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Columna El Teatro
Auge y decadencia de los vaudevilles en México
Armando de Maria y Campos
La voz de la calle que recogen las hojas periodísticas de la tarde o las revistas de espectáculos y por esto, hay efímeras, se ha venido ocupando estas últimas semanas de un tema que no tiene mayor importancia: el auge comercial de los vaudevilles en México. Pero, ¿en verdad existe o existió estos últimos meses un auge de este género teatral de tono menor? Creo que no. Sin embargo –se me aducirá– no pocos vaudevilles recientemente representados en México han logrado tan señalados éxitos económicos, que empresarios del teatro como diversión se creyeron autorizados a convertir en vaudevilles algunas comedias con argumentos picantes o audaces. Algo de eso es verdad, porque la codicia de algunos empresarios no reconoce límites morales.
Resulta curioso que cuando en México este género alcanza relativo éxito económico, y muy poco artístico, en Francia, en París propiamente, los vaudevilles se produzcan más que para el público del bulevar, para los turistas, y aun para espectadores papanatas. Se ha hablado de censura, de prohibiciones y, menos, de suspensiones –nada de esto se ha probado–; pero algo flota en el ambiente teatral. ¿Por qué? Digámoslo de acuerdo con lo que vagamente ha llegado a nuestro conocimiento. En verdad, las autoridades de la ciudad desean que en los teatros metropolitanos se representen obras de todos los géneros teatrales, y por esto no se oponen a que también –entiéndase: también– se representen vaudevilles, siempre que estas representaciones se ajustan a lo que es en realidad el vaudeville. Recojo del Diccionaire historique et Pittoresque du théâtre, de Arthur Pougin, edición de París, 1885, la definición de este género: "Puede decirse que el vaudeville en el sentido antiguo de la palabra ha degenerado hasta descender a los cafés-conciertos, ofreciendo a la voracidad del público bulevardero y cosmopolita obrillas de escasísima importancia, cuando no francamente rechazables desde el punto de vista moral". O dicho en el lenguaje que hablaría un espectador representativo del pueblo mexicano: ¿Pá qué tantos brincos estando el suelo parejo?...
El origen
Porque creo que convenga que se conozca el origen del género teatral denominado vaudeville, recordaré cuán lejos está de la realidad presente: Desde comienzos del siglo XVIII fue conocida en Francia con el nombre de vaudeville a una obra teatral, en la que la parte hablada alternaba con canciones de carácter popular, basadas en aires conocidos, o por lo menos fáciles de retener por el oído. –¿No será este el verdadero origen de la zarzuelilla española?– También se llamaba así a las cancioncillas populares, generalmente satíricas, y a los cuplés sueltos, que podían figurar indistintamente en una u otra obra cómica sin relación con el argumento de la misma. ¿Por qué vaudeville? Porque fue en una región de Normandía, Vaux de Vire, donde cantaba el pueblo los poemas satíricos del juglar Oliverio Basselin. Recogidas sus canciones hacia 1610 fueron publicadas con el nombre de Vaux de Vire. La palabra vaudeville, aplicada a la canción callejera de melodía pegadiza y fácil ritmo, era ya usada por los escritores franceses de fines del siglo XVI y XVII. La canción callejera no subió a la escena francesa sino hasta 1700. Fue por entonces cuando se introdujo la costumbre en los teatrillos de feria de San Germán y San Lorenzo de alternar con la parte recitada de las comedias los vaudevilles más populares, adaptándoles letra que hacía referencia a los sucesos de actualidad. No otra cosa hicieron los autores mexicanos del 1916 al 1925 en las revistas políticas de su tiempo.
Movimiento literario
un extenso movimiento literario a su favor, apareciendo en el tabladillo de la farsa incalculable número de piezas de vaudeville o comedias–vaudevilles, estas últimas llamadas finalmente vaudevilles. Sus argumentos frívolos, a veces picantes o picarescos y el acierto de recoger de la calle para llevarla a la escena la actualidad galante o política, determinó la necesidad de erigirle una escena propia, lo que se realizó en 1792, fecha de la edificación en París del Theatre du Vaudeville, levantado en lugar que hasta entonces ocupara una sala de baile titulada Petit Pantheón, entre la calle de Chartres y la calle de Saint-Thomas du Louvre. Destruido este teatro por un incendio en 1838, se elevó luego el actual del bulevard de los Capuchinos, por cuya escena han desfilado los nombres más gloriosos de la dramática francesa, entre otros Emilio Augier, Dumás hijo, Teodoro Barriére, Octavio Feuillet, Victoriano Sardou... y tantos. Poco a poco fue degenerado el vaudeville hasta quedar convertido este género teatral en el representativo de un triángulo amoroso: ella, él, y el otro –o ella, él y la otra–, en fin, un simple juego de situaciones con estos elementos a tono con el talento, la sensibilidad y el gusto del autor.
Se exagera
¿Y ésto es lo que preocupa, según se dice, a las autoridades de México? Creo que se exagera. Lo cierto es que si la ciudad debe contar con teatro en todas sus manifestaciones genéricas ¿no es una buena proporción que de veinte salas que habitualmente funcionan, dos de éstas se dediquen al género de vaudeville, otras dos o tres al de la revista sin ton ni son, y alguna al audaz e inocente burlesque?