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Columna El Teatro
Un delicioso vodevil de Feydeau echado a perder por una mala adaptación
Armando de Maria y Campos
Jorge Feydeau fue el verdadero creador del género conocido por vaudeville de neto origen francés. Nadie antes de Feydeau, ni después, tampoco, logró jugar con las situaciones características de este género teatral –que un día, después de la guerra 14-17, retomaron los austriacos y los húngaros sin lograr superar las piezas clásicas francesas– como este talentoso parisiense de larga vida y nutrida obra. Para las nuevas generaciones teatrales resulta un desconocido, pero la verdad es como un sol que no puede taparse con un dedo, el de la ignorancia.
El nombre de Jorge Feydeau ha vuelto a aparecer en la cartelera teatral metropolitana, pero deshonrado, víctima de una traducción en bárbaro, lo que no debía extrañarnos, porque de muchos años a la fecha quienes traducen para el teatro mexicano desconocen los dos idiomas, y nos dan versiones unas veces aproximadas, otras inadmisibles de obras maestras. Jorge Feydeau fue considerado en su tiempo como el rey del vodevil y aún es mina inagotable de situaciones cómicas, frescas, inverosímiles. Feydeau nació en París en 1862 y murió, también en París, en 1921. Vivió para el teatro, en el teatro y entre gentes de teatro; ganó millones y murió de melancolía. Dedicada a las nuevas generaciones trazaré una breve semblanza del ahora maltratado Jorge Feydeau.
Sus primeros pasos en la escena se redujeron a algunos monólogos de carácter cómico y a obritas en un acto, con las que tanteaba terreno, táctica y técnica. En 1888 obtuvo un gran éxito su comedia en tres actos Le tailleur pour dames, y desde entonces los aplausos alfombraron los éxitos de su carrera de autor teatral favorito de los públicos frívolos.
Al final de su vida Georges Michel, un hombre de teatro que tuvo el acierto y a fortuna de anotar día a día anécdotas con las que formó después su famoso libro Gente de teatro que conocí, 1900-1940, nos dejó esta versión sobre sus métodos:
–Parto siempre de lo verosímil. Un hecho –¡es eso lo que hay que encontrar!– acaba de trastornar la marcha de acontecimientos naturales que debieron desenvolverse lógicamente. Yo amplío el incidente. Compara usted la construcción de una obra de teatro con una pirámide. Yo, en lugar de partir de la base para llegar a la cima, como se ha hecho hasta ahora, doy vuelta a la pirámide: parto de la punta y la voy ensanchando.
–¿Sus famosas "agudezas"?
–¡Oh!, deben venir solas, naturalmente... Está muerto por adelantado el dramaturgo que hace una escena con vistas a ciertas agudezas. Y muerta por adelantado la agudeza.
–¿Los personajes?
–En el teatro, y sobre todo en el vaudeville, deben ser extraordinarios al menor en su carácter. Pues bien, cuando he creado un primer papel que pudiera parecer inverosímil, pongo buen cuidado en darle por compañero un personaje secundario, pero que, en la misma línea, es más inverosímil todavía y, por oposición, hace aparecer al primero casi lógico. Pero no lo empleo sino en las escenas intermedias, dejando ir a mi personaje hasta el extremo, que es cuando se provoca la risa, o debería provocarse...
Citaré parte de su obra: La lycéenne (1887); Amour et piano, Par la fénêtre, Chat de poche, Les fiancés de Loches, L'affaire Edouard, Un bain de Ménage, C'est une femme du monde, Le mariage de Barillon, Monsieur chasse, Champignol malgré lui, una de sus obras más chistosas, traducida, como otras del propio autor, a varias lenguas; Le systéme Ribadier, Un fil á la patte, Le ruban, L'hotel du libre–échange, Le dindon, Séance de nuit, Bulle d'amour, con música de Thomé; La dame de chez Maxim, obra de la que se dieron innumerables representaciones en Francia y en el extranjero; La duchesse des Folies–Bergére, La main passe, Le circuit y Le Bourgeon. En estas tres últimas producciones Feydeau evolucionó hacia una nueva tendencia en sus producciones, apartándose del carácter vodevilesco y para desembocar a la comedia propiamente dicha. Entre sus obras posteriores, cabe citar: Occupe-toi d'Amélie, La puce d'oreille, Feu la mére de Madame, On purge bébé, Mais n'te proméne done pas toute nue, Léonie est en avance, Hortense a dit: J'm'en fous (1916), etcétera.
Primero con el nombre del Sistema Rasputín y después con el de ¡Oh!, qué mujer, ha vuelto a subir a un escenario mexicano –el del teatrito Ariel, en las calles de Cozumel–, Le systéme Ribadier, vaudeville estrenado en París en 1892. ¿Por qué pretender el contrabando con un título tan arbitrario como el Sistema Rasputín? ¡Ah!, porque todo está torcido en esta adaptación en la que se deja a Feydeau como un trapeador de suelos, añadiéndole sin mesura, mediano gusto ni respeto toda clase de alusiones a hechos de estos días; y todo este conjunto de hibrideces y morcillas fue dirigido en forma por demás vulgar y corriente con el deliberado propósito de dar gusto a paladares gruesos y a mentalidades retrasadas.
¡Toda la ira de Dios es poca para el director y traductor; también para los intérpretes que se esfuerzan por aparecer groseros y despreocupados, excepción hecha de Celia D'Alarcón, tan entusiasta como disciplinada, pero, ay, tan mal conducida por los innumerables caminos del teatro, de tan difícil transitar!...