FICHA TÉCNICA
Título obra El escándalo de la verdad
Autoría Luis G. Basurto
Dirección Fernando Wagner
Elenco Herminia Álvarez, Patricia de Morelos, Luz María Núñez, Carlos López Moctezuma, María Teresa Rivas, Enrique Becker, Raúl Ramírez, Pedro Galván, Arturo Soto Ureña, Héctor López Portillo, Gastón Rojo, Gloria Silva
Escenografía David Antón
Espacios teatrales Teatro Basurto
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El escándalo de la verdad (de Luis G. Basurto, en el teatro de su nombre)". Novedades, 1960. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
El escándalo de la verdad (de Luis G. Basurto, en el teatro de su nombre)
Armando de Maria y Campos
En una carta abierta que el autor de El escándalo de la verdad, don Luis G. Basurto, dirige a una incógnita Ana María, dedicándole la pieza que acaba de subir en el teatro de su nombre, el distinguido autor cita a Jean Paul Sartre a propóstito de la idea de éste de que es misión del escritor restablecer el orden social que ha sido violado; cita también a San Jerónimo cuando dijo que el escándalo de la verdad es más amplio y fecundo que el silencio criminal y la mentira y a Santa Catalina de Sena porque aceptaba la blasfemia antes que la herejía. Ante tales citas el cronista podría sentirse cohibido. San Jerónimo, Santa Catalina de Sena el existencialista demodé Sartre y el propio Basurto, que afirma que lo cristiano no es disimular, esconder, sofocar, sino la denuncia, la protesta, y, a fin de cuentas, la verdad. Así, don Luis G. Basurto se convierte en un delator de la sociedad que lo vio nacer, crecer y componer sus piezas de teatro.
Limitándonos a nuestra misión de comentaristas teatrales trataremos de sacerle alguna enseñanza y aprovechar la lección que Basurto nos da desde un escenario habida cuenta de que el teatro más que escuela es un instrumento de educación pública y que cada escenario es una cátedra.
A las citas a que se acoge Basurto para presentar dentro de las tres paredes escénicas un grupo de personajes como representativos de nuestra plutocracia: el político inmoral y sin escrúpulos, el militar que llegó al máximo grado sin haber olido la pólvora, el banquero egoísta, la esposa del revolucionario millonario que no llegó a refinarse, la parienta rica que haciendo mal uso de una fortuna mal adquirida, se degrada; la joven hija de familia que se prostituye y no sabe siquiera de quién es el hijo que va a tener, el hijo del político millonario que por parecerse a su padre encabeza una paloma, o gavilla se decía entonces, pandilla en realidad, de criminales adolescentes, yo opondría una de Maquiavelo, aquella que se refiere a que para combatir las orgías no es preciso reconstruirlas con escrupulosa exactitud, de manera de que el resultado resulte útil para impedir su propagación. Por eso la lección de moral de Basurto se pierde –yo creo que deliberadamente, tal vez buscando el éxito transitorio y necesario de taquilla– en la lección de cosas. Desde el plano liso de la salud social la pieza de Basurto es profundamente inmoral y mañosamente injusta. Una golondrina –por más que ésta golondrina se haya posado en un ministerio y acumulado quinientos millones– no hace verano en la vida política de un pueblo que está en las primeras y más conmovedoras etapas de su evolución.
La tesis social de Basurto es deleznable. Podrían multiplicarse los tipos que él hace desfilar por su pieza, pero nunca lograrán demostrar que casos aislados y repetidos integran la fisonomía de una época. No todo es vergonzante en el México actual; no todo está podrido. Que se trata del México de estos días es indudable por una útil y relampagueante alusión a la vida privada de las esposas de cercanos presidentes de nuestro país. En cambio como obra de teatro me parece magnífica. Luis G. Basurto posee ya el secreto de construir piezas de teatro en las que las escenas apasionantes se superan una a una y se apoderan del interés del público que se siente metido en la acción y la contempla tan real y verdadera, como si le fuera dado a espiar por los visillos y entre las rendijas de una ventana que diera a un cabaré de barrio o a una residencia en el Pedregal. Los tipos –que a veces alcanzan perfiles de personajes– están compuestos como el traje de arlequín, con trozos de diversos colores de personajes conocidos, de rumores, de versiones malévolas o de chismes. A todos los mete Basurto en su coctelera, los agita con su singular sabiduría teatral, y ofrece a su público una mixtura que le deleita el paladar y lo embriaga un poco de protestas contra "el orden social que ha sido violado". Basurto se supera en cada obra como autor de taquilla, como autor de presente, y poco a poco va creando un gran fresco en el que generaciones posteriores se empeñan en descubrir situaciones verídicas, personajes verdaderos.
Don Luis G. Basurto, actor, empresario, con teatro propio, ha logrado crearse su "cuarto teatral" como es fama que los mandatarios militares tienen su "cuarto militar" o estado mayor privado. Tiene sus actores de planta desde hace muchos años; tiene su escenógrafo de planta y también su director escénico de planta y así no es difícil que las obras de Basurto tengan un aire basurtiano inconfundible. La dirección de Fernando Wagner, es muy wagneriana por lo bien compuesta y orquestada. La interpretación es muy pareja en sus primeras figuras, y... muy típica. Quiere decir esto que los personajes están seleccionados a la medida de los tipos de la comedia; por eso lucen de cuerpo entero Herminia Álvarez como la esposa zafia del general de banqueta, Patricia de Morelos como una aristócrata doublé; Luz María Núñez como una otoñal viciosa. Carlos López Moctezuma se mantiene digno como actor que simplemente habita a un personaje; cumple con sobriedad María Teresa Rivas y cubren de discreción sus actuaciones Enrique Becker, Raúl Ramírez, Pedro Galván, Soto Ureña, López Portillo y Gastón Rojo. Lugar aparte merece la señorita Gloria Silva, en el despertar estremecedor de su primavera, quien entendió a la perfección su personajillo de la adolescente que se prostituye, aparentó sentirlo con finura y lo dijo con sencillez y emoción. La escenografía de David Anton aprovecha con ingenio el breve escenario del teatro Basurto y reproduce con propiedad y buen gusto cualquier casa de mal gusto de algún político enriquecido que fincó en el Pedregal.