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Columna El Teatro
El Festival folklórico polaco del ballet Slask
Armando de Maria y Campos
La sufrida, mártir Polonia nos visita al través de sus danzas y sus cantos tradicionales con el espectáculo titulado Festival Folklórico Polaco, cuya base es el ballet Slask, que es el nombre polaco de Silesia. Espectáculo deslumbrante que pasa delante de nuestra emoción como un vendaval de ritmos y de giros coreográficos de una frescura campesina sin par. No en vano el aspecto coreográfico de este espectáculo polaco se titula Slask, porque los cantos y los bailes de Silesia en particular tienen un lugar preferente al lado de otros que enraizan su origen en las montañas de Hungría, naturalmente en las de Polonia y también en las de Checoslovaquia o Alemania. Una hábil e inspirada aglutinación de estas melodías y coreografías forman el todo de este extraordinario por novedoso, disciplinado y juvenil Festival Folklórico Polaco.
Integran el conjunto del ballet y coro Slask jóvenes campesinos –ninguno mayor de 25 años– reclutados en las montañas y en el campo polonés por su director y animador Stanislaw Hadyna. Su principal colaborador es Elwira Kaminska. De cerca de doce mil aspirantes se seleccionaron ciento veinte jóvenes y con ellos se integró este conjunto folklórico y coral que debutó en Varsovia en 1954, saliendo después a correr mundo visitando la Unión Soviética, los países bálticos, Bélgica, Alemania, Austria y, finalmente América. Su presentación en el Bellas Artes de México ha constituido un éxito sólido y clamoroso.
La base del espectáculo coreográfico polaco es el baile nacional de Polonia que se conoce por polonesa, que es un baile señorial, de aire lento. La polonesa se deriva de antiguos villancicos de navidad que todavía se cantan en aquel país. Es probable que su origen sea también cortesano y que venga a ser una continuación de las pavanas y passamezos de corte del lejano siglo XV y que después pasara al pueblo adquiriendo la forma que aproximadamente conserva todavía. Chopin le dió a la polonesa singular categoría, y a partir de sus creaciones dejó de ser una forma de danza para adquirir el rango de forma de arte, en la cual hallaron cabida los más exaltados sentimientos del gran romántico. Chopin ha hecho de la polonesa, tanto como de la mazurca y el vals, auténticos poemas por los que desfila el alma de su patria, sus glorias pretéritas, sus desgracias y sus esperanzas en un renovado resurgimiento. Hay dos clases de polonesas, una se caracteriza por su ritmo enérgico y marcial, y que representan la corte feudal de Polonia, y la otra se compone de un aire de marcha entre andante y allegro, casi siempre en compás de tres por cuatro. Se bailaba en forma de procesión solemne sin figuras determinadas y en algunos puntos de Alemania y Polonia se baila todavía de ese modo. El ballet Slask se presenta con el baile nacional de Polonia como es bailado en Silesia. El siguiente número es una mazurca, otro tradicional baile polaco que se baila en movimiento moderado y a veces bastante lento. No es sólo polaca, esta danza sino también muy popular entre los rusos, los checos y los húngaros, y viene a ser una especie de cotillón compuesto de gran número de figuras y cuyos pasos son variados. También se da el nombre de mazurca a un canto lento y triste que entonan en la Masovia. El ballet Slask que da una variedad extraordinaria a sus juegos coreográficos lo convierte en gallardo ejemplo de los bailes girados. Sus mazurcas son deslumbrantes, no sólo por los giros sino por el complicado e insólito trenzado de sus pasos en ocasiones acrobáticos. Por supuesto, Chopin dejó ilimitables modelos de estas composiciones que revelan las nostalgias de la patria y del alma polacas.
No falta, cómo podía faltar, la expresión coreográfica de la polca, que como se sabe proviene de la antigua "escocesa", que a su paso por España tomó el nombre de chotis y que fue por España tomó el nombre de chotis y que fue tan popular en México a fines del siglo pasado y principios del que corre. El movimiento de la polca es bastante rápido, pero no tanto como el galop. De las danzas polacas es la más moderna, pues empezó a bailarse hacia mil ochocientos treinta. La fantasía de la coreógrafa Elwira Kaminska le da infinita variedad a este baile de monótono ritmo.
El Festival Folklórico Polaco nos lleva a través de bailes y canciones a los campos, a las montañas y a las minas de Silesia, de Kujawy, de Krakow, de Beskid o de Tatra, y hasta las fronteras de Hungría. Un viaje maravilloso, de emoción y de ensueño, de sorpresa y novedad.
Una escondida disciplina se oculta detrás de la radiante y explosiva naturalidad juvenil de las danzas y las canciones de este espectáculo polaco. En todo aflora el impulso juvenil y se esparce por la sala impresionante frescura. Además, todas las danzas están presentadas con suntuosidad, riqueza y extraordinario colorido, pero lo que se impone sobre la habilidad, la disciplina y la originalidad es el explosivo temperamento polaco y su desbordante alegría.
La canción de las montañas de Beskid titulada Heli, helo, en la que los pastores se llaman de un lado a otro de las montañas y los profundos valles producen musical eco, fue repetida a instancias del público. En la imposibilidad de mencionar a todos los intérpretes, los unimos al nombre de su director Stanislaw Hadyna, de su coreógrafa y directora del ballet Elwira Kaminska, de su director de escena Aga Hadynoma y les enviamos –a todos– nuestro más fuerte y efusivo aplauso.
El público de México recordará largamente este extraordinario Festival folklórico polaco.