FICHA TÉCNICA



Título obra Leocadia

Autoría Jean Anouilh

Notas de autoría Salvador Novo / traducción

Dirección Salvador Novo

Elenco Kitty de Hoyos, Berta Moss, Carlos Fernández, Francisco Jambrina, Roberto Meyer, Mario González, Miguel Suárez

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Notas Obra inaugural de la temporada oficial del Teatro del Palacio de Bellas Artes




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Leocadia, por Berta Moss y Kitty de Hoyos". Novedades, 1960. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Novedades

Columna El Teatro

Leocadia, por Berta Moss y Kitty de Hoyos

Armando de Maria y Campos

El Instituto Nacional de las Bellas Artes ha iniciado su primera temporada de teatro correspondiente al sexenio lopezmateísta, con el estreno de la pieza Leocadia de Jean Anouilh, traducida por Salvador Novo. Anouilh, de ascendencia francovasca, nació en Burdeos en 1910 y de él conoce el público de México más de media docena de sus piezas famosas. Nadie que esté enterado del movimiento teatral europeo ignora que Anouilh está considerado como uno de los primeros comediógrafos de este tiempo y su nombre se cotiza inmejorablemente. El mismo ha dividido su género en piezas negras y piezas rosas. Leocadia es una deliciosa pieza rosa.

Leocadia no es una de las mejores obras de Anouilh, pero contiene uno de los más brillantes diálogos que este autor haya escrito. La acción es escasa y decae cuanto el ingenio la descuida; de la primera a la segunda parte hay, y no de manera imperceptible, una transición de tono tan grande como si se tratara de dos obras diferentes. El autor narra un gracioso suceso en el que intervienen una duquesa lunática, un príncipe caprichoso y aburrido, una bailarina muerta y una pizpireta sombrerera. El príncipe Alberto no puede olvidar su amor por Leocadia, la hermosa bailarina que se estranguló por error con su propia bufanda. Su gracia la duquesa, concibe un plan para que el príncipe olvide su amor perdido y contrata a una joven sombrerera de París para vivir en la residencia de la familia, y la convierte en una réplica casi exacta de Leocadia. Esta es la primera parte, graciosa e ingeniosa; por supuesto el príncipe y la sombrerera acaban enamorados por sí mismos, sin importarles el fantasma de Leocadia, y el delicioso tono de la farsa de la primera parte se evapora y toma su lugar una acción de tenue sentimentalismo.

Pero está el verbo desde el principio. Anouilh es uno de los mejores dialoguistas franceses de este tiempo, y su estilo incisivo y pulido como un cuchillo basta para proporcionarnos dos horas y media de diversiones, sonriendo ante las excentricidades de la duquesa y conformándonos con el lógico final de toda novelita rosa, o más bien, de una pieza rosa de Anouilh.

Este afortunado autor ha declarado que, por ahora le interesa únicamente hacer reir... y reírse. "En las noches de mis généraleshay un tipo entre el público de las localidades altas que ríe antes que todo el mundo. Los periodistas han reparado en mí, y por eso me está vedado ahora el segundo balcón. En la générale de mi próxima pieza estaré en la primera fila de plateas (lunetas) con una barba postiza". Alguien ha dicho que decepcionado del amor, Anouilh se ha enamorado de la risa. Pero la risa es tan peligrosa como el amor. En Leocadia, Anouilh no nos hace reír, únicamente sonreír; en la primera parte, con las excentricidades de la duquesa y después con los juegos de amor pueriles del príncipe y la sombrerera. ¡Ya es mucho sostener la sonrisa del público durante dos horas!

La protagonista de Leocadia se divide en dos: la duquesa y la sombrerera. Como esta pieza fue montada para que luciera la actriz Kitty de Hoyos –la sombrerera–, hablamos de Kitty de Hoyos. Hay dos maneras de describir a propósito a una actriz. Seguirla como el haz de luz que la persigue en el escenario –es decir, tomar su carrera como secuela de éxitos y fracasos– o escudriñar acerca de su manera de ser, penetrando en su personalidad y en su intimidad, para sorprenderla más real que en su juego escénico, por muy natural que éste pueda ser. En este caso es preferible optar por la segunda de esas formas, metida dentro de un personaje determinado al que insufla su existencia al través del prisma subjetivo y del subjetivismo del autor que lo buriló sobre las cuartillas, Kitty de Hoyos está ingenua primero, deliciosa de frivolidad y de coquetería sin artificio y dulcemente sentimental en las escenas últimas. Ya se mueve con soltura y dominio, frasea y se oye hablar y luce espléndida, cubierta de joyas cuando es preciso. Ha llegado a colocarse como una actriz que despierta apasionado interés, y no defrauda. El camino es largo, pero Kitty de Hoyos lo sabrá cruzar impulsada por su fino temperamento y su disciplina profesional.

Hizo su presentación ante el público de México la actriz Berta Moss, de origen argentinochileno. Es una actriz de cuerpo entero. Su dominio de la escena, su manera de pisar las tablas, su fraseo claro y entonado, la forma que conjuga el ademán con la frase, revelan profesionalidad sólida y sabia administración de un temperamento dúctil, flexible, capaz de ceñirse al personaje con naturalidad. Su duquesa la enriqueció con matices de comicidad deliciosos y en ningún instante rompió la línea de un exquisito personaje de farsa, mitad verdad, mitad mentira. El joven galán Carlos Fernández se mantuvo discreto, pero no logró darle colorido a su personaje gris y confuso. Francisco Jambrina, Roberto Meyer, Mario González y Miguel Suárez colaboran con su veteranía o discreción en el éxito de interpretación que alcanza esta pieza rosa.

Antonio López Mancera creó un clima escenográfico nada real, como corresponde a la acción de la pieza. Aprovechó la majestuosidad del escenario y supo resolver con habilidad y buen gusto los escenarios dobles que la trama de la obra exige. Todo suntuoso, magnífico y rico, como es costumbre en el Bellas Artes.

La dirección de Salvador Novo es excelente, y lo es más, a cuanto menos la advierte el espectador; la buena dirección teatral, como la elegancia auténtica, como la belleza fina, se siente, se comprende, está allí, en la escena en los personajes, en todo sitio, un poco como Dios, a condición de que como a El, no se le vea...

La inauguración de la temporada oficial del teatro de Bellas Artes constituyó un acontecimiento social y artístico. El público –el extraño público de "estas noches de estreno"–, se mostró injusto con Salvador Novo. Debió haber reclamado su presencia en la escena. Hubo flores para Berta Moss y Kitty de Hoyos.