FICHA TÉCNICA
Título obra Las criadas
Autoría Jean Genet
Dirección José Luis Ibáñez
Grupos y Compañías Organización Teatral Poesía en Voz Alta
Elenco Ofelia Guilmain, Rita Macedo, Mercedes Pascual
Escenografía Juan Soriano
Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas
Productores Juan Soriano
Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "Estreno de Las criadas de Jean Genet, en el teatro Fábregas". Novedades, 1959. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>
TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO
Novedades
Columna El Teatro
Estreno de Las criadas de Jean Genet, en el teatro Fábregas
Armando de Maria y Campos
Una anécdota muy difundida en nuestro círculos teatrales estos últimos meses a propósito del estreno de la obra Las criadas, de Jean Genet, en el nuevo teatro Virginia Fábregas, es la siguiente: A María Félix le presentaron un día en París a un tipo de baja estatura, obeso, pelado al rape, nariz chata, como la de los boxeadores que resisten tremendos golpes. Era el autor Jean Genet y se le dijo a nuestra doña que era uno de los mejores escritores franceses de la época actual. El hombrecillo grueso miró largamente a María y le dijo "–Señora, es usted hermosísima; lástima que sea yo un pederasta..." No sé cómo, pero este tipo de anécdotas circulan rápidamente y se creen a pie juntillas. Lo cierto es que el público de México esperaba con impaciente morbosidad el estreno de Las criadas.
En muchos casos no es posible separar la vida privada –y más si esta se hace pública– de un autor con su obra literaria. Vida y obra de Jean Genet están vinculados de tal manera que se tiene la evidencia de que el autor escribe siempre con conocimiento de causa. Hijo ilegítimo que nunca conoció a sus padres, Jean Genet fue ladrón a los diez años, en 1920. Genet anda, pues, en los 49 años, y ya fue miembro y desertor de la legión extranjera ladrón y contrabandista, con más permanencia en las cárceles que en la vía pública. En 1948 se salvó de ser condenado a cadena perpetua cuando el presidente de la república francesa le concedió el indulto a petición de reputados autores franceses. Sobre Genet pesaban una docena de juicios por deudas y lo que es extraordinario Sartre apóstol del existencialismo, escribió en seguida un libro sobre él titulado San Genet, comediante y mártir, lo publica en 1952 y convierte al protagonista en héroe de la mala vida.
Se encontraba en la cárcel –su domicilio predilecto, o por lo menos, el más constante–, cuando Genet leyó en la página roja de un diario una gacetilla sobre el asesinato de una señora por su más fiel sirvienta. Esto ocurría en 1942 o 43, e inspirándose en un tema tan apasionante para él escribió Las criadas, que logró subir a escena el año 1947, en París, por supuesto, interpretada por Mónique Melinard, Ivette Etievand y Yolanda Laffont. Lo sorprendente es que no tuvo éxito, a pesar del ambiente que le hicieron muchos escritores de ideas libres. Repuesta cinco o seis años después en otro teatro de París por Tania Balachova y Tatiana Moukhine, tampoco logró interesar al gran público. Es evidente que no hay en Genet un buen actor de teatro. Otras dos piezas suyas tituladas Alta vigilancia y El Balcón, tampoco han logrado éxito de público.
Sin embargo, la organización teatral Poesía en Voz Alta –epígrafe que ha amparado a varias temporadas de teatro de vanguardia, con o sin elementos de la Universidad de México–, resolvió presentarla al público de México en temporada relámpago de 22 días, gracias a la ayuda económica que regaló al empresario, el pintor Juan Soriano, treinta mil pesillos para que se perdieran, si el público no acudía a su reclamo, con la presentación de Las criadas.
Con los anteriores antecedentes y otros más que imaginará el lector, se plantea la interrogación: ¿qué clase de teatro es el que escribe Genet? Este largo acto intitulado Las criadas –que en México se presenta en dos partes para descanso del espectador– es, sin duda, un ejemplo de teatro extraño y alejado de todo lo habitual. El tema se reduce a lo que inspiró a Genet, o sea el contenido de una gacetilla roja. Dos criadas de mediana edad asesinan fríamente a su patrona, simple y sencillamente porque la odian como tal y porque como patrona las trata simplemente como sirvientas. El odio elaborado en un sin fin de humillaciones, el rencor vivo y corrosivo que deja en todos los seres inferiores la obligación de servir, es decir, de pertenecer a una clase no reconocida por la justicia social, que es la servidumbre, motiva lógicamente el proyectado asesinato, que al fin se resuelve porque una de las criadas, Soledad, asesina a la otra, Clara, disfrazada de patrona con los ropajes de ésta, como gustaban hacerlo las dos, alternativamente, para fingirse una la patrona y la otra la criada y con este motivo dar al autor ocasión de decirse mutuamente en diálogos interminables, en monólogos cansados, cosas tremendas, y patológicas sobre el odio de las criadas por sus amas y el desprecio de éstas por sus sirvientas y, todo esto contrariando o llevando la contraria a las reglas elementales del teatro, a las que Genet vuelve de revés, con la facilidad con que se hace esta maniobra con un infecto calcetín. Tanto las dos sirvientas como la patrona dicen a lo largo de escenas sorpresivas no pocas cosas interesantes, pero para sectores muy reducidos del público, porque a partir de la noche del estreno hasta la función dominical en que conocimos esta obra, el espectador burgués sorprendido, asqueado o arrepentido abandona las butacas en plena representación, primero silenciosamente, después sin importarle nada ruidos o escándalo.
Genet previene que aunque su obra es del tipo realista debe ser representada con clima poético. Ni lo uno ni lo otro se logró en México. Don José Luis Ibáñez se inclinó por la farsa, tal vez obligado por la escenografía pobretona aunque de buen gusto de Juan Soriano. Las principales intérpretes, Ofelia Guilmain y Rita Macedo, las dos en plan de trágicas en busca de una tragedia, actúan empeñosas casi siempre desbordadas, y no obstante gritos y entonaciones que quieren ser dramáticos, no conmueven al público. Tanto la Guilmain como la Macedo actúan en frío; acostumbradas a actuar sin público en el cine o en la TV han perdido el secreto de emocionar a auditorios presentes. Meche Pascual, en su fugaz aparición y pese al tono de farsa en que actúa, da la sensación de que pasa por la escena una actriz sin grandes complicaciones temperamentales, simplemente una actriz.
Mientras tanto, Genet publica en París un libro de poemas titulado El diario de un ladrón. Y el mundo, y el teatro, siguen su marcha.