FICHA TÉCNICA



Grupos y Compañías Ballet folklórico ruso de Georgia

Notas de grupos y compañías Nino Ramishvili e Iliko Sukhishvili / dirección

Coreografía Iliko Sukhishvili

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "El ballet folklórico ruso georgiano". Novedades, 1960. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

El ballet folklórico ruso georgiano

Armando de Maria y Campos

La danza nació con el hombre y con el morirá. Los pueblos nacen, crecen, se desarrollan y viven intensamente y la danza, lenguaje que emplean para expresar sus emociones, alegrías y tristezas, sus estados de ánimo bélicos o amorosos, corre paralela a ellos y es, también, el mejor y más expresivo medio para darse a conocer y para obtener de otros pueblos el entendimiento y la intepretación de sus diferentes procesos históricos. Este año Georgia, pequeña región que se localiza al sur de la cima de las montañas caucásicas, al este del mar Negro, en el límite siempre estremecido por las conquistas de las fronteras de Europa y Asia, cumple 1,500 años de existencia sacudida por múltiples trasmutaciones que obedecieron a otras tantas conquistas. Pueblan Georgia considerables conjuntos de armenios, osetianos, abkhazianos y rusos. La historia de Georgia comienza, pues, varios miles de años antes de que la tierra se estremeciera con las pisadas de Jesucristo. Georgia supo de Jasón cuando andaba en busca del vellosino de oro. Desde entonces, Georgia baila. Fue invadida por los árabes en el siglo VII, y estuvo bajo su férula 400 años; después la invadieron los turcos. Los persas, los armenios, los sirios y los egipcios comerciantes la cruzaban en todas direcciones otros invasores: los tamerlanos, los mongoles, los turcos otomanos, los persas; finalmente, la influencia rusa formalizaba en 1924 con su incorporación como parte de la República Federal Socialista Soviética Transcaucásica a la URSS. Todos cuantos en su territorio estuvieron o por sus montañas, valles y costas pasaron, lo hicieron danzando. De allí la milenaria tradición coreográfica georgina. el ballet folklórico ruso georgiano –ahora en Bellas Artes, en brevísima temporada– es uno de los diez, doce o quince grandes espectáculos mundiales contemporáneos. En conjunto y en detalle es positivamente extraordinario, no sólo porque sus profundas raíces están sentadas en el pasado, sino por el certero sentido de espectáculo moderno que sus directores han sabido imprimirle al sacarlo de Georgia para presentarlo al mundo. Dirigen el ballet georgiano Nino Ramishvili e Iliko Sukhishvili, ambos laureados con el premio Stalin; el coreógrafo coordinador es el propio Sukhishvili. El ballet georgiano es un espectáculo que no se puede presenciar sentado, a cada instate el espectador siente el impulso de ponerse en pie porque la sangre le altera el pulso, sobre carga de sangre el corazón. En ocasiones precisa una languidez de espíritu para disfrutar las danzas georgianas. ¿Cómo se explica la paradoja? Sencillamente porque los georgianos dividen sus danzas en tres grandes grupos: danzas de hombres –y qué viriles, brutales, elásticos, gimnastas y precios–; de mujeres –y cuánta delicadeza, dulzura, elegancia y finura en todos los movimientos de ellas–, y en danzas de parejas, en las que es visible a cualquier sensibilidad la fibra y la gallardía de los hombres, su destreza y su dinamismo, y la fragilidad de brisa y ola de sus mujeres, por cierto, en este conjunto la mayoría muy jóvenes y todas de una belleza oriental de leyenda. La música parece ser un elemento secundario, no obstante que en ocasiones se apoya en un tambor brusco, en un acompañamiento de flauta, siempre predominando el ritmo sobre la melodía. Se adivina una extensa variedad de instrumentos de punteo, de arqueo de cuerdas o de viento, gaitas y acordeones, pero se adelantan siempre los elementos musicales de percusión. Obedientes a esto los danzarines son guerreros brutales y bárbaros, que subrayan la acción con los brazos que mueven como si fueran alas de águila o de halcón, en tanto que ellas se deslizan sobre el escenario como una brisa suave y se mueven todas con un vaivén de pañuelo que agita el viento. La danzarina se muestra confiada en el respeto que le rinde el bailarín indómito. Debe señalarse que los hombres apoyan los más atrevidos pasos en los dedos del pie, sin soportes en las puntas, pero su principal característica está en que imprimen a su cuerpo la elegante agilidad del ciervo y la estremecedora elasticidad del leopardo. Es largo y variado el programa de danzas que en una noche presenta el ballet georgiano, dieciocho en total, que se inicia con una deliciosa danza en círculo, para presentar a toda la compañía. Cada danza es acreedora a una crónica, pero resultaría imposible hacerlo dentro de las limitaciones del periodismo moderno. ¿Cuál dejó en nuestro ánimo más honda impresión? Tal vez aquella, guerrera, en la que los bailarines con velocidad y pericia, con rápidez y vigor, llevan un desafío con espadines a los que sacan chispas en un ritmo ascendente enloquecedor. Hay ocasiones en que espera uno ver volar una cabeza arrancada del tronco. En contraste, aquella deliciosa danza femenina, reconstrucción de un antiguo fresco, en las que las mujeres animan una pintura milenaria.

Una noche inolvidable. Hombres muy hombres y mujeres deliciosamente mujeres bailando, frenéticos y amorosos aquéllos, dulces y serenas éstas, mientras tocan los tambores a los acordeones y nos sobrecoge el ánimo un ensordecedor ritmo, tan contagioso como excitante. El público que llenaba, hasta no caber ya en la sala un alfiler, se volcó en ovaciones, emoción y gratitud, y los bailarines respondieron repitiendo los pasos más acrobáticos y difíciles, más precisos, viriles y divertidos. Una velada coreográfica, en suma, de singular belleza y de honda emoción.