FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios sobre la presentación de la Compañía Francesa de Coquelin en 1889




Cómo citar Maria y Campos, Armando de. "En el Centenario de Manuel Gutiérrez Nájera, -El teatro de su tiempo contado por él mismo.-Cuando nos visitó la Compañía Francesa de Coquelin". Novedades, 1959. Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1. Sistema de información de la crítica teatral, <criticateatral2021.org>



TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Columna El Teatro

En el Centenario de Manuel Gutiérrez Nájera, -El teatro de su tiempo contado por él mismo.-Cuando nos visitó la Compañía Francesa de Coquelin

Armando de Maria y Campos

Del 7 al 24 de enero de 1889 actuó en el Gran Teatro Nacional de México la Compañía de Comedia Francesa de Benito Constance Coquelín, entonces situado en uno de los primeros puestos del teatro europeo. Sus empresarios fueron los señores Henry E. Abbey y Maurice Grau, este último conocedor a fondo del público mexicano, porque antes había traído otros conjuntos artísticos de gran categoría.

Primeras figuras de aquella gran compañía, que alcanzó en México gran éxito y logró estimables utilidades, eran Benoit Constant Coquelín, en el apogeo de su arte –había nacido en 1841– y Jane Alfredine Tritouret, conocida por Jane Hading –nacida en 1859–, radiante de belleza y de temperamento. El elenco de aquella compañía –lo tengo a la vista en precioso programa de mano–, fue el siguiente: actores: Coquelín Ainé, Duquesne, Jean Coquelín, fils; Abel, Deroy, Ramy, Borel, Hugenet, Stuart, Pitout; actrices: Jane Hading, Pauline Patry, M. Barety, Berthe Gilbert, Renée Lemercier, Berthe Stuart, Jenny Rose, A. Kervich y M. J. Deroy, Director de escena, Deroy.

Se abrió un abono para diez funciones. Los palcos, plateas y primeros costarían doscientos cuarenta pesos, y las lunetas y balcones se habían puesto a treinta pesos; la galería a ocho. Como precios eventuales, fuera de abono, se fijaron treinta y dos pesos los palcos por función y la luneta a cuatro pesos. El público y en particular lo que entonces se llamaba "la clase culta", o sea la que hacía ostentación de asistir a los espectáculos caros, acudió a apartar sus abonos.

Coquelin y la Hading debutaron el 7 de enero, primera función de abono, con un programa muy atractivo: La joie fait peur, comedia en un acto de Girardín; Le naufrague, monólogo de Coppée; La vie, monólogo de Grenet Dancourt, y Les precieuses ridicules, comedia en un acto, de Molière. La noche fue, como es natural, de Coquelín. Gustó muchísimo en el monólogo de Coppée, que es dramático, y convenció tanto o más como cómico en el Mascarille, de la comedia de Molière. También gustó mucho la joven Mlle. Stuart, muy bella y muy buena actriz. El teatro no estuvo muy concurrido que digamos. En la segunda de abono –9 de enero– se presentó la Hading con L'aventuriére.

Durante esta corta temporada, se llevaron a escena: Les surprises du divorce, de A. Brisus, el 10 de enero; Frou-Frou, de Milihac y Halevy, el 11; el domingo por la tarde L'Aventuriére, y por la noche, en abono, como todas las anteriores, Don César de Bazán, de D'Ennery y Dumanoir; el 15, La Dama aux camelies, gran éxito de la Hading; el 16, Gringoire, un acto, de Bambille, y Le députe de Bombignac, en tres actos, de Bison.

Conviene detallar un poco esta temporada porque, como pocas, puso a prueba el gusto muy afrancesado del público de México. Hacía poco más de veinte años de la tragedia del cerro de las Campanas, en Querétaro, y ya nadie pensaba en emperadores, en cortes ni en protocolos y etiquetas, pero abundaban las familias con miembros de origen francés y ya comenzaba a crecer la costumbre de nuestro ricos hacendados, comerciantes o mineros de enviar a sus vástagos a Francia para que aprendieran a vivir "como en París". Gran parte de la población metropolitana hablaba francés y otra muy considerable lo entendía o simulaba entenderlo. De ahí que la visita de una compañía famosa procedente de los teatros de Francia diese oportunidad para que todas las capas sociales de la Metrópoli mostraran su afrancesamiento.

En la primera función de abono la concurrencia fue escasa, pues sólo se vieron llenos los palcos, plateas y parte de la luneta. las demás localidades casi no se vendieron. Pero se le hizo a la compañía buen recibimiento por un grupo selecto de espectadores. Desde la primera obra, Coquelin se adueñó de sus oyentes, teniendo detalles magníficos. Coquelin estuvo admirable, conmoviendo a todos con la narración del naufragio, de la sociedad en pleno océano, donde sólo un fiel perro lo acompaña y al que se ve obligado a matar porque lo ataca la hidrofobia. Después de lo dramático, Coquelin demostró sus dotes cómicas, haciendo reír con las tribulaciones de un filósofo, con un milord que narra el francés britanizado la fábula del cuervo que termina con la moraleja de que para "comer hay que tener la boca cerrada".

Interpretando a Mascarille, el lacayo bribón de la obra de Molière, en Las preciosas ridículas, Coquelín se lució y el público estuvo en constante hilaridad con sus guiños, juegos de fisonomía, ademanes y ocurrencias, que hicieron convenir a todos en que Edmundo de Amicis había tenido razón al calificar a este actor como una de las glorias de la escena francesa.