FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios sobre la Compañía Francesa de Coquelin. Aunque el autor señala que citará a Manuel Gutiérrez Nájera, el artículo termina en esa indicación




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "En el Centenario de Manuel Gutiérrez Nájera, -El teatro de su tiempo contado por él mismo-. La visita de la Compañía Francesa de Coquelín en 1889 y el delirante entusiasmo de Gutiérrez Nájera". Novedades, 1959. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



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Columna El Teatro

En el Centenario de Manuel Gutiérrez Nájera, -El teatro de su tiempo contado por él mismo-. La visita de la Compañía Francesa de Coquelín en 1889 y el delirante entusiasmo de Gutiérrez Nájera

Armando de Maria y Campos

Los cronistas de los periódicos, y entonces casi todos los que escribían en los diarios y revistas estaban considerados, y se consideraban a sí mismos cronistas, porque lo que hoy se entiende por reportero no existía en aquella época, limitándose el redactor en jefe a ser el responsable de la "gacetilla", o nota breve y anónima, estaban desconcertados, y no cabían de gozo. Así nos los imaginamos. Siguieron la temporada noche a noche.

El miércoles 9 de enero de 1889 fue la segunda función de abono, con la obra L'aventuriére, de Emilio Augier, presentándose la primera actriz Jane Hading. A medida que la obra se desarrollaba, el público se sentía conquistado por la veracidad que ella sabía imprimir a su papel. La Hading se posesionaba de su personaje, experimentando todo el dolor y angustia de la mujer que desea regenerarse, y al ver que la rechazan y que su destino es más fuerte y arrollador, se desesperaba, hechizando al público, al grado de hacerle sentir todas las emociones que el artista debe despertar. Fue ovacionada largamente al terminar la obra.

El 17 actuaron con la obra de Julio Sardou Melle de la segliére, en cuatro actos. A beneficio de Jane Hading, se dio Le Maire des forges, de Ohnet, obra en la que la primera actriz francesa estaba eminente.

El 20, novena de abono, Le voyage de M. Perrichon, y el monólogo Barbasson, recitado por Coquelín. En la tarde del mismo día, Les surprises du divorce, y el monólogo La chasse. El 22 fue la función extraordinaria a beneficio del gran Coquelin, con su obra cumbre, Tartufo, de Moliére. Un monólogo y el dramita de Mme, de Girardín, La joie fait peur. El 23, décima y última de abono, L'etrangere, drama de cinco actos, de Dumas. Otra función extraordinaria el 24, a beneficio de Duquesne: Livre III, chapitre premier, comedia en un acto de Pierron, y Jean Marie, drama en un acto de E. Teuriet, una escena de Le mariage forcé, de Moliére; un monólogo, poesía Le ver liussant, compuesta y recitada por el beneficiado Duquesne. Les jurons Cadillac, comedia en un acto de Pierre Berton.

Entre lo que más gustó fue el personaje de Les surprises du divorce, que hacía Coquelin; un marido que a todo recurre para librarse de su suegra. La hilaridad del público era constante en estas escenas, y la gracia del actor, inimitable.

La Hading, en Frou-Frou, conmovía hondamente por la realidad que imprimía, especialmente en la escena de La agonía. Esta actriz rivalizó en elegancia con la Patti, en La dama de las camelias, y en la actuación con Sarah Bernarhdt. También gustó mucho Le deputé de Bombignac, obra muy graciosa, y Le voyage de M. Perrichon, divertidísima comedia en la que Coquelin encontraba campo para desplegar su talento cómico.

Otro actor que gustó mucho fue Duquesne, y en verdad, ninguno de los componentes del cuadro desentonaba de las figuras centrales. La función a beneficio de Duquesne fue una de las más brillantes. El tartufo, de Molière, fue un gran triunfo para Coquelín y la inmortal obra fue aplaudida como merecía.

L'éstrangère se prestó para que la Hading se luciera, tanto por su talento de comedianta como por su elegancia de dama. La compañía salió de México con buenas utilidades, y dejando una memoria muy grata de su paso por la capital.

Manuel Gutiérrez Nájera dedicó bellas crónicas a la temporada francesa, porque estaba muy empapado en literatura gala, la sentía y la amaba, y porque como periodista le daba ocasión de lucirla... como una gardenia en el ojal de la chaqueta.

Para hacer el elogio de Coquelin, Gutiérrez Nájera usó del contrapunto. El gran público nuestro entonces estaba educado en la escuela española, tan ampulosa o más, que la francesa, y se encontraba un poco aburrido de ella, porque la escuchaba todas las noches. Gutiérrez Nájera comenzó por negar a Coquelin un poco en tono policíaco, para exaltar al actor español Peopoldo Burón. Claro que no hay comparación entre un actor y otro, como veremos más adelante, pero el cronista modernista creyó hacerle justicia a Coquelín colocando su estatua sobre los supuestos escombros de la que el público que gustaba del teatro español había levantado el actor Ibero Burón. Escuchemos la prosa tersa de Gutiérrez Nájera disfrazada de ironía.