemente. Su voz es ingrata; sus movimientos de muñeco sin alma. Carlos Ancira, en el papel, principal, hace esfuerzos por humanizar un personaje absurdo, y cree llenarlo con gestos y con gritos. En papeles episódicos intervienen doña Amparo Villegas y Héctor Ortega, probablemente embrión de buen actor. La escenografía del gran pintor Rafael Coronel, primaria, sin imaginación, sin elevación por servir demasiado a la obra.

Otro disparate, éste de origen francés, y del que es responsable el autor, Michel Durán, hábil en construir vodeviles, es el titulado en español Alta fidelidad, que se representa muy representado. No hay albarsa sobre aparejo. Quiero decir, que está sobreactuado. La piececilla no tiene importancia, porque no tiene nada de nada. Se escribió para hacer reír, y cumple con este modesto propósito.

La interpretación, bajo la dirección de José de Jesús Aceves, es desorbitada míresele por donde se le mire. Ocupa el personaje principal la señora Sara Gabriela Miranda. ¿Qué empeño hay en insistir con esta bella muchacha que ya tiene demostrado que no hará carrera como actriz?

Estéril empeño que no llevará a ninguna parte –tomando el teatro en serio, por supuesto–, ni a ella ni a su director. La señora Miranda posee voz monocorde, que no llegará a dominar, porque lo suyo interno y externo es regalo de la naturaleza; no está dotada con ninguno de los atributos eseciales a una actriz, porque ha puesto empeño en aprender el abc de una actuación muy elemental, y continúa preocupada en el perfecto entalle de una ropa que la luce espléndida, pero le impide movimientos naturales cuanto actúa. Sus ademanes no coinciden con los parlamentos. Secundan a Sara Gabriela, Francisco Müller que prosigue deslizándose por la rampa de los efectos gruesos a como den lugar para hacer reír. Leopoldo Ortín, otro buen actor malogrado como Müller, vuelve a hacer la caricatura de sí mismo; actor amanerado que de seguir por el camino que ha elegido no será nunca en las comedias que represente otro personaje que Leopoldo Ortín. Cumplen Elena Julián e Ismael Larumbe y se salva del dislate francés Ada Carrasco sencillamente porque está actriz. ¿Qué sencillo, y qué difícil: estar en actriz!