FICHA TÉCNICA



Título obra Hamlet

Autoría Wiliam Shakespeare

Notas de autoría Francisco Sánchez Mayans / versión

Dirección Raúl Cardona

Elenco Sergio Bustamante, Carlos Cores, Magda Guzmán, Leonor Llausás, Enrique Aguilar, Armando Luján, Mario Martínez

Espacios teatrales Sala Chopin




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Hamlet de Saxo Gramático a Sánchez Mayans pasando por Shakespeare". Novedades, 1960. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Hamlet de Saxo Gramático a Sánchez Mayans pasando por Shakespeare

Armando de Maria y Campos

La historia de Hamlet es más legendaria que verdadera. Saxo Gramático, escritor islandés del siglo XII, escribió la Crónica dánica, en la que se cuenta la historia del príncipe Hamlet, que vivió dos siglos antes de la era cristiana, y cuyas desventuras coinciden con el caso de Hamlet, de Shakespeare, cuya primera presentación de la compañía de este ilustre actor se cree que fue por 1598. De la Crónica dánica de las representaciones de Hamlet en vida de Shakespeare a nuestros días, cuánta agua ha pasado bajo los puentes arrastrando en su superficie las ediciones, las traducciones, las versiones, las adaptaciones y aún las reducciones de las desventuras del príncipe de Dinamarca, hasta la noche del último día del mes de marzo de 1960, en la ciudad de México. Efeméride teatral interesante en nuestro mundo escénico porque un joven y gran poeta mexicano Francisco Sánchez Mayans presentó una nueva adaptación del Hamlet de Shakespeare, ni siquiera traducida directamente sino empleando –como lo ha confesado él mismo– algunas traducciones ya existentes y entre éstas una realizada por un autor argentino.

Tal vez no sea Hamlet la más acabada obra de Shakespeare pero sí es la que ha logrado más justa fama y mayor popularidad en el mundo del teatro. Puede superarla Otelo en cuanto a plasticidad, técnica o belleza de expresión; Romeo y Julieta, también leyenda de lejanos orígenes, poseerá más resortes poéticos. Muy cerca le andan Macbeth y El rey Lear, pero ningún tipo humano iguala al del príncipe danés como personaje de extraordinaria grandeza humana, singular filosofía y permanente calidad literaria.

El trágico castillo de Elsinore existe aún en Dinamarca. Allí está el jardín, la terraza sobre el mar, desde donde se ven las imponentes rocas, la explanada furiosamente azotada por el viento donde se hacían las guardias tal como Shakespeare describe, con pluma y emoción maestras en su drama extraordinario. Por eso Shakespeare barrió con todo lo anterior a su creación del príncipe de Dinamarca, porque sintió al personaje en su trágico clima, tal como la leyenda danesa lo recogió para que Saxo Gramático lo llevara a su Crónica dánica a fines del siglo XII.

Versiones o adaptaciones mexicanas, es decir, hechas por mexicanos, abundan en nuestro repertorio teatral, desde mediados del siglo pasado. La mejor de ellas, hasta antes de ésta de Sánchez Mayans, es la de Manuel Pérez Bibbins y Francisco López Carvajal estrenada en el teatro Arbeu el 8 de julio de 1886. Está hecha en prosa, como la de Sánchez Mayans, y reducida a cuatro actos, Sánchez Mayans necesitó para la suya de cinco –más de tres horas duró la representación la noche del estreno– que el joven y ambicioso director Raúl Cardona fragmentó finalmente en tres.

La versión de Sánchez Mayans es correcta y fácil de entender hasta para quienes no están habituados a la historia que Shakespeare nos cuenta tan difundida por el cine. Esta claridad la volvió confusa la incipiente dirección de Cardona y también la ausencia de escenarios, apenas sustituida por oportunos y elocuentes fondos musicales.

Conviene que espectador futuro de esta breve temporada olvide todo lo que sabe o recuerde de interpretaciones anteriores. Sólo así se salva esta entusiasta y bien intencionada postura de la intrincada historia de los reyes Claudio y Gertrudis, de Ofelia y de Polonio. Sin embargo, en el discurso del drama de Shakespeare-Sánchez Mayans no percibí que hubiese entre el escenario y la sala de espectadores ese fluido de "simpatía" (en el sentido griego), de comunidad de sensaciones, de sentimientos, de emociones siquiera, que son, en un grado o en otro, circunstanciales con la genuina obra dramática. Gracias a esta técnica o mágico procedimiento una interpretación nos descubre la intimidad de los personajes, ese profundo rincón de un alma que debería encontrar en la nuestra un eco emocionado. El único actor que encontró el personaje fue el joven y talentoso Sergio de Bustamante, pero sólo en contadas ocasiones. Mezcla de minúsculas ráfagas de genio y de instantes de irreprimible mediocridad fue su Hamlet, en todo momento muy emocionado, un gran jalón en su carrera artística. En cambio Carlos Cores en el rey Claudio, Magda Guzmán en la reina Gertrudis, Leonor Llausás en la sutil y cándida Ofelia, y en ese orden los demás personajes, no dieron la impresión de estar convencidos de las situaciones en que intervenían; fríos o lejanos, ausentes, o francamente fuera de personaje y carácter, estuvieron o pasaron por el escenario sin dejar huella en el ánimo del público responsable, en ocasiones a punto de desorientarse por rachas de aplausos de grupos inexplicable –o muy explicablemente– entusiastas. Guardando las proporciones justas con el resto de los intérpretes, se dejan ver por cuenta propia Enrique Aguilar, Armando Luján y, fugazmente, Mario Martínez.

Un Hamlet más, ¡cuántos se han ido!... Otro Hamlet vendrá más duradero y menos doloroso que el olvido.

Al salir de esta función pletórica de invitados, iluminada por los vítores entusiastas de amigos y jóvenes actores cubierto el escenario de "adornos" florales, recordábamos las palabras de Horacio con que Shakespeare cierra las desventuras del príncipe de Dinamarca: –Adiós, dormid tranquilo, príncipe y amigo, que el mundo sabrá por mi boca el dolor en que vivió vuestro corazón y la nobleza con que aceptástéis vuestro destino...